‘Me han matado poco a poco’: las duraderas cicatrices dejadas por la detención familiar en una madre y su hijo

Durante mucho tiempo, Lilian Oliva Bardales se preocupó por la adaptación de su pequeño hijo, Cristhian, a su nueva vida en Barcelona.

Él la apretaba cada vez que veía a un oficial de policía. Se asustaba cuando personas que no conocía hablaban con él. Los maestros le decían que jugaba violentamente en la escuela, haciendo que las muñecas pelearan entre sí y aparentando ser un oficial que esposaba a otros niños.

Le preguntaron si había sufrido algún trauma; para Oliva, así había sido.

Antes de llegar a España, Oliva y Cristhian buscaron asilo en Estados Unidos y pasaron ocho meses en el Karnes County Residential Center, cerca de San Antonio, uno de los tres centros de detención familiar manejados por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE.UU. A diferencia de cientos de familias detenidas en la frontera en los últimos meses, bajo la política de tolerancia cero del gobierno de Trump, Oliva y Cristhian no fueron separados.

Severamente criticada por la separación de las familias, la administración insistió en expandir el uso de la detención familiar y relajar los estándares legales para las instalaciones, a fin de mantener a los padres y niños migrantes bajo custodia. Los funcionarios gubernamentales y los líderes republicanos argumentan que las instalaciones como Karnes son una alternativa más humana que la separación familiar.

Pero para Oliva, de 22 años, la ansiedad y agresividad de su hijo eran efectos secundarios del tiempo pasado allí. "No quisiera que otro niño sufra lo que pasó el mío", aseguró. "Un centro de detención no es un lugar para un pequeño o una madre".

La detención familiar es anterior a la administración Trump. Comenzó en 2001, durante el gobierno de Bush, y aumentó significativamente durante el mandato de Obama. Oliva y Cristhian, que entonces tenía tres años, fueron detenidos a fines de 2014.

Los funcionarios de ICE recientemente emitieron un aviso de que podrían pedir hasta 15,000 camas para retener familias, aunque el financiamiento estaría sujeto a la aprobación del Congreso. Los tres centros de detención familiar existentes, dos en Texas y uno en Pensilvania, tienen espacio para unos 3,500 padres y niños.

Katie Shepherd, abogada defensora nacional de la Campaña de Justicia de Inmigración, destacó que la administración Trump presenta una elección falsa al sugerir que la detención familiar es la única alternativa a la política de separación familiar. Algunos inmigrantes son liberados con monitores de tobillo y monitoreados por controles telefónicos. Un estudio publicado por el American Immigration Council, un grupo de presión, descubrió que entre 2001 y 2016, el 96% de los solicitantes de asilo liberados del arresto se presentaron en todas sus audiencias judiciales.

Mientras que los críticos de la separación familiar afirman que dispersar a padres y niños puede traumatizar a los menores, Shepherd considera que estos también pueden sufrir incluso si se les retiene con sus padres.

Shepherd representó a familias, como la de Oliva y Cristhian, que fueron apresadas en Texas durante la administración Obama. La letrada fue testigo de cómo los niños retrocedían en sus conductas, lloraban mucho, lucían apáticos, peleaban y atacaban más.

Además, los pequeños se enfermaban con frecuencia como resultado del estrés, de comer alimentos a los cuales no estaban acostumbrados y de ser retenidos en lo que los migrantes llaman ‘la hielera’, debido a las bajas temperaturas. Algunos chicos se desmayaban en brazos de sus madres, y al menos dos fueron transportados en avión a San Antonio para recibir atención médica.

Los funcionarios de ICE desafían esas descripciones. En una audiencia del Comité Judicial del Senado realizada en agosto, Matthew Albence, jefe de operaciones de ejecución y deportación de la agencia, describió los centros de detención familiar como sitios "más parecidos a un campamento de verano". "Estas personas tienen acceso a alimentos y agua las 24 horas del día, los siete días de la semana", aseveró. "Tienen oportunidades educativas. Tienen oportunidades recreativas, tanto estructuradas como no".

Para Oliva, el camino hacia la detención familiar comenzó en la primavera de 2014. Ese mayo, fue apresada mientras intentaba cruzar la frontera de Texas, por su cuenta.

La mujer había viajado sola porque su abusivo exnovio había amenazado con matar a su familia si ella huía con su hijo.

Cuatro meses después de ser deportada a Honduras, huyó de nuevo, esta vez con Cristhian porque el novio estaba en México, trabajando para un cártel de drogas.

Entonces, Oliva y su hijo se entregaron a las autoridades de inmigración en la frontera con Hidalgo, Texas. Pero debido a su deportación anterior, le dijeron que no era elegible para una fianza.

Los días de Oliva y Cristhian detenidos transcurrieron lentos y monótonos. Compartían una habitación con otras dos familias y se alineaban por las mañanas para que los guardias los contaran, el primero de los tres recuentos diarios. Después, veían televisión o jugaban al bingo.

