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Umberto Eco, el intelectual temerario que simplemente cerró los ojos

Había cumplido 84 años el pasado 5 de enero. Pionero de la semiótica, novelista, filósofo, autor de ensayos sobre estética medieval y teoría del arte, especialista en medios de comunicación, profesor universitario, su saber parecía no tener límites.

Había cumplido 84 años el pasado 5 de enero. Pionero de la semiótica, novelista, filósofo, autor de ensayos sobre estética medieval y teoría del arte, especialista en medios de comunicación, profesor universitario, su saber parecía no tener límites.

Umberto Eco ha muerto. El mundo ha perdido a uno de sus más importantes hombres de cultura contemporáneos, escribía La Reppublica, el periódico que informó de su muerte, el viernes a las 22:30 horas, en su casa de Milán.

Había cumplido 84 años el pasado 5 de enero. Pionero de la semiótica, novelista, filósofo, autor de ensayos sobre estética medieval y teoría del arte, especialista en medios de comunicación, profesor universitario, su saber parecía no tener límites.

El Corriere della Sera lo recordaba como una presencia fundamental en la vida cultural italiana de los últimos 50 años, que representaba la ruptura con un sistema académico obsoleto.

Nacido en Alessandria, en la región del Piamonte, en 1932, Le Monde señalaba que, aunque era reticente a cualquier confidencia, alguna vez contó que había crecido en medio de la guerra: “Entre los 11 y 13 años aprendí a esquivar las balas”.

El filósofo Luigi Pareyson le dirigió en Turín, a los 24 años, su tesis doctoral sobre La cuestión estética en la obra de santo Tomás de Aquino. Eco fue uno de los fundadores del Gruppo 63, un movimiento de neovanguardia que practicaba el experimentalismo literario.

“Cada sociedad cultural tiene las novedades que se merece”, decía el Premio Príncipe de Asturias 2000, en Apocalípticos e integrados (1964), que a pesar de haberse reeditado constantemente, pensaba que debía ser reescrito. En esta obra planteaba dos actitudes complementarias frente a la cultura de masas.

En 1975, Eco obtiene la cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia. Novelista tardío, en 1980 publicó El nombre de la rosa, una trama de intriga medieval que le dio fama mundial. Traducida a más de 40 idiomas, ha vendido más de 50 millones de ejemplares en 30 años. A esta obra seguirían El péndulo de Foucault, Baudolino, El cementerio de Praga.

Discípula de Eco, con quien estudió semiótica de 1979 a 1982 en Bolonia, Esther Cohen le hablaba por teléfono en cada cumpleaños. Lo recuerda este año enfermo de influenza.

“Perdemos a un hombre con una sabiduría impresionante, con una honradez que se desconoce en este país”, afirma la académica de la UNAM. “Siento que es de los pocos escritores que lograron hacerse un nombre sin necesidad de ninguna práctica fraudulenta ni de usar sus contactos. Perdemos a una gran figura intelectual y también moral”.

Cohen recuerda que visitó México invitado por Televisa. “Contaba que lo habían llevado a Acapulco, a un encuentro sobre comunicación con Marshall McLuhan, y cuando entraron al cuarto le trajeron unas mujeres. Dijo: ‘No me había pasado en ningún lugar del mundo’. Salió decepcionado”.

Para Marco Marica, director del Instituto Italiano de Cultura, Eco era un outsider, ya que no se trataba de un escritor puro, sino de un intelectual multifacético.

Esto se evidencia, explica, en su manejo del idioma, que oscilaba entre el italiano culto de El nombre de la rosa y el uso coloquial en Número cero, su última novela, donde hace una crítica del periodismo, el internet y la manipulación de la historia.

“Creo que esa capacidad de jugar con diferentes registros lingüísticos, del más alto al más bajo, es una de las características más destacables del estilo literario de Eco”.

Su pasión por la narrativa policiaca hacía que en sus novelas siempre hubiera una verdad oculta que al final se revela, señala el agregado cultural de la Embajada italiana. “Pero es una verdad que se parece un poco a la mentira, un aspecto que se relaciona con el hecho de ser profesor de semiótica”.

Intelectual temerario, siempre dispuesto a correr nuevas aventuras, el pasado noviembre anunció que dejaba la editorial Bompiani, que había comprado Berlusconi, para unirse al recién creado sello La nave de Teseo, con Elisabetta Sgarbi. Participaba también como accionista, así que conocía el riesgo del fracaso.

“Estaba muy emocionado”, recuerda Cohen, “diciendo que era su proyecto para los próximos 20 años, se sentía contento. No le importaba perder dinero: siempre con esta posición crítica frente a la política italiana, frente al gobierno, frente a todo. Era para mí la conciencia crítica de Italia”.


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