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Chicago, donde Luther King encaró un racismo más “hostil” que en el sur

Vista de la llama eterna junto a los restos de Martin Luther King Jr. en el Parque Histórico Nacional Martin Luther King Jr. en Atlanta, Georgia (Estados Unidos) hoy, 3 de abril de 2018, en el día del asesinato del mayor defensor de los derechos civiles del país. EFE

Vista de la llama eterna junto a los restos de Martin Luther King Jr. en el Parque Histórico Nacional Martin Luther King Jr. en Atlanta, Georgia (Estados Unidos) hoy, 3 de abril de 2018, en el día del asesinato del mayor defensor de los derechos civiles del país. EFE

EFE

Durante el caliente verano de 1966, Martin Luther King Jr. llevó a Chicago su cruzada nacional para acabar con la segregación racial y se topó con una lucha aún más “hostil y odiosa” que las que protagonizó en el sur del país.

Luther King, de cuyo asesinato se cumplen este miércoles 50 años, llegó a Chicago junto a compañeros de su organización Southern Christian Leadership Conference para combatir la segregación en los barrios blancos donde, con la ayuda de negocios de bienes raíces y políticos locales, se impedía a la gente de color rentar o comprar inmuebles.

El mayor defensor de los derechos civiles del país decidió trasladarse al norte del país porque, según explicó entonces, el racismo estaba muy enraizado a causa “de altos niveles de discriminación institucionalizada”.

Para erradicar esta realidad lanzó la campaña el “Verano de la Libertad”, con la que buscaba que los residentes afroamericanos tuvieran un acceso igualitario a la vivienda.

Como parte de esa campaña, planeó marchas en las que la furia del racismo quedó evidenciada en lugares como el barrio Marquette, de Chicago, el 5 de agosto de 1966.

Ese ardiente día de verano, Luther King, acompañado por unas 700 personas, marchó por el Parque Marquette, en el lado sur de la ciudad, donde se encontraron con varios miles de manifestantes blancos enfurecidos porque éstos se habían atrevido a entrar en su barrio para decirles, además, lo que debían hacer en materia de vivienda.

Les llovieron insultos y amenazas, como una pancarta en la que se leía “King se vería bien con un puñal en su espalda”, y una cascada de botellas y piedras, una de las cuales golpeó en la cabeza al líder de los derechos civiles, que fue protegido por sus guardaespaldas para prevenir mayores daños.

Ese día, una treintena de personas resultaron heridas en la confrontación y la policía no tuvo más remedio que intervenir y cuarenta personas fueron arrestadas.

La violencia en el norte del país fue un alumbramiento para Martin Luther King Jr., quien nunca antes en el sur del país había sido confrontado de la misma manera.

“He visto muchas manifestaciones en el sur, pero nunca he visto algo tan hostil y tan odioso como he visto aquí hoy”, dijo el día de la marcha.

En su intento de que Chicago fuera una ciudad abierta y ajena a la discriminación, Luther King organizó ese mismo verano un mitin en el estadio Soldier Field al que acudieron 30.000 personas a escucharlo.

“Este día debemos declarar nuestra proclamación de Emancipación. Este día debemos comprometernos a hacer cualquier sacrificio necesario para cambiar a Chicago. Este día debemos decidir llenar las cárceles de Chicago, si es necesario, para terminar con los barrios marginales”, dijo aquel 10 de julio.

El líder hispano Omar López tenía 21 años cuando Luther King pasó ese año 1966 en la ciudad y recuerda los sucesos.

"Él dejó una marca muy buena en la ciudad y nos mostró cómo se tenía que confrontar a las instituciones para combatir la discriminación y el racismo”, explica a Efe López, ahora de 73 años.

López, quien en esa época trabajaba con la organización Latin American Defense Organization (LADO), antes de unirse a los Young Lords, un grupo más radical, dijo que en entonces la “discriminación en Chicago era muy abierta y violenta”.

López todavía recuerda el día en el que Martin Luther King Jr. fue asesinado en Memphis (Tennessee), el 4 de abril de 1968, pero, aunque ya pasó medio siglo cree que su “legado está asegurado en la historia por siempre”.

Como él, muchos recibieron con tristeza e indignación la noticia de su muerte y el oeste de la ciudad vivió varias noches de revueltas, que el entonces alcalde, Richard J. Daley, quiso acabar con una notoria orden de “tirar a matar o mutilar a los saqueadores”, en una demostración más de que el trabajo de Luther King todavía estaba inconcluso.

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