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La Casa del Migrante, ‘un pedacito de cielo’ entre México y EE.UU.

Fotografía del migrante originario del estado mexicano de Michoacán, Salvador Vega Escalera, quien habla durante una entrevista con Efe en la Casa del Migrante de Ciudad Juárez (México). Techo, aseo, comida, asistencia legal, pero sobre todo amor. Eso es lo que ofrece la Casa del Migrante de Ciudad Juárez, "un pedacito de cielo en medio del desierto", entre México y Estados Unidos, y una muestra del lado oscuro de la migración que conocerá hoy el papa Francisco. EFE

Fotografía del migrante originario del estado mexicano de Michoacán, Salvador Vega Escalera, quien habla durante una entrevista con Efe en la Casa del Migrante de Ciudad Juárez (México). Techo, aseo, comida, asistencia legal, pero sobre todo amor. Eso es lo que ofrece la Casa del Migrante de Ciudad Juárez, “un pedacito de cielo en medio del desierto”, entre México y Estados Unidos, y una muestra del lado oscuro de la migración que conocerá hoy el papa Francisco. EFE

Techo, aseo, comida, asistencia legal, pero sobre todo amor. Eso es lo que ofrece la Casa del Migrante de Ciudad Juárez, “un pedacito de cielo en medio del desierto”, entre México y Estados Unidos, y una muestra del lado oscuro de la migración.

Inaugurado en 1989 bajo el paraguas de la Diócesis de Ciudad Juárez, el albergue es atendido por los Misioneros de San Carlos, comunidad fundada por el beato italiano Juan Bautista Scalabrini en 1887 para el servicio de los migrantes y refugiados.

La Casa del Migrante intenta “suplir en algo, con calor, ropa, cama, médico, alimento, deporte, naturaleza”, las profundas carencias de los migrantes, que “cuando salen, dejan casa, familia, amigos, tierra, cultura”, explica Calvillo a un grupo de medios, entre ellos Efe.

El objetivo es que cuando llegue, agotado por el cansancio de largas travesías a pie o derrotado tras haber sido deportado en EEUU, “se sienta cómodo, en familia, aunque sabemos que nunca vamos a suplir ni a su esposa, ni a sus papás ni a sus hijos”, reconoce el cura.

Según Calvillo, en 2015 el hogar atendió a 6.453 personas de procedencia diversa.

“El primer lugar lo ocupan los centroamericanos, el segundo los deportados, el tercero los niños y menores acompañados y no acompañados, y el cuarto las familias que vienen huyendo de la violencia de Michoacán, Tamaulipas, Guerrero, Oaxaca”, detalla.

De Michoacán procede Salvador Vega, un operador de maquinaria pesada que hace días fue deportado de Estados Unidos, según cuenta a Efe en el lugar.

Con el apoyo del Instituto Nacional de Migración de México ha llegado hasta la Casa del Migrante, para la que solo tiene palabras de gratitud.

“Aquí nos proporcionan los alimentos, la casa, una cama, una regadera donde asearnos; tenemos un espacio y lo que tratamos de hacer es incorporarnos un poquito a las actividades de ellos como agradecimiento al trato que nos dan; es un pedacito de cielo en medio del desierto”, relata.

La vida de Salvador no ha sido sencilla. A sus 47 años es la segunda vez que regresa de EE.UU.. La primera, tras vivir cuatro años indocumentado, fue por propia voluntad y la segunda deportado. y no renuncia a volver a intentarlo.

“Desgraciadamente la ola de violencia en el estado nos está obligando a muchos a dejar nuestros lugares de origen”, denuncia sobre Michoacán, donde en 2013 surgieron grupos civiles de autodefensa para luchar, armados, contra los cárteles de droga.

Más dramática es la situación de Alicia Núñez, de 39 años y quien está en el hogar con sus hijos de 3, 7, 8 y 14 años.

“Tengo cuatro hijos y mi esposo no está. El se fue con otra mujer y la responsabilidad está ahorita sobre mí y tengo que sacarlos adelante”, explica al justificar su decisión de cruzar la frontera con su prole.

En San Francisco del Mar, la población del estado sureño de Oaxaca de donde procede, “vendía plátanos”, pero no era suficiente para vivir: “Nada más saco para la comida ¿y la escuela y todo lo demás?”, afirma.

Alicia dice que los miembros de la Casa del Migrante son “muy serviciales y muy amables”, hasta el punto que le han ofrecido estar más tiempo que el plazo máximo de tres días del que por norma disponen los recién llegados.

“Me dicen que si me quiero quedar cinco días, o cuatro, depende de si me quiero ir o me quiero quedar”, dice confusa mientras lava ropa a mano para compensar la generosidad de “ese pedacito de cielo en medio del desierto”.


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