Yo era virgen a los 54 años (y sí, vi la película)

Yo era virgen a los 54 años (y sí, vi la película)

Las citas siempre fueron intimidantes para mí.

Le tenía tanto miedo a que una mujer dijera que sí, como le tenía miedo a que dijera que no.

Como comprenderás, yo era un virgen cincuentón.

Este es probablemente el momento en el que querrás saber si salí corriendo a ver la película “The 40-Year-Old Virgin” cuando salió en el 2005. No lo hice. En ese momento, vivía solo en la casa de Burbank en la que crecí. La experiencia de asistir al cine a ver una nueva película, se había vuelto demasiado agresivo para mis ojos y oídos. Y la trama tenía poco atractivo. ¿Por qué pagar dinero para ver eso? Lo estaba viviendo.

Anhelaba salir de mi aislamiento. Pero no importa cuántas veces me prometí a mí mismo “salir ahí fuera”, no pude encontrar el valor para actuar. Y luché para descubrir cómo había terminado en esa situación.

Yo era popular en la escuela primaria, pero la pubertad cambió las cosas. Mis amigos se hicieron más grandes y más altos y se convirtieron en los atletas estrella. Yo no lo hice. Me involucre con un grupo de Trekkies y fanáticos de la ciencia ficción, y salí de la escuela preparatoria sin haber tenido una sola cita.

Después de la preparatoria, empecé a trabajar en la agencia de viajes de mi familia y estaba ansioso por salir al mundo real. Me fue bien en mi trabajo, pero en realidad me quedé con menos oportunidades sociales de las que había tenido en la escuela.

Nunca me confundí sobre mi orientación sexual; simplemente no sabía ligar. Todavía vivía en casa, y de vez en cuando, mi madre decía algo sobre la esperanza de que algún día conocería a una buena chica.

Sin embargo, me dejaron para que lo averiguara por mí mismo.

Durante años, me decía a mí mismo que siempre podía empezar a buscar una cita mañana, tratando de no pensar en la realidad de que un día me quedaría sin mañanas.

Luego, en el otoño de 2011, me encontré asistiendo a varias reuniones sociales, yo sólo, en menos de dos semanas.

Para el último evento, un banquete en memoria de un amigo de la familia recientemente fallecido, tenía 52 años y finalmente había tenido suficiente. Estaba cansado de sentirme como la persona más solitaria de todas las habitaciones en las que entraba.

¿Eso que me invadía era algo parecido al coraje?

Decidí trabajar en ello.

Parte del problema era que, como dueño de un pequeño negocio que dirigía desde casa, me faltaban oportunidades para conocer gente a través del trabajo. Así que empecé la búsqueda preguntando a mis amigos si conocían a alguna mujer soltera que quisiera conocerme. Me obligué a mejorar en mis conversaciones con extraños. Y decidí que tenía que zambullirme en las citas por Internet. (Me había resistido. La franca verdad era que mientras yo viviera en casa con mis padres, cualquier esfuerzo que hiciera para que me tomaran en serio en el campo de las citas, iba a estar frustrado. Pero incluso después de que mis padres murieron, me llevó un tiempo lanzarme a conseguirlo).

Sin embargo, una vez que entendí el proceso, empecé a tener citas de forma lenta pero constante.

Hubo muchas desventuras.

Estaba la mujer que esperó hasta que nos conocimos para informarme que, aunque vivía sola, en realidad seguía casada porque su marido tenía un seguro médico muy bueno. Estaba la mujer que necesitaba cinco minutos completos para contarme sobre todos los animales que tenía en casa.

Estaba la mujer con la que pasé una tarde agradable en el Getty Center y después la lleve a cenar. Pensé que la cita había ido bien, pero cuando nos detuvimos frente a su edificio, ella ya tenía la puerta del pasajero abierta y salió corriendo antes de que el auto se detuviera por completo.

Pero al menos yo había logrado estar ahí afuera.

A pesar de las decepciones, generalmente aprendí algo de cada encuentro.

Alerta de spoiler: Fue durante este período que tuve sexo por primera vez, a los 54 años, con una mujer de corazón bondadoso no muy diferente al personaje de Trish en “The 40-Year-Old Virgin”. (Para entonces, ya había visto la película. Era un territorio valeroso: Algunos de los detalles son acertados, como el personaje de Steve Carell pasando las noches con una pareja de vecinos ancianos. Sí, ese era yo).

Hacer el amor resultó ser una experiencia trascendente; enamorarse seguía siendo difícil.

En tres años y medio, había tenido unas 20 primeras citas, tres o cuatro segundas citas y ninguna tercera cita.

Fue un desafío.

Luego vino Laurie.

Una divorciada de Simi Valley con dos hijas adultas, Laurie no había salido en citas en años. Incluso dejó que su membresía en eHarmony caducara. De hecho, vio mi saludo inicial en ese sitio web sólo porque lo envié durante un fin de semana de “comunicación libre”, después de ver que su perfil todavía estaba allí.

Laurie me diría más tarde que se había resignado a la probabilidad de vivir sus días sola. Pero algo en mi primer mensaje despertó su interés.

Desde el principio, las cosas fueron diferentes entre nosotros.

En lugar de organizar rápidamente una reunión cara a cara, interactuamos por correo electrónico y teléfono durante seis semanas. Fue una gran manera de conocernos.

Cuando llegó el momento de conocernos cara a cara, pensé que podría haber una mejor manera de romper el hielo que sólo reunirnos en un restaurante y sentarnos inmóviles en la mesa uno frente al otro, luchando por mantener la conversación.

Así que encontré un profesor de baile en Van Nuys, y tomamos una clase privada de baile de salón. Ninguno de los dos teníamos ningún entrenamiento formal de baile, pero fuimos dando tumbos juntos por la pista durante una hora, hicimos lo mejor que pudimos para seguir algunos pasos sencillos y logramos sentirnos cómodos estando cerca y tocándonos entre sí.

Después de bailar, fuimos a cenar y paseamos por el vecindario. Cuando regresamos a nuestros autos, esperaba que Laurie le diera la bienvenida a un beso de buenas noches. No esperaba que ese beso me llevaría a una sesión de besos de tres horas en una calle oscura de Van Nuys. (Nota aparte: Hasta ese momento, siempre había mirado con desaprobación a las parejas que hacían demostraciones públicas de afecto, probablemente porque en el fondo las envidiaba).

Laurie y yo fuimos inseparables desde esa noche.

En dos meses, ya habíamos dicho que nos amábamos. Y poco más de un año después de esa primera cita, alquilé mi casa en Burbank y me mudé con Laurie.

En la casa adosada que ahora compartimos, hablamos de vez en cuando de lo lejos que hemos llegado los dos en los últimos años. (Laurie dice que cuando nos conocimos era “medio virgen” por haber estado tanto tiempo fuera de la escena de las citas).

Recuerdo ese día del banquete y la promesa que me hice de que iba a transformar mi vida. Supongo que te preguntarás si lamento haber esperado tanto como lo hice, para buscar el amor.

Pero la verdad, yo, no cambiaría nada.

El autor es agente de viajes en Simi Valley. Su sitio web es davidbernhart.com

L.A. Affairs narra la búsqueda de amor en Los Ángeles y sus alrededores. 

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