A pesar de la devastación que lo rodeaba, un perro en Camp Fire esperó a que sus dueños regresaran a casa

A pesar de la devastación que lo rodeaba, un perro en Camp Fire esperó a que sus dueños regresaran a casa

Al principio, Bill Gaylord no se preocupó mucho por el humo negro que se alzaba en el horizonte cerca de su casa la mañana del 8 de noviembre. Mientras sus vecinos se preparaban para huir, Gaylord subió a su Chevy Blazer plateado y se dirigió a un café cercano.
Después de todo, el terco Gaylord de 75 años había vivido toda su vida en Paradise. ¿Por qué este fuego sería diferente a tantos otros?, pensó.

Pero cuando llegó a casa alrededor de las 7:15 a.m., todo el infierno se había desatado.

Gaylord miró por la ventana de su cocina y vio el humo que inundaba el cañón. Oyó rugir las llamas mientras se dirigían hacia su casa.

Su esposa Andrea acababa de despertar, y le advirtió que tenían que irse rápido. Andrea, todavía en pijama, tomó tres pares de ropa interior y unos pantalones, se subió a su Nissan y se fue.

Bill no agarró nada.

A medida que se acercaban las llamas, estacionó su automóvil en la cima de una colina y se concentró en tratar de salvar a sus dos perros pastores Madison y Miguel.

Pero los perros estaban confundidos y con humo negro rodeándolos y el ruido de las primeras personas brindando auxilio gritando en los altavoces, los perros se negaron a dejar que Bill los subiera a su auto.

Le quedaron dos opciones: quedarse y arriesgar su vida o irse.

Cuando Bill se marchó ese día, sintió un nudo en el estómago. No fue porque le preocupara que su casa se quemara o que deseara haber agarrado sus pertenencias. Fue porque había abandonado a los perros que habían pasado sus vidas protegiendo la casa. Cuando llegó el turno de Bill de proteger a sus preciados caninos, sintió que los había traicionado.

Al ver una pared de llamas en su espejo retrovisor, pensó que seguramente los perros no sobrevivirían. En ese momento, Gaylord se sintió como un capitán que abandonaba el barco y a su tripulación.

Pero una serie de eventos improbables no solo llevaron a los Gaylords a una reunión con sus queridos perros casi un mes después del mortal incendio de Camp Fire y las comunidades vecinas de Magalia y Concow, sino que también ayudaron a forjar una nueva amistad.

Once días después del incendio, el 19 de noviembre, Shayla Sullivan, voluntaria del grupo de rescate de animales Cowboy 911, regresó a Paradise para tratar de encontrar a Madison y Miguel.

Sullivan fue asignada para ayudar a los Gaylords y a otros propietarios que habían dejado atrás a sus mascotas.

Ella sabía que las víctimas de los incendios en ese lugar tuvieron muy poco tiempo para escapar de las llamas y se vieron obligadas a dejar a sus mascotas. Quería ayudar y tratar de reunir a los evacuados con sus animales.

Pero era casi imposible encontrar la propiedad de los Gaylords. Toda la ciudad fue arrasada por el fuego y, sin el servicio de telefonía celular, Sullivan tuvo que confiar en los mapas para navegar a través de la destrucción.

Llamó a Andrea para asegurarse de que estaba buscando en el lugar correcto. Esa fue la primera vez que hablaron.

Sullivan volvió al día siguiente. No había ninguna señal de que Madison y Miguel estuvieran vivos. De todos modos, dejó la comida y el agua, esperando que el pequeño gesto le brindara algo de consuelo a los Gaylords.

En el tercer día, Sullivan tuvo un gran avance. Mientras miraba por el cañón vio un pequeño estanque. Entonces observó lo que parecía ser una bola blanca de pelusa.

Pero desapareció tan rápido como había aparecido.

Sullivan sabía que el perro no se acercaría a ella. Esta raza es conocida por ser protectora.

Sin embargo, llamó a Andrea y Bill para contarles la buena noticia.
Los Gaylords estaban extasiados. Pero ¿qué pasa con su segundo perro? ¿Y qué perro había visto Sullivan? ¿Fue Madison o Miguel?

Andrea, de 75 años, comenzó a buscar información online para ver si podía ver una foto de alguno de sus perros y si habían sido rescatados. El 24 de noviembre, varias semanas después del incendio, se encontró con una imagen que se parecía a Miguel.

Andrea, que tiene dificultades para caminar, llamó a Sullivan y pidió ayuda.

Sullivan descubrió que Miguel se encontraba en Citrus Heights, a más de 80 millas de Paradise.

Con la ayuda de un voluntario, Sullivan cargó el perro de 150 libras en su camioneta y se dirigió a Oroville, donde Andrea y Bill se alojaban en un remolque en River Reflections.

Sullivan estacionó su vehículo y caminó hacia el remolque de Andrea, dejando a Miguel adentro. Cuando Sullivan regresó a la camioneta, Miguel inmediatamente olió a Andrea en la ropa de Sullivan.

Moviendo la cola y sacudiendo la cabeza, Miguel abrazó a Andrea cuando se reunieron.

Andrea y Bill todavía tenían la esperanza de que ambos perros hubieran sobrevivido al fuego. Pero había pasado casi un mes desde que habían visto a Madison.

Casi todos los días, Sullivan iba a Paradise para dejarle comida al perro.

Finalmente, el jueves, Andrea recibió la noticia que había estado esperando: se le permitió regresar a Paradise.

Ella llegó antes que Bill. Se sentó en su auto al pie de la colina y miró a su alrededor. Entonces ella lo vislumbró.

“¡Madison!”, gritó ella.

El perro saltó arriba y abajo, pero desapareció durante unos 10 minutos.

Entonces Andrea lo vio caminar hacia ella.

Madison, haciendo lo que mejor sabe hacer, había vigilado la propiedad de sus dueños todo el tiempo, esperando pacientemente a que regresaran a casa.

Andrea le dio a Madison sus golosinas favoritas: Wheat Thins y la mitad de un McMuffin de salchicha.

A pesar del fuego, Madison estaba en gran forma. Gracias a Sullivan estaba bien alimentado y no tenía quemaduras.

Sullivan fue la primera persona a la que Andrea llamó con la gran noticia.

"¡Es Madison!", dijo Andrea a la voluntaria, sollozando. "Está vivo."
Sullivan lloró.

El viernes, Miguel y Madison se reunieron por primera vez en casi un mes. Los perros menearon la cola y salieron corriendo a la distancia, haciendo lo que mejor saben hacer: proteger la propiedad de sus dueños.

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