Estafados y molestos: la historia del fallido complejo de condominios de Trump en Baja California

Estafados y molestos: la historia del fallido complejo de condominios de Trump en Baja California

Cuando Stephenee Simms se enteró, en 2006, que Donald Trump construiría unas torres de condominios en Baja California, el atractivo de un fin de semana de lujo en la rústica costa al sur de Tijuana fue difícil de resistir.

Simms, por entonces una agente de compras aeroespaciales residente en Canoga Park, empleó los ahorros de toda su vida para pagar un depósito de más de $50,000 para adquirir la unidad número 602, un departamento de un dormitorio con vista al Pacífico.

El equipo de ventas le dio un libro, encuadernado en piel azul, que describía el complejo como un sitio donde los residentes podían “relajarse en la piscina de borde infinito, margarita en mano, mientras el personal de servicio trae toallas limpias”.

La publicación mostraba a Trump, sonriente, en una silla dorada de estilo francés, diciendo a los lectores que “no existen palabras ni imágenes que describan lo que está a punto de tomar forma aquí, pero sin dudas será el sitio más espectacular de todo México”.

Finalmente, nada en absoluto tomó forma en el Trump Ocean Resort, y Simms perdió su dinero. Lo mismo le ocurrió a otros 250 compradores del sur de California.

En total, dos años de agresiva comercialización reunieron $32.5 millones en depósitos de compradores, y cada centavo de ellos había desaparecido cuando Trump y sus socios abandonaron el proyecto, a comienzos de 2009, mientras la economía global se desplomaba. La mayoría de los compradores los demandaron por fraude.

El fiasco de Trump Baja se ajusta a un patrón conocido dentro del historial de negocios del candidato presidencial republicano. Durante las décadas de construcción de su imperio en el sector inmobiliario, los juegos de casino, los campos de golf, la TV de realidad y la venta de ropa y otras mercancías, Trump dejó insatisfechos a una larga estela de clientes y proveedores, quienes luego lo acusaron ante los tribunales por sus engaños.

Los compradores de condominios en las problemáticas torres Trump de Tampa y Fort Lauderdale, de Florida, argumentaron en sus demandas que ellos también fueron engañados y perdieron sus depósitos. Los estudiantes de la ya desaparecida Universidad Trump aseguran en sus juicios que desperdiciaron dinero en una formación inútil en bienes raíces. La seguidilla de quiebras de los negocios de Trump ha dejado a proveedores con facturas pendientes de pago y a bancos con deudas incobrables. Sin embargo, el magnate ha negado en todo momento estas acusaciones y argumenta en su campaña que su éxito como empresario lo califica para gobernar el país.

 

La mayoría de los compradores de condominios del proyecto Trump Baja acusaron al candidato y sus dos hijos adultos, Ivanka y Donald Jr., de engañarlos y hacerles creer que Trump era uno de los desarrolladores, lo cual les dio confianza y seguridad para invertir en un emprendimiento por construir en México. “Nos sacaron $140,000 en efectivo”, aseguró la compradora Sandra Sapol, de 46 años de edad, residente de Carlsbad. “Era dinero ganado con mucho esfuerzo, que arrojamos a la basura”.

Los Trump optaron por un acuerdo ante la demanda de fraude -que ni Simms ni Sapol aceptaron- y negaron las acusaciones. Los términos del acuerdo son confidenciales.

 En cuanto a la acusación de engaño, Alan Garten, abogado general de Trump Organization, la empresa paraguas de la familia, señaló que era “categóricamente falsa”. Trump y sus dos hijos no aceptaron hacer declaraciones para este artículo.

Los Trump afirman que ellos habían licenciado su nombre para el proyecto, pero que no eran desarrolladores y no tenían responsabilidad de reembolsar los depósitos de los compradores. También señalan que la empresa desarrolladora, Irongate Wilshire, y una afiliada, P.B. Impulsores, cobraron y gastaron todo el dinero de los depósitos de anticipo, y luego no pudieron obtener un préstamo de construcción.

Los desarrolladores acordaron pagar a los compradores al menos $7.25 millones como arreglo por su parte dentro del caso de fraude. Al igual que los Trump, no admitieron las irregularidades.

En las primarias republicanas, el senador Marco Rubio, de Florida, acusó a Trump de desplumar a los compradores de los condominios en Baja como parte de su postulado de que el magnate es “un estafador”. Hillary Clinton, en tanto, ahora emplea todo el abanico de fracasos de negocios de Trump para atacar a su rival neoyorquino. “Él hace promesas espectaculares; dice que, si la gente lo apoya, confía en él y lo escucha, él cumplirá”, le dijo a una multitud el pasado martes, en Ohio. “Les dice que los hará exitosos, y luego todo se desmorona, y la gente sale lastimada”.

El complejo de Baja California debía cubrir 17 acres frente al mar, en acantilados, 10 millas al sur de la frontera con los EE.UU. Los 525 condominios costaban entre $275,000 y $3 millones de dólares; el precio del elegido por Simms era de $506,900. Los compradores estaban obligados a efectuar un depósito del 30% del valor total, en varios plazos.

Como los Trump y sus socios promovían este emprendimiento con folletos elegantes y lo que ellos llaman ‘cócteles VIP’ en el condado de San Diego, a menudo creaban la impresión -o directamente afirmaban- que el magnate neoyorquino era uno de los desarrolladores. Su equipo de marketing había determinado que el nombre ‘Trump’ era el principal atractivo para compradores, según documentos que surgieron en los juicios.

“Estamos desarrollando un complejo de primer nivel, digno de la marca Trump”, aseguraba Ivanka en un video del sitio web de Trump Baja. “Estoy muy emocionada por ello. De hecho, elegí comprar una unidad en la primera torre”.

Su padre también aparecía en el mismo video, asegurando estar orgulloso de que “cuando construyo, tengo inversores que me siguen por todas partes. Invierten en lo que construyo y eso me entusiasma acerca del complejo Trump Ocean”, decía.

En un video que ella ahora lamenta, también se veía a Simms en una de las recepciones, alabando “la maravillosa reputación” de Trump, durante un cóctel VIP realizado por Ivanka en L’Auberge Hotel, en Del Mar. “El nombre Trump es sinónimo de calidad”, dice en el clip.

Simms, de 50 años de edad, y Sapol -quien asistió a la misma fiesta con su esposo, Jeff- recuerdan haber conocido a Ivanka mientras los camareros servían canapés. “Ella bromeaba y me decía que era mi vecina de arriba; me preguntaba si podría pasar a pedirme una taza de azúcar”, afirmó Simms.

Unas semanas más tarde, Donald Trump Jr. conoció a potenciales clientes en un evento similar, en el U.S. Grant Hotel, de San Diego. Un boletín de Trump Baja, enviado por el equipo de ventas a aquellos que habían efectuado depósitos, reportaba que Donald Jr. “había volado desde Nueva York para comprar una suite en el evento y conocer a otros compradores”. En realidad, según los documentos judiciales, nunca había adquirido un condominio allí.

Garten, el abogado de Trump, no respondió directamente cuando se le preguntó vía email por qué se les dijo a los compradores que Trump Jr. había adquirido una unidad. En general, señaló Garten, los alegatos en el juicio “nunca fueron probados”.

Otro boletín de 2007 enviado a compradores también mencionaba que el complejo “era desarrollado por uno de los nombres más respetados en el mundo de los bienes raíces, Donald J. Trump”.

Para apuntalar aún más la creencia de que Trump era uno de los desarrolladores, y no sólo un nombre de marca, él mismo firmó en agosto de ese año una carta para los compradores, en la cual se identificaba como eso. La misiