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La permacultura, la filosofía de vida que trata de penetrar en las ciudades

La permacultora Pilar Hernández, habla durante una entrevista con Efe el 18 de diciembre de 2018, en un huerto urbano en Ciudad de México (México). EFE

La permacultora Pilar Hernández, habla durante una entrevista con Efe el 18 de diciembre de 2018, en un huerto urbano en Ciudad de México (México). EFE

EFE

La permacultura es una compleja filosofía de vida y un sistema que busca hacer buen uso de la Tierra y sus recursos y trata de generar una sociedad más consciente y con mayor capacidad de recuperarse frente a la adversidad.

En una entrevista con Efe, la permacultora Pilar Hernández explica que esta forma de comprender el mundo puede dibujarse con forma de flor y de cuyos pétalos se interpretan los distintos principios para incorporar la naturaleza a un sistema cada vez más consumista.

“Los principios de la permacultura se usan más en entornos rurales que urbanos porque requiere tener recursos muy naturales, y en las ciudades difícilmente los tenemos porque cada vez estamos más separados de la naturaleza”, afirma la experta en Ciudades Sostenibles por la Universidad Iberoamericana.

Estos recursos incluyen árboles, alimentos, medicinas naturales, distintas energías limpias, suelos y fuentes de agua, entre otros.

No obstante, matiza que “sí puede practicarse la permacultura en las ciudades” pero no con los principios tal cual están establecidos, sino haciéndose una adaptación.

“En la ciudad hay muchas cosas que podemos hacer, no necesariamente seremos permacultores pero sí ciudadanos mucho más responsables, con más consciencia del consumo de agua, de la manera en que nos transportamos, de la manera en que consumimos, cómo nos alimentamos, cómo nos sanamos, cómo usamos las energías”, detalla.

Asimismo, la discípula del reputado diseñador de sistemas ecológicos Holger Hieronimi agrega que esta disciplina también contempla la forma en la que se desarrollan los asentamientos humanos en aspectos como la comunicación, lo social o el intercambio colectivo.

La permacultura surge en la década de los 70, cuando los australianos Bill Mollison y David Holmgren “empezaron a preguntarse cómo podían impactar su entorno de la menor manera posible”.

En 1978 cuando se publicó el libro “Permacultura 1", que expuso por primera vez “la flor de la permacultura y sus principios éticos y ecológicos”.

El primer principio es el de la observación del entorno, identificándose qué recursos hay alrededor del asentamiento.

“Qué tipo de clima, qué tipo de vegetación, qué tipo de fauna existe a nuestro alrededor, dónde están los nacimientos de agua”, enumera la que fuera creadora y administradora del Huerto Roma Verde.

Otro de los pétalos habla sobre la bioconstrucción, haciendo mención a edificar mediante materiales naturales y rescatar las técnicas de sabiduría ancestral que utilizaban los pueblos originarios.

“Rescatar toda esa riqueza cultural que tenemos detrás de nosotros y traerla a la actualidad ya que en la ciudad todo se construye con concreto”, precisa.

Saber con qué construir implica observar qué materiales abundan en la zona de manera natural: roca, bambú, madera, por ejemplo.

Estudiar los patrones de los animales que allí habitan también es importante para “ver cómo construyen ellos”.

“Ellos son un indicador de qué materiales podemos usar para construir nosotros porque no están alejados de lo que nosotros necesitamos: calor, protección de la lluvia. Los animales son sabios”, asegura.

Otro pilar de esta filosofía es el uso de la ecotecnología, en referencia a energías como el sol, el agua o el viento.

También los residuos humanos como heces u orín pueden ser utilizados como energía.

De hecho, ya existen ecotecnologías en las ciudades como los biodigestores, unas bolsas gigantes donde se vierten residuos humanos tanto sólidos como líquidos.

En estas bolsas, a través de bacterias, los residuos se descomponen y se genera gas que puede usarse después para calentar los hogares.

Otro de los pétalos es la salud en un sentido muy amplio del término: “salud física, emocional y espiritual”, así como la salud de la naturaleza.

En este sentido, la experta mencionó distintos productos que usamos para el cuerpo o limpiar nuestros espacios, instando a “ser más empáticos y saber que los químicos que echamos al agua van a traer consecuencias”.


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