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Sin muchos recursos, pero con mucha actitud y sabor

Carmen Estrada cuenta que sus ingresos le alcanzan para sobrevivir, aunque poco siempre trata de mandarle ayuda a sus tres hijos y a su madre en El Salvador.
(Soudi Jimenez / HOY)

LOS ÁNGELES.- Carmen Estrada grita: “La fruta, la fruta”, a un transeúnte que camina aprisa en los alrededores del Parque MacArthur.

“¿Qué le vamos a dar?”, le dice a otra persona que observa pasar cerca de su puesto, mientras pica la fruta con gran velocidad y la exactitud de un cirujano.

Así se la pasa todo el día, promoviendo su fruta con gran humor y esperando terminar todo su producto al final de la jornada.

Debido a la naturaleza del empleo, prácticamente se la pasa de pie todo el tiempo, pero lejos de quejarse, producto de 16 horas de trabajo diario, Estrada busca y se refugia en su buen humor.

“Soy rápida, soy tremenda para el cuchillo, para cuando vienen los ladrones salgo en carrera”, afirma entre risas la salvadoreña.

Debido a que es un trabajo que requiere invertir mucho tiempo, sin muchas ganancias, la vendedora asegura que la actitud es fundamental.

Como relojito, diariamente se levanta a las 4 a.m. para alcanzar fruta fresca y de calidad en el mercado en el centro de Los Ángeles.

Al regresar a su casa, lava el carro donde porta su mercancía y coloca el hielo; luego le lleva tres horas en quitar la cáscara a la sandía y al melón. Ya para las 11 a.m. la vendedora está instalada en la esquina de las calles 7 y Alvarado, donde ya es conocida desde el 2010.

“Lo más difícil es lidiar con tanta gente”, declara. “A veces las personas están medio ‘locas’ y quieren las cosas a la fuerza y regaladas”.

No obstante las diferentes personalidades con las que Estrada tiene que lidiar diariamente, ella ya aprendió cómo tratarlas, tiene buenas relaciones con la comunidad y conoce bien a los empleados de los negocios del área.

Sin embargo, lo que más le preocupa son las inspecciones de la policía y la ciudad.

Actualmente se está discutiendo en el concilio el derecho de darle a los vendedores ambulantes licencia para trabajar; pero mientras tanto, las autoridades imponen multas y le tiran el producto a los vendedores.

“No le dejan nada”, enfatiza. Pero igual, como lo hace siempre, Estrada inicia el siguiente día con una sonrisa.

La inmigrante llegó a Los Ángeles en el 2007. Al inicio trabajó por dos años en un restaurante. Allí le tocó lavar platos y cocinar. Todo parecía ir bien, pero a pesar de trabajar más de 40 horas, no siempre le pagaron el tiempo completo.

En el 2009, por lo tanto, se fue a vender fruta al barrio coreano y como las ganancias resultaron mejores, Estrada renunció al empleo. El patrón le quedó debiendo alrededor de 1,200 dólares.

“No me pagó, pero me quedé con la experiencia del trabajo”, afirma, pero no se arrepiente porque le sirvió para conseguir su propio carro de fruta, cuyo valor ascendió a 400 dólares. “La primera semana me dio miedo por la policía, ya la segunda agarré ánimo”.

Según la comerciante, los clientes le demandan más piña, mango, melón y sandía, aunque también tiene jícama, pepino, naranja y coco. Una bolsa de fruta que se complementa con chile, limón y sal se prepara en no más de dos minutos y tiene un costo de cuatro a cinco dólares.

Como las ganancias no se dan a manos llenas, Estrada tiene que trabajar los siete días a la semana para poder ayudar a sus tres hijos, a su madre y de paso pagar la renta e irla pasando.

El local de frutas ambulante se localiza en los alrededores del parque MacArthur, donde domina la presencia de hispanos; aunque los consumidores llegan de todas partes y de todos colores.

“Aquí le hablo hasta a los chinos”, indica Estrada.

Después de nueve horas en la calle, la comerciante toma su carro de frutas como a las 8 p.m. y se regresa a su apartamento que le recuerda a sus hijos que dejó en El Salvador.

Estrada no espera hacerse rica vendiendo fruta, pero sí sacar a su familia adelante y enseñarle a sus retoños que con una buena actitud y buen sentido del humor, prácticamente todo se puede.

“Al llegar a la casa me echo agua tibia con limón y pongo los pies arriba de una silla, porque arden”, revela la comerciante, quien se cansa y en ocasiones le duelen sus pies, pero no se rinde.

“Hay manera de cómo ganar para los gastos. Aunque sea vendiendo sodas, se puede agarrar una hielera. Lo que se requiere es hacer un esfuerzo, allí uno luego se va desarrollando”, concluye.


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