Oliva fue reportada tres veces, comentó, por mala conducta: una por jugar al fútbol y dejar a su hijo al cuidado de otras madres, otra por usar sandalias en lugar de los zapatos de lona que le habían dado, y una última por permitir que Cristhian jugara con los otros niños sin supervisión.

Su hijo cumplió cuatro años durante la detención. El pequeño se hizo amigo de los otros niños, pero notaba que comenzaban a irse, mientras él y su madre se quedaban allí. También tomó nota de otras cosas: las altas paredes alrededor del patio, el hecho de que no habían visto ningún automóvil en meses.

Oliva también notaba otras cuestiones: algunos guardias llamaban ‘estúpidos’ a los inmigrantes, y a ella le decían que debía pedir ayuda a su propio gobierno.

"¿Por qué estamos aquí?", Cristhian le preguntó un día. "Esta es una cárcel".

"Le dije: 'Pasaremos aquí un tiempo y luego saldremos'", recordó la mujer. "Después de cinco meses, no pude decirle más eso".

La portavoz del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), Katie Waldman, destacó que la agencia mantiene los más altos estándares de cuidado para las personas en custodia. "DHS toma las responsabilidades muy en serio y las lleva adelante de forma profesional y humana", aseguró.

En junio de 2015, Oliva llegó a un punto de quiebre. Había recibido una carta de las autoridades de inmigración informándole que su solicitud de asilo había sido denegada y que sería deportada. En papel rayado, garabateó una carta de dos páginas, firmada con su nombre completo y su "número de extranjero", que ICE entrega a todos los inmigrantes detenidos.

"Escribo esta carta para que sepan qué se siente al estar en este maldito lugar durante ocho meses", redactó. "Hago esto porque solo Dios y yo sabemos lo que sufrí en mi país. Vengo aquí para que este país pueda ayudarme, pero aquí me han matado poco a poco, con castigos y mentiras en prisión, cuando no he cometido ningún delito".

Cuando llegó el recuento de las 4 p.m., Oliva se encerró en el baño. Los guardias la encontraron con una muñeca sangrando.

Oliva fue vendada y, según relató, la encerraron en una habitación, sola, durante tres días.

Poco después, ella y Cristhian volvieron a Honduras.

Funcionarios de inmigración señalaron que Oliva fue tratada por una "lesión a nivel superficial" de su muñeca, que fue menor y no puso en riesgo su vida, según un informe de McClatchy realizado en 2015.

Ese año, Oliva y Cristhian huyeron a España; su vuelo fue pagado por el abogado pro-bono de la mujer, Bryan Johnson. España no exige visa a los turistas hondureños.

Inicialmente planeaba quedarse hasta que pudiera apelar con éxito su caso de asilo en EE.UU.; un juez de inmigración dictaminó en 2016 que no había recibido el asesoramiento legal adecuado y que podía regresar a este país. Sin embargo, cuando Trump ganó la presidencia, Johnson le aconsejó que se quedara. Así, solicitó asilo en España.

Ese país ibérico se está convirtiendo en un destino cada vez más elegido por los hondureños desesperados. En 2017, Honduras estuvo entre los principales países de origen de migrantes que solicitaron estatus de protección en España, según las cifras publicadas por el Ministerio del Interior de esa nación. Casi 1,000 hondureños solicitaron protección ese año, un incremento de más del doble con respecto al 2016.

Oliva se alegró al saber que no sería detenida cuando solicitó asilo. En lugar de ello, los funcionarios le ofrecieron cursos de educación en un centro para madres. Poco a poco, Cristhian comenzó a dejar atrás la detención, pero tomó tiempo.

En junio de 2017, después de que madre e hijo recibieran sus primeras tarjetas de residencia temporal y números de seguridad social, el pequeño comenzó a decirle a todo el mundo que tenían estatus legal. Un día, mientras cruzaban la calle cerca de su departamento, vio a un oficial de policía.

"¡Oiga, oficial!", le gritó. "Ya tengo mis papeles españoles; y mi madre también".

Ella no habla con el niño acerca del tiempo que estuvieron detenidos. "Ahora está mejor", aseguró. "Está empezando a olvidar".

En una reciente tarde húmeda, vio cómo Cristhian y un primo jugaban en la terraza. Ella había comprado una piscina inflable, pero la manguera se había roto, por lo tanto estaba vacía. Aún así, los niños encontraron una manera de jugar, lanzando animales de peluche hacia ella.

"¡Soy un vaquero!", gritó Cristhian con una risita, mientras balanceaba la manguera rota sobre su cabeza, como un lazo.

"Siempre estamos jugando, todo el día", dijo el primo.

Para Oliva, todavía es difícil dejar la detención atrás. Recientemente soñó con Karnes. No fue como las pesadillas que tenía los primeros meses después de haber sido deportada, en las que se despertaba súbitamente, para formar parte del recuento diario.

En el nuevo sueño, Oliva había regresado a Karnes como ciudadana española, para observar las condiciones y escuchar a los detenidos. Ella se encontraba allí con madres y padres, y los hijos de estos, de toda América Latina. Les preguntaba a las familias cuándo esperaban salir; todos le decían que todavía intentaban averiguarlo.

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