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Las tasas de graduación no son las correctas

Estudiantes caminan por los pasillos de una escuela preparatoria en Filadelfia, en 2013 (Matt Slocum/Associated Press).

Estudiantes caminan por los pasillos de una escuela preparatoria en Filadelfia, en 2013 (Matt Slocum/Associated Press).

En el 2014, el Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles (LAUSD, por sus siglas en inglés), anunció una mejora espectacular en su tasa de graduación: un total del 77% de los estudiantes que cuatro años antes habían ingresado al noveno grado ahora estaban por graduarse. Pero había un truco detrás del número: el porcentaje incluía sólo a aquellos que habían asistido a lo que se denomina escuelas preparatorias “integrales”. Pero no tomaron en cuenta a los estudiantes que habían sido transferidos a programas alternativos a los que tenían un mayor riesgo de desertar. De haber sido incluidos, la tasa habría sido del 67%; aún buena, pero no tan llamativa como la primera cifra.

Aquí hay otro ejemplo de números engañosos: en mayo de este año, el Departamento de Educación de California informó un aumento en la tasa de graduación en todo el estado a 82%. Pero una de las razones de ello fue la cancelación del examen de egreso de la educación preparatoria, que solía ser un requisito obligatorio para poder graduar y que los estudiantes podían aprobar sólo si tenían un mínimo de conocimiento en álgebra y habilidades en el idioma inglés.

En una época en la mayoría de los trabajos de clase media exigen por lo menos algún entrenamiento más allá del doceavo grado, elevar el número de graduados de preparatoria se considera esencial. Los desertores no sólo tienen más probabilidades de estar desempleados, sino también de ser encarcelados. Es por ello que la ley federal de educación que recientemente fue aprobada, y que fue optimistamente llamada Every Student Succeeds (o Todos los estudiantes tienen éxito), obliga a los estados a responsabilizar a las preparatorias por la mejora de las tasas de graduación.

Sin embargo, la pregunta es si las escuelas elevarán esos números haciendo el trabajo más difícil, es decir mejorando la calidad de la educación, o si caerán en los atajos y trucos. Los primeros indicios sugieren que harán una combinación de ambas posibilidades. Los estados y distritos escolares, no sólo a nivel local sino en toda la nación, ya disponen de una amplia gama de opciones para que las tasas de graduación ‘luzcan’ bien.

--Durante la última década, cuando un gran número de estudiantes en todo el país no pasaba los exámenes de egreso de preparatoria, los estados hicieron que fuera más sencillo aprobarlos. California ideó una prueba más simple; en Nueva Jersey, a quienes no aprobaban se les permitía tomar un examen mucho más fácil, que requería contestar sólo una pregunta por cada área temática. Si todavía así no lo lograban, podían apelar y presentar un ensayo u otro proyecto. El año pasado en Camden, Nueva Jersey, luego de que casi la mitad de los alumnos reprobara el examen inicial, casi todos pudieron obtener sus diplomas a través de una de las otras vías mencionadas.

— Ahora, varios estados, incluyendo California, han eliminado totalmente sus exámenes de egreso de preparatoria. Es más, California está entre al menos seis estados -incluyendo Texas y Georgia- que otorgaron diplomas retroactivos a los estudiantes que en años anteriores habían fracasado en los exámenes de egreso.

--En Chicago, a los estudiantes de escuelas públicas de bajo rendimiento se les aconsejó abandonar las clases para asistir a programas de capacitación laboral o programas de equivalencia de preparatoria, y se los contó luego como ‘estudiantes transferidos’ en lugar de ‘desertores’. Después de una gran protesta, el distrito escolar redujo su previamente inflado porcentaje de graduación en 2015.

--Texas le permite a las escuelas clasificar a los estudiantes como alumnos “en tránsito” en lugar de desertores si éstos afirman que se están mudando a otro sitio u optando por la educación en casa, sin comprobar que dichas afirmaciones sean verdaderas.

--Tal vez el método más nuevo y que más se utiliza en las escuelas para aumentar las tasas de graduación sean los cursos de recuperación de créditos en línea, como los que el LAUSD ofreció este año escolar, cuando sólo el 54% de los estudiantes de doceavo grado estaban en camino a graduarse. Después de una dosis considerable de cursos de recuperación de créditos en línea y otras medidas, la cifra más reciente -pero aún preliminar- que se divulgará ahora será del 74%. Estos cursos pueden ser rigurosos y valiosas herramientas educativas, pero a veces también permiten a los estudiantes recuperar facilmente los cursos en los que han fracasado.

