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Chile celebra 50 años de viaje en el tiempo a través de los cielos del norte

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EFE

A lo largo de los últimos 50 años, el observatorio de La Silla, situado en el norte de Chile, ha recorrido los confines del universo para revelar detalles tanto del cosmos como de la humanidad, un viaje hacia el pasado que ha expandido la visión y compresión de la realidad.

Los astrónomos siempre dicen que mirar el cielo es viajar al pasado, ver con un desfase de multitud de años la luz que les llegó a las estrellas, y en este enclave situado a 2.400 metros por encima del nivel mar, en la norteña región de Coquimbo, investigadores de más de quince nacionalidades exploran el cielo a través de una de las “ventanas” más lúcidas del planeta.

Tanto es así que Chile prevé reunir en los próximos años el 70 % de la capacidad astronómica óptica e infrarroja mundial, gracias a la construcción de tres telescopios de última generación en el norte del país, entre ellos uno de 39 metros de diámetro que se llevará el galardón de ser el más grande del mundo.

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Así lo indicó a Efe Luis Agustín Chavarría, director del programa de astronomía de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt), quien destacó la capacidad de La Silla para adaptarse a los nuevos tiempos con la incorporación de dispositivos de nueva generación a telescopios con más de 40 años de antigüedad.

“Gracias a uno de estos dispositivos, el centro lidera la búsqueda de planetas del tamaño de la tierra en el espacio. Una tarea que llevó al descubrimiento del que quizás es el primer planeta de estas características en una zona habitable”, dijo Chavarría.

Se trata del instrumento Harps, montado en el telescopio de 3,6 metros, iniciativa del Observatorio Europeo Austral (ESO), dependiente de la Unión Europea, un organismo a través del cual 16 países del viejo continente aunaron esfuerzos para llevar hasta Chile sus proyectos más ambiciosos de investigación astronómica.

El lugar escogido fue la región de Coquimbo, la cual destaca por la claridad de un cielo casi prístino, hecho que ya conocían pueblos prehispánicos como los Diaguitas, que se asentaron en esta zona y también dirigieron sus ojos hacia el cielo en búsqueda de conocimientos.

Sin embargo, no fue hasta la llegada de los telescopios que se logró desmitificar las relaciones que tenían esos cuerpos celestes en el espacio con la vida sobre la Tierra, aquello que Galileo Galilei plasmó al decir que mirar a través de este aparato era acercarse a “la verdad”.

Una idea que repitió con fuerza el padre del empirismo filosófico y científico, Francis Bacon, quien a tenor de los descubrimientos astronómicos fruto del salto a la modernidad protagonizado por Galilei llegó a afirmar que no admitía nada que no creyeran sus ojos.

Un enfoque que aún a día de hoy sigue siendo el eje sobre el que gravita la investigación científica y que tiene un alto significado para la astronomía, a través de la monitorización del cielo a niveles nunca antes imaginados por la humanidad.

En concreto, el observatorio de Cerro Pachón, gracias a la construcción del macroproyecto “Large Synoptic Survey Telescope”, tendrá la capacidad para realizar un mapa completo del cielo del hemisferio sur cada 3 días, una tarea titánica que permitirá detectar casi en tiempo real supernovas, asteroides y cometas.

Una apuesta que empezará a dar sus frutos en torno al año 2022, según indican las autoridades, fecha hasta la cual la producción científica de la región seguirá a pleno rendimiento, gracias al trabajo que cada noche investigadores de todo el mundo realizan mediante la observación de la vasta cúpula negra que corona la existencia humana.

Y es que como bien indicó el científico y divulgador Carl Sagan en el libro “Un punto azul pálido” (1994), la astronomía es un ejercicio de humildad, de situarnos como especie dentro de un tablero de juego del que aún desconocemos muchas reglas.

Gracias a las fotografías de la Tierra enviadas en 1990 por la sonda Voyager 1 justo antes de salir del sistema solar, Sagan expuso que “todas nuestras alegrías y sufrimientos” caben en ese pequeño punto azul que es nuestro planeta, una “mota de polvo” flotando en la enorme vastedad del universo.

“Se ha dicho que la astronomía es un ejercicio de humildad y formadora de carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo”, escribió el divulgador.

“Para mi, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y preservar ese punto azul, el único hogar que hemos conocido”, agregó Sagan en ese escrito.

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