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AMLO: vinieron a echarme montón

(AGENCIA REFORMA)

Al terminar el primer debate por la presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador recogió sus papeles, los guardó en un portafolios negro y bajó del escenario con prisa. No se despidió de sus contrincantes.

Mientras los otros cuatro se despedían de mano, haciendo comentarios cordiales, López Obrador se enfilaba hacia la salida sin voltear a verlos. Incluso, una asistente de producción tuvo que alcanzarlo para desconectar el micrófono de respaldo que se le había colocado debajo del saco.

“Vinieron a echarme montón”, había dicho López Obrador minutos antes, mientras se desarrollaba el segundo de tres bloques en los que se dividió el programa.

El candidato de Morena libró un debate en el que dos de cada tres ataques, y dos de cada tres preguntas, iban dirigidos hacia él.

Ricardo Anaya le sacó ocho laminas con gráficas, cifras y fotografías. Desde las imágenes de la marcha contra la inseguridad de 2004, cuando era Jefe de Gobierno del DF, hasta un retrato en blanco y negro de Manuel Bartlett, ex secretario de Gobernación y hoy coordinador de Morena en el Senado.

José Antonio Meade lo acusó tres veces de tener tres departamentos a su nombre no reportados en su 3 de 3, según el Registro Público de la Propiedad. Departamentos que, casi al final del debate, López Obrador ofreció regalarle al candidato del PRI en caso de comprobárselos.

Jaime Rodríguez, “El Bronco”, se salió de su atril y caminó hacia él para retarlo a firmar un compromiso para devolver al erario las prerrogativas de Morena.
Margarita Zavala le achacó, una y otra vez, su propuesta de otorgar amnistía a delincuentes.

“Me traen en la punta de la lengua... por algo será", dijo López Obrador ante la insistencia de sus rivales.

Luego sacó una lámina con las encuestas que le otorgaban 48 puntos porcentuales en las preferencias electorales cuatro días antes del debate.

"¿Amnistía sí o no, Andrés Manuel?”, le preguntaba con insistencia el panista Ricardo Anaya, quien fue el contendiente que mejor entendió y aprovechó el formato del debate.

"¿Eres honesto, Andrés Manuel, realmente honesto?, ¿cuatro veces honesto?”, lo cuestionó “El Bronco”.

“Mil veces honesto”, le respondió AMLO, quien se negó a firmar la carta que le proponía el Gobernador con licencia.

“Sí eres ambicioso Andrés Manuel”, le dijo Meade.
“Tus hijos cobran en Morena”, lo acusó.

Y López Obrador evadía. Más de tres veces rechazó la oferta de las moderadoras para replicar los comentarios y preguntas que se le hacían.

Repetía las frases hechas desde sus anteriores campañas presidenciales: “Me podrán acusar de Peje, pero no de lagarto”. “Tengo tres principios: no robar, no mentir y no traicionar al pueblo”.
O, de plano, aguardaba en silencio mientras sus oponentes se distraían en alguien que no fuera él.

Como cuando Ricardo Anaya arremetió contra Meade y su 7 de 7. Y le preguntó si consideraba que su jefe, Enrique Peña Nieto, había hecho un gobierno realmente honesto.

O como cuando Meade acusaba al panista de tener un estilo de vida no acorde con sus ingresos.

López Obrador sonreía mientras se daban esos breves escarceos.
Pero muy pronto tenía que regresar a la defensa, pues el debate se trataba de él.

“Es una farsa tu historia”, le reprochaba Anaya, quien fue el más directo e insistente. “Yo voy a protegerte de los criminales, de Trump y de las propuestas de López Obrador”, decía Margarita Zavala.

Lo que obligaba a AMLO al contraataque: responsabilizaba al PRIAN de la corrupción, la pobreza y la violencia.

Aseguraba que el dinero de Odebrecht había ido a dar a la campaña de Peña Nieto, y también había beneficiado a funcionarios del sexenio de Felipe Calderón.

“Si fuera corrupto, ya me hubieran destruido los de la mafia del poder, sus verdaderos jefes”, dijo, volteando a izquierda y derecha, para abarcar a sus cuatro rivales.

La llegada de AMLO había sido premonitoria. Fue el último en arribar al Palacio de Minería y, a diferencia de los demás, no caminó frente a la prensa ni utilizó la tarima instalada por el INE a las puertas del recinto.

Entró rápido, acompañado de su esposa Beatriz Gutiérrez.

Dentro se encontró con dos de sus hijos y con su inseparable vocero César Yáñez. Apenas cruzó la puerta, se soltó una tormenta que rápidamente empapó a fotógrafos, camarógrafos y reporteros.
Dentro también lo esperaba un aguacero.

Y, sin embargo, dos horas después, al acabar el debate, López Obrador salió sonriendo. Levantó el brazo izquierdo. Cuando iba a subirse a su auto, un camarógrafo le gritó: “Ahí, humildemente, Andrés Manuel...”.

“Ahí, pobremente”, respondió el tabasqueño. Fue su manera de declararse vencedor. Y se fue, dejando tras de sí múltiples preguntas sin responder.


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