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Para los científicos, la atracción entre el sol y la luna provoca pequeños sismos en la falla de San Andrés

La falla de San Andrés, en California. Los investigadores han descubierto que las fuerzas de marea juegan un papel importante en el desarrollo de pequeños terremotos profundos a lo largo de la falla (U.S. Geological Survey).

La falla de San Andrés, en California. Los investigadores han descubierto que las fuerzas de marea juegan un papel importante en el desarrollo de pequeños terremotos profundos a lo largo de la falla (U.S. Geological Survey).

El tirón gravitacional entre el sol y la luna no es sólo un baile de mareas altas y bajas: también podría provocar un tipo especial de terremoto en la falla de San Andrés.

Este fenómeno ha fascinado a los científicos durante años. Al igual que los niveles del mar, la superficie de la Tierra también sube y baja con las mareas, doblando la corteza y profundizando las fallas en su interior. Nuevos estudios han descubierto que durante ciertas fases del ciclo de las mareas, es más factible que ocurran pequeños temblores subterráneos, conocidos como terremotos de baja frecuencia.

“Es una locura, ¿cierto? Que la luna, cuando va en la misma dirección de deslizamiento de la falla, provoque que ésta se deslice más aún, y más rápido”, afirmó Nicholas van der Elst, un geofísico del U.S. Geological Survey y autor de un nuevo estudio acerca del tema, publicado este lunes en la revista científica Proceedings of the National Academy of Science. “Lo que muestra es que la falla es súper débil; mucho más de lo que uno esperaría, teniendo en cuenta que hay 20 millas de rocas que se apoyan en ella”.

El estudio de cómo estos sismos de baja frecuencia responden a las mareas puede revelar nueva información acerca de la falla de San Andrés y qué implicaría ésta para terremotos de mayor magnitud, señalaron los investigadores. Los datos ofrecen una ‘ventana’ a las partes más ocultas de la falla -20 millas bajo tierra-, que de otro modo serían inaccesibles.

Los científicos descubrieron por primera vez estos temblores profundos en la falla hace unos 10 años, a lo largo de una sección particularmente sensible en Parkfield, California, donde San Andrés pasa de su sección norte, donde libera energía tectónica suavemente, a su porción sur, donde está bloqueada y es capaz de producir un temblor grande.

Conforme su más reciente estudio, Van der Elst y su equipo analizaron aproximadamente 81,000 sismos de baja frecuencia entre 2008 y 2015, a lo largo de toda la sección Parkfield de la falla, y los compararon con el ciclo de las mareas de dos semanas conocido como “mareas quincenales”. Los expertos hallaron que los terremotos eran más frecuentes durante el período del cuarto creciente, cuando la marea crecía de forma más rápida.

Las mareas terrestres -tal como las oceánicas- ocurren cuando el sol y la luna están alineados, y las más débiles suceden cuando ambos están separados a 90 grados. Las mismas fuerzas gravitacionales estiran y comprimen la corteza terrestre, aunque las rocas se mueven de forma menos espectacular que los mares.

Algunas fallas son más susceptibles a las mareas que otras, por ejemplo las fallas en alta mar, como la zona de subducción de Cascadia, frente a la costa noroeste del Pacífico, según los científicos. Otras características de la falla, tales como su orientación o cercanía a la corteza terrestre, también afectan la respuesta de las mareas, pero para los expertos, lo notable es que San Andrés produzca incluso pequeños sismos en respuesta a las mareas dado que no está orientada como para recibir toda la fuerza de éstas.

Los terremotos de baja frecuencia -se los llama así por el sonido de rumor que producen, no por su alta tasa de ocurrencia- suelen tener una magnitud menor a 1.0 y suceden cerca de 15 y 30 kilómetros (entre 9 y 19 millas) por debajo del suelo, acercándose a la parte más profunda de la corteza, donde ésta se acerca al manto de la Tierra.

La importancia del estudio no apunta tanto a estos terremotos en sí, sino a la información que éstos proporcionan a los científicos acerca de las partes profundas de la falla, señaló el sismólogo David Shelly, quien ayudó en el nuevo estudio. “Ellos nos dicen que la falla continúa por debajo de todos los sismos normales o típicos que se dan en la falla de San Andrés, que alcanzan los 10 o 12 kilómetros (entre seis y siete millas)”, informó Shelly. “Y nos informan de muchas cuestiones acerca de esa porción profunda, de la cual antes no teníamos idea”.

También muestran que esta porción de San Andrés se arrastra, o se mueve lentamente, casi todo el tiempo. Estos temblores de baja frecuencia, con la ayuda de las fuerzas de marea, han creado esencialmente un laboratorio natural para que los científicos controlen los movimientos de la falla. “Es prácticamente como tener un montón de pequeños medidores de deslizamiento incrustados en la falla”, comentó Shelly. “Podemos usar estos sismos de baja frecuencia como mediciones -al menos relativas- del deslizamiento que ocurre en cada pequeño sitio de las profundidades de la falla, donde vemos estos eventos. Cuando no los vemos, no sabemos que ocurren; no sabemos si se trata de un deslizamiento silencioso o si no hay movimiento en absoluto”.

La información es absolutamente útil, agregó. Siempre que la parte profunda de la falla se desliza, la tensión se transfiere a la porción menos profunda. “Por lo tanto, si de repente vemos que en la parte profunda hay un gran deslizamiento, esto podría indicar que hay mayores posibilidades de tener un terremoto en la sección más superficial”, señaló.

Al observar cómo la tasa de actividad varió durante un ciclo quincenal de mareas, Van der Elst y Shelly descubrieron en su nuevo estudio que la falla generaba más sismos de baja frecuencia si la presión de la marea era mayor que la del día anterior. Para Van der Elst, es como si la falla tuviera un ‘presupuesto’ de terremotos. “Si utilizó buena parte de ese presupuesto ayer, hoy no tiene tantos. Al medir eso, podemos obtener un estimado de ese ‘presupuesto’”.

En esencia, los científicos tienen ahora una forma de medir el tiempo de recarga de la falla en ciertos lugares. “Científicamente es realmente genial, porque no tenemos ninguna otra forma de estimar directamente ese número; con qué velocidad se acumula la presión en la falla”, remarcó el experto. “Este es otro estudio que suma a nuestro conocimiento acerca de cómo funcionan las fallas”.

Sin embargo, también agregó: “No sabemos bien todavía qué significará en el largo plazo, si resultará en algún tipo de advertencia de un posible terremoto. Tendremos que vigilar esto durante mucho más tiempo para saberlo”.

Si desea leer la nota en inglés haga clic aquí.


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