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Opinión

La xenofobia afectó a muchos de los migrantes de las caravanas

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A pesar de las agresiones y los múltiples peligros que enfrentan los centroamericanos en su trayecto, han señalado que continuarán solicitando asilo en México y Estados Unidos.

(Associated Press)

Han transcurrido tres meses desde que la primera caravana de migrantes centroamericanos, principalmente hondureños, llegó a la ciudad fronteriza de Tijuana, siendo observada de cerca a través de los medios de comunicación internacionales. A diferencia de entonces, y desde su traslado al refugio El Barretal, ha disminuido la tensión.

Son pocos los migrantes que aún permanecen en ese albergue habilitado por el gobierno federal. Dicho espacio tenía la finalidad de brindarles mejor atención y sofocar el ambiente hostil que se generó desde que se instalaron en un lugar improvisado en Playas de Tijuana, junto a la frontera.

El primer grupo de 6.000 centroamericanos se ha diversificado; algunos han solicitado asilo en Estados Unidos, cientos han retornado a Centroamérica, mientras que otros optaron por trasladarse a múltiples puntos de México. Sin embargo, cada vez son más quienes han decidido incorporarse a la sociedad en esta ciudad fronteriza.

El Servicio Nacional de Empleo de México logró establecer contacto entre las compañías locales con los migrantes centroamericanos que buscaban trabajo. Auxiliaron a 2.900 personas para procesar sus solicitudes de visas humanitarias y organizaron una feria laboral para ayudarlos a encontrar empleo.

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Como Saúl de 36 años, originario de Honduras, quien dejó su país tras la amenaza de muerte de las Maras, al no poder pagar el derecho de piso abandonó todo, incluyendo a su esposa e hija, buscando cruzar a Estados Unidos.

“Me navajearon al no poder dar el dinero que me pedían, quedé casi muerto. Me dijeron: “Si pones demanda lo vamos a saber”. Allá [Honduras] no se puede creer en la policía ni en las autoridades, todos están coludidos. Me dolió en el alma dejar a mis hijos, a mi esposa, pero aquí estoy, sigo en la lucha, pienso en traerlos más adelante porque temo por sus vidas”.

Como él, un gran número de inmigrantes eligieron no pedir asilo en Estados Unidos, por falta de pruebas que corroboren que peligra su vida y ante el temor de ser deportados, pero Saúl no desiste en el sueño de cruzar por otros medios.  Por lo pronto al conseguir su visa temporal en México, ya cuenta con trabajo en una fábrica y logró salir del albergue.

“Fue muy difícil para nosotros, en el albergue Benito Juárez [Zona norte] tuve que dormir en la calle, luego nos llevaron al Barretal, y en la casa del migrante me han ayudado bastante, he logrado superarme, me siento agradecido con ellos y con Dios por el gran apoyo que nos dan”.

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Carlos Yee, Coordinador de Programas en “La Casa del Migrante”, un albergue con 31 años trabajando en Tijuana, implementó un proyecto de educación en emergencias enfocado a estabilizarlos emocionalmente: “Teníamos una población que venía en tránsito por bastante tiempo con situaciones de riesgo, llegaron y se encontraron con expresiones de racismo y xenofobia, eso los alteró más, después hubo un tono de persecución”, dijo Yee.

Para Jorge Bustamante, profesor emérito del Colegio de la Frontera Norte y profesor de Sociología en la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos, esto es resultado de un fenómeno que se conoce como colonización mental. “Estos tijuanenses han sido víctima de los conceptos ideológicos y xenófobos originados en la campaña del presidente Donald Trump para justificar la discriminación de los inmigrantes, los han adquirido como suyos en un acto de colonización mental”, dijo.

A pesar de las agresiones y los múltiples peligros que enfrentan los centroamericanos en su trayecto, han señalado que continuarán solicitando asilo en México y Estados Unidos, ya que permanecer en sus países de origen significaría un riesgo mucho más mortal. Dato que ha sido utilizado por el presidente Trump para crear temor, sugiriendo una supuesta “invasión bárbara” a Estados Unidos, acrecentando la sensación de una emergencia.

 

“En Tijuana no hay una situación que represente una amenaza para Estados Unidos, es una invención ideológica del presidente Trump para construir el muro prometido en su campaña y buscar la reelección presidencial. Le va a seguir funcionando que sigan llegando nuevos inmigrantes para exhibirlos como una amenaza para Estados Unidos”, aseguró Bustamante.

 

Por el momento, miles de personas provenientes de Centroamérica esperan la respuesta de las autoridades estadounidenses para conocer el estatus de su solicitud, algunos han perdido la esperanza de llegar a Estados Unidos, como Juan Carlos Palacios de 31 años, proveniente de El Salvador, quien también llegó con la caravana migrante.

