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Los debates presidenciales de Estados Unidos: grandes eventos mediáticos con muy poco efecto

La paradoja de los debates presidenciales en Estados Unidos es que son grandes eventos mediáticos, preparados y analizados con muchos recursos, que terminan repercutiendo poco en el resultado de la elección.

La campaña presidencial de este año en Estados Unidos es inédita por varias razones. Porque es la primera vez que uno de los grandes partidos postula a una mujer como su candidata. Porque el candidato del Partido Republicano es una franca anormalidad. Porque las tasas de desaprobación que suscitan tanto Hillary Clinton como Donald Trump son, de lejos, las más altas de las que se tenga registro. Porque el primer debate entre ambos fue el más visto en la historia de la televisión estadounidense...

Sobre este último punto ocurre, con todo, que dicho récord (84 millones de televidentes según Nielsen, el equivalente a 34 por ciento de la población en edad de votar) no quiere decir que ese debate, ni tampoco los otros dos que le siguieron, vaya a tener mayores consecuencias en el rumbo de la carrera presidencial.

Y es que los debates en Estados Unidos son fenómenos paradójicos. Por un lado, generan grandes expectativas: se preparan con extrema anticipación y esmero, la gente se reúne para verlos como si fueran eventos deportivos, son objeto de infinidad de análisis e interpretaciones.

Pero, por el otro lado, sus efectos resultan más bien pequeños: no suelen afectar la inercia de la competencia, no arrojan ganadores ni perdedores definitivos, su impacto sobre las tendencias de intención de voto es -si acaso- marginal.

¿Y entonces? ¿Cómo es que hay tanto alboroto por sucesos tan aparentemente insignificantes? La respuesta es que, aún y cuando no hagan tanta diferencia en las preferencias de los electores, los debates presidenciales de todos modos importan. ¿Por qué?

Grandes expectativas

Desde la perspectiva de los candidatos, los debates son ocasiones de mucha exigencia. Los ponen a prueba tanto en términos de disciplina (de proyectar la imagen que necesitan proyectar, de saber explicar sus posiciones, de apegarse a su mensaje) como de capacidad de improvisación (de responder preguntas inesperadas o con jiribilla, de hacer tropezar a su rival, de detectar oportunidades para interrumpir o replicar con contundencia). Junto con las convenciones partidistas, son la etapa más propicia para que los candidatos traten de influir en la impresión que los electores se forman sobre ellos.

Desde la perspectiva de los electores, los debates son, a su vez, acontecimientos con una fuerte carga simbólica. Convocan a la ciudadanía como cuerpo soberano a observar, a evaluar, a tomar partido entre dos personajes que aspiran a dirigir los destinos de la nación como unidad política, pero que se disputan los votos, las esperanzas y los miedos de diversos sectores sociales. Al crear un momento de escrutinio en vivo, que somete la confrontación entre los candidatos al juicio de los electores, los debates dotan de sentido a la disputa por el poder y se constituyen como uno de los rituales políticos más significativos de la democracia.

Finalmente, desde la perspectiva de los medios de comunicación, los debates aseguran una enorme tensión dramática. Sea por el punto culminante que representan en la trama de las campañas, por cómo encarnan la polarización y el conflicto en la figura de los candidatos, por el contraste que ofrecen entre distintas visiones y estilos, o por la siempre polémica cuestión sobre quién gana o quién pierde, lo cierto es que los debates presidenciales contienen todos los elementos de un espectáculo muy entretenido.

Pequeños efectos

En la literatura especializada, no obstante, hay un par de consensos. Uno es que más allá de los vaivenes circunstanciales que registran las encuestas durante la campaña, a la larga las preferencias de los votantes estadounidenses son más bien estables. Y contra lo que parecerían sugerir el empeño de las candidatos y sus equipos, la atención del público o la cobertura de los medios, los debates no trastocan los factores fundamentales que gobiernan la intención de voto -como la valoración sobre el desempeño de la economía o del Presidente saliente, la ideología o las inclinaciones partidistas de los individuos-. Si acaso, los fortalecen.