Russell Rumberger, director del proyecto de investigación California Dropout Research Project en UC Santa Barbara, no es aficionado a medir el éxito de la escuela por su porcentaje de graduación, precisamente por esa razón: hacerlo alienta a las escuelas a bajar sus estándares o utilizar números engañosos o de encontrar formas de deshacerse de sus estudiantes sin tener que contarlos como desertores. En cualquier caso, dice, “un diploma es un instrumento contundente” para medir el aprendizaje; un estudio descubrió que los estudiantes de bajos recursos necesitan mostrar un mejor dominio del material que tan sólo lograr una calificación aprobatoria antes de tener una verdadera oportunidad de entrar a la clase media.

Guste o no, dice Rumberger, los estándares más altos, como los de los del currículo de tronco común -recientemente aprobados en California y en la mayoría de los estados- tienden a resultar en porcentajes de graduación más bajos y es falso por parte de los estados decir que se pueden elevar ambos a la vez y rápidamente.

No es que las escuelas, incluidas las del LAUSD, no hayan logrado algún progreso para que más alumnos se gradúen. El distrito merece crédito por darles seguimiento a los estudiantes que faltan a clases, antes de convertirse en ausentes crónicos. También ha eliminado las suspensiones fuera de la escuela por malas conductas relativamente de menor importancia (Rumberger participó en un reciente estudio que demuestra que las suspensiones aumentan el riesgo de que los estudiantes se conviertan en desertores escolares). Actualmente, el personal en muchas escuelas parece estar más familiarizado a nivel personal con los estudiantes de lo que antes se acostumbraba, y a su vez los alumnos parecen más cómodos interactuando con los adultos. Los consejeros toman más a menudo la iniciativa y convocan a los estudiantes para hablar acerca de cómo recuperar los créditos perdidos, y el distrito ha ofrecido clases de recuperación después de la escuela y los sábados, así como cursos de recuperación de crédito en línea.

Pero, bajo la presión de producir mejores números, las autoridades escolares en California y en todo el país a menudo han hecho todo lo necesario para llegar a esos números, incluyendo bajar los estándares mientras fingen que los elevan, y reclasificar estudiantes en lugar de educarlos. Estos alumnos luego van a la universidad, o salen al mundo laboral, pensando equivocadamente que tienen las habilidades que necesitan.

La mayor ironía es que el movimiento de reforma escolar que ha liderado la iniciativa de mejorar los porcentajes de graduación se inició años atrás, cuando comenzó la lucha para elevar el nivel académico. Su surgimiento fue en respuesta a las quejas de los empleadores, de que un diploma de escuela preparatoria ya no significaba que el empleado estuviera preparado. Los reformadores escolares y representantes de las cámaras de comercio se quejaban de que los egresados de preparatoria no podían pasar el examen escrito para ser conductores de entregas, o para ser aprendices de construcción. Las pruebas estandarizadas, incluyendo los exámenes de egreso de preparatoria, debían garantizar que los jóvenes alcancen, por lo menos, un nivel mínimo de competencia.

Pero las escuelas en algunas áreas -Texas y Nueva York fueron ejemplos infames- comenzaron presionar a los estudiantes de bajo rendimiento hasta que éstos abandonaban las clases. Eso condujo a reconocer que las escuelas en todo el país -sin llegar a los extremos como en Texas- estaban desalentando activamente a los alumnos que más necesitaban de su ayuda, y que además no estaban haciendo mucho para lograr retenerlos y ampliar sus ambiciones académicas.

La ley federal No Child Left Behind, que nunca hizo mucho para promover tasas más altas de graduación, puede estar extinta ya, pero su sucesora tendrá pocas posibilidades de éxito si las autoridades no son realistas sobre el trabajo y la paciencia que se necesitan para elevar los niveles de los estándares, los porcentajes de graduación y los puntajes en las pruebas. Es un trabajo gradual, lento, duro, sin soluciones mágicas, y mejorar los números no siempre es evidencia de que los estudiantes estén mejor educados.

Este artículo es el segundo de una serie de dos partes. Lea la primera entrega aquí.

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Traducción: Diana Cervantes.

Si desea leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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