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Organizan homenaje en Cal State Fullerton, a 40 años del tiroteo masivo en el campus

Las nueve víctimas del tiroteo de 1976. Siete de ellas fueron asesinadas. Maynard Hoffman y Donald Keram resultaron heridos durante el tiroteo masivo (Paul Paulsen).

Las nueve víctimas del tiroteo de 1976. Siete de ellas fueron asesinadas. Maynard Hoffman y Donald Keram resultaron heridos durante el tiroteo masivo (Paul Paulsen).

Se deslizó por una puerta lateral sosteniendo un rifle y descendió un tramo de escaleras hasta el sótano, en busca de compañeros de trabajo que había conocido por poco más de un año.

Edward Charles Allaway, un conserje de Cal State Fullerton, irrumpió en la biblioteca de la universidad y pasó de una habitación a otra disparando a algunas personas e ignorando a otras.

Persiguió a dos custodios, Debbie Paulsen y Donald Karges, a través de un pasillo estrecho y les disparó. También le tiró a Bruce Jacobson, luego de que el técnico de audio lo golpeara en la cabeza con una estatua de metal. Baleó al profesor emérito Seth Fassenden y al fotógrafo Paul F. Herzberg antes de tomar un ascensor de servicio hasta la primera planta, donde se encontró con los ojos de una estudiante de secundaria que visitaba el sitio.

Se volvió hacia ella, pero no le disparó. En cambio, se dirigió hacia un estudio de artes gráficas, donde le tiró al artista Frank Teplansky dos veces en la espalda y una en la cabeza.

Por último, baleó a Stephen Becker, asistente de la biblioteca e hijo de Ernest A. Becker, uno de los fundadores de la universidad.

En pocos minutos, el conserje se quedó sin balas. Huyó de la biblioteca hacia un auto y condujo hacia el hotel donde su esposa estaba empleada. Allí llamó a la policía y pidió ser recogido.

El conteo: siete personas muertas, dos heridos.

La fatídica mañana veraniega del 12 de julio de 1976 marcó el peor asesinato en masa en el condado de Orange hasta 2011, cuando se registró la matanza de ocho personas en un salón de belleza de Seal Beach. Algunos familiares de las víctimas y Cal State Fullerton realizarán una vigilia el próximo martes, para conmemorar el 40 aniversario de los disparos en el campus. Para aquellos que amaban a esos hombres y mujeres, sus muertes siguen siendo un hecho vívido.

De vez en cuando, Paul Paulsen se dirige a su biblioteca personal y toma algunos cuantos libros de texto de un estante. Pasa las páginas de las antologías de literatura, lee las notas manuscritas en los márgenes y, con una oleada de emoción, reconoce la cursiva de su dueña: Debbie, su hermana mayor, una de las primeras víctimas mortales.

“Puedo escuchar su voz diciendo estas cosas”, dice Paulsen, de 64 años de edad, quien vive a menos de cuatro millas de la universidad. “Es como si ella estuviera viva en esas anotaciones”.

Debbie fue la mentora de Paul, o la “guía espiritual”, tal como él la define. A sus 26 años y graduada en Literatura Inglesa, Debbie quería ser profesora y siempre incluía a Paul cuando salía con amigos. Tocaba la guitarra y amaba a Judy Collins y Joni Mitchell.

Paulsen buscó una manera de honrar la memoria de su hermana y sus colegas. “Un homenaje es tanto para los vivos como para los fallecidos”, dice. “Es una experiencia de unión para las familias de las víctimas y la comunidad, una reunión para honrar a aquellos que perdieron sus vidas y para recordar que esta tragedia puede ocurrir en cualquier otro momento. Es un proceso de curación continuo”.

Unos días antes de morir, Frank Teplansky llamó a su única hija, Patricia Almazan, y le dijo que estaba ansioso que estaba por asistir a la cena en su casa, donde comerían espaguetis. También agregó algo: “Patsy”, le dijo, “si algo llegara a ocurrirme, tú y tus hermanos estarán seguros”.

Almazan nunca volvió a escuchar su voz. Cuando llegó al hospital, su padre estaba inconsciente. “Lucía tan sereno y tranquilo. Tomó mi mano y la apretó”, dice Almazan, hoy de 70 años de edad. “Sentí que mi padre me estaba esperando”.

Teplansky usaba su sentido del humor y talento para hacer amigos en la sala de medios del campus, donde trabajó como artista gráfico durante 11 años. Era un talentoso pianista, caricaturista y mago, según su hija.

Había estado en la Marina durante 20 años y combatido en la Guerra de Corea. Era amable con su compañero de trabajo, Allaway, quien también era un ex Marine.

Debbie Paulsen también era amable con la persona que se convertiría en su asesino. “El error de mi hermana fue haberse hecho amiga del tirador”, señala Paulsen. “Ella era una persona muy compasiva, que amaba a todos. Cuando veía a alguien que necesitaba algo, trataba de ayudar. En este caso, sus intenciones fueron malinterpretadas”.

Un juez de la Corte Suprema del Condado de Orange dictaminó que Allaway estaba loco y que, por lo tanto, no era responsable de sus acciones. El asesino fue enviado a una institución para enfermos mentales, y actualmente reside en el Hospital Estatal Patton, en San Bernardino.

Con los años, Allaway solicitó la libertad, alegando que ya no es un peligro para la sociedad. A los 77 años, ha vivido más que su víctima más mayor, Seth Fessenden, quien tenía 72 al momento de la balacera.

En 2001 presentó un pedido de libertad, pero el juez de la Corte Suprema Frank F. Fasel concluyó que los médicos habían tenido dificultades para predecir si Allaway podía matar de nuevo, dada su larga historia de esquizofrenia, y le negó la excarcelación. La perspectiva de ver al asesino de masas libre generó un movimiento organizado para bloquear la maniobra. Todd Spitzer, supervisor del condado de Orange, lideró un sitio web grupal y organizó una campaña de cartas y un homenaje a las víctimas en el campus de Cal State Fullerton.

Paulsen y Almazan señalaron que están particularmente agradecidos por el apoyo que recibieron de Spitzer, del fiscal del condado de Orange Tony Rackauckas, y del fiscal adjunto Dan Wagner, quienes trabajaron en conjunto para mantener a Allaway tras las rejas.

Cuando las familias de las víctimas se acercaron a la universidad este año, para realizar una vigilia en honor a quienes perdieron sus vidas, la institución les dijo que era importante para el campus ofrecerles apoyo y solidaridad, aseguró Christopher Reese, director de relaciones gubernamentales y comunitarias de la casa de estudios.

Cerca de dos años después de los disparos, la universidad plantó siete árboles de pino en honor a cada una de las víctimas y listó el nombre de ellas en una placa instalada al norte de la biblioteca. Ese lugar es un sitio venerado por Paulsen y Almazan, quienes cuidan de él, limpian el polvo, pulen la placa y plantan rosas cerca de los nombres de sus familiares, debajo de los árboles perennes. “Desde la perspectiva de mi hermana, creo que a ella le gustaría este lugar”, dijo Paulsen. “Es muy tranquilo y sereno, y a nosotros nos llena de paz”.

La vigilia se llevará a cabo de 7 a 8:30 p.m., este martes en el Memorial Grove de Cal State Fullerton, 800 N. State College Blvd. Para más información, llame al (657) 278-7295 o contacte a Jeanne Tran, jetran@fullerton.edu.

Si desea leer la nota en inglés haga clic aquí.


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