El otro consenso es que resulta muy difícil rastrear con precisión el impacto de los debates, pues los márgenes de error en los muestreos, la incertidumbre de los indecisos y la saturación informativa propia de la temporada electoral introducen mucho “ruido” en la contienda. No hay manera de aislarlos y medir su influencia por separado de todos los demás acontecimientos que están ocurriendo al mismo tiempo -llámese escándalos periodísticos, declaraciones desafortunadas, pleitos entre correligionarios, discursos del Presidente o la primera dama en turno, etcétera.

En suma, el efecto de los debates sobre el resultado final parece, en el mejor de los casos, mínimo y, en el peor, incierto.

El estudio clásico en la materia, The Timeline of Presidential Elections: How Campaigns Do (and Do Not) Matter de Robert S. Erikson y Christopher Wlezien, demuestra que el mejor indicador para predecir cuál será el estado de las preferencias electorales tras los debates es. el estado de las preferencias electorales previo a los debates. O, si no, el estado de las preferencias poco después de las convenciones partidistas, que se llevan a cabo alrededor de dos meses antes de los debates. En todas las elecciones presidenciales entre 1952 y 2012, el candidato que llegó con más ventaja al primer debate fue el candidato que al final obtuvo más votos.

Los debates se celebran ya muy tarde en las campañas. Los ven muchos millones de personas, que rara vez representan más del 30 por ciento de la población en edad de votar. E incluso entre las personas que los ven, casi todas no hacen más que terminar reafirmando la preferencia que ya tenían.

Y, sin embargo, importan

Aunque no hagan mayor diferencia en las tendencias de intención de voto, los debates no son irrelevantes. De entrada, porque ofrecen información valiosa a los electores sobre las posiciones y las actitudes de los candidatos, los proveen de múltiples elementos e insumos para racionalizar su decisión de por quién votar. Asimismo, los debates invitan a los ciudadanos a prestar algo más de atención al proceso político, a interesarse, a asumirse como parte de un “nosotros” que forma parte del ritual democrático. Y, quizás lo más trascendente, los debates también parecieran incentivar la participación electoral, es decir, aumentar la probabilidad de que la gente salga a votar.

Hillary Clinton llegó con ventaja a los debates. En estos días, sus partidarios celebran, con razón, que las encuestas le dieron la victoria en las tres ocasiones en que debatieron. Pero todo indica que, aunque hubiera perdido, Clinton de todos modos iba a ganar. Va a ganar.

*El autor es profesor asociado en el CIDE.

TABLA

Trump se desinfla

En los últimos cuatro meses, Hillary Clinton se ha mantenido arriba de Donald Trump en las preferencias electorales y, luego de tres debates, ha ampliado su ventaja. Uno de los episodios que llegaron a mover la tendencia fue la visita de Trump a México.

Fecha Hillary Trump

1 Jul. 44.6 39.8

10 Jul. 45.4 40.9

Jul. 18 Convención del Partido Republicano

20 Jul. 43.9 41.1

Jul. 25 Convención del Partido Demócrata

30 Jul. 43.7 43.3

1 Ago. 45.9 42

10 Ago. 48 40.3

20 Ago. 47 41.3

30 Ago. 46.7 41.7

Ago. 31 Peña Nieto recibe a Trump en Los Pinos.

1 Sept. 46.8 41.9

10 Sept. 45.6 42.9

20 Sept. 45.3 44

Sept. 26 Primer debate presidencial

30 Sept. 47.5 44.4

1 Oct. 47.4 44.7

Oct. 9 Segundo debate presidencial

10 Oct. 47.9 42.1

Oct. 19 Tercer debate presidencial

20 Oct. 48.5 42.1

Nota: porcentaje de electores que votaría por cada candidato, según el promedio de encuestas del sitio www.realclearpolitics.com


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