 

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“Me enteré por Facebook que se estaba organizando una caravana migrante, nunca supimos quién la organizó. Llegaron momentos de flaqueza en el trayecto, pero Dios siempre da fuerzas donde uno no las tiene, porque llegaron noches enteras que caminábamos sin parar y nos quedábamos a veces a la deriva,” dijo Palacios.

 

Fue amenazado de muerte por Los Maras en El Salvador, donde tenía un negocio, al no poder pagar el dinero que le pedían mensualmente tuvo que quitarlo, por eso la noticia de la caravana le pareció una oportunidad. Hace unas semanas logró salir del refugio y ahora trabaja en una fábrica de lámparas, piensa establecerse en Tijuana.

 

Como él, un gran número de centroamericanos tiene una necesidad muy importante de salir de sus lugares de origen para preservar su vida, el tránsito migratorio representa una crisis humanitaria.  El crimen organizado en México es uno de los principales peligros a los que se enfrentan los migrantes. Marco Antonio, originario de El Salvador, relató cómo fue víctima de secuestro.

“En Guadalajara fui secuestrado por cuatro días, me metieron a un cuarto donde estaban tres hombres amarrados, me obligaron a llamarle por teléfono a la persona que me estaba esperando en Estados Unidos para que le pidiera dinero. Un sábado por la noche me escapé, traté de subir a un tren pero me arrastró dos veces, a la tercera tenía que lograrlo porque creía que venían para matarme, el tren me arrastró y mis zapatos salieron volando, me raspé los pies pero logré escapar”.

 

“Desde el 2010 que se mediatizó el fenómeno con la masacre de los 72 migrantes en San Fernando Tamaulipas, pudimos ver que México era un territorio verdaderamente peligroso para esta población”, dijo Rafael Alonso Hernández, coordinador del doctorado en Estudios de Migración del Colegio de la Frontera Norte (Colef).

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A partir de entonces el Colef ha documentado los peligros a los que se enfrentan los migrantes y la necesidad de trasladarse por medio de caravanas: para protegerse y asegurar visibilidad, lo que hace más difícil que sean víctimas del crimen organizado que está al acecho de estas poblaciones a lo largo y ancho de México.

 

Además, migrando juntos logran atravesar el país sin que sean asegurados por el Instituto Nacional de Migración (INM), esta desconfianza se justifica en las cientos de miles de deportaciones que implementó México en el sexenio pasado.

 

El Observatorio Consular Migratorio de Honduras (CONMIGHO) informó que al 31 de diciembre de 2018,  se registraron 75.279 hondureños retornados. Estados Unidos deportó a 30.345 hondureños, mientras que México repatrió a 44.760.

 

La mediatización de la entrada abrupta en la frontera de Guatemala y México en octubre pasado, impactó en gran medida la percepción de un gran sector de la población mexicana y extranjera que los catalogó de agresivos, delincuentes que no siguen la ley, creándose un estereotipo sobre los migrantes irregulares.

 

“Lo que vimos en la frontera  era la desesperación de no lograr llegar a un lugar donde pudieran tener una vida diferente. Cuando te acercas a ellos ves que efectivamente se trata de un tipo de población muy vulnerable, muy necesitada, personas pobres, víctimas de violencia que sufren más violencia en el tránsito por México y que se ven impedidas de llegar a su destino”, aseguró Hernández.

 

A partir del 2001, el gobierno de los Estados Unidos generó un vínculo entre la migración, el terrorismo y la delincuencia, ejerciendo mucha presión hacia México para tratar de impedir la llegada de poblaciones extranjeras, cualquier persona que quiera entrar de manera indocumentada a su país es considerado un potencial delincuente.

 

Las autoridades en Tijuana están a la expectativa tras la llegada a México, en enero del 2019, de 8.000 personas provenientes de Honduras, El Salvador y Guatemala, en una segunda caravana migrante, ante la falta de un protocolo en la ciudad para estas nuevas modalidades migratorias.

 

Y aunque en el estado de Chiapas, al sureste de México, el gobierno mexicano a través del INM realiza el trámite para otorgarles visas por razones humanitarias a los 6.600 adultos y 1.500 menores que se tenían contabilizados hasta finales de enero, lo cierto es que la mayoría intentará cruzar a Estados Unidos. “Las caravanas seguirán, estamos probablemente al principio de un fenómeno que va a ser historia. Sabemos cómo empezó, pero no sabemos cómo va a terminar”, concluyó Bustamante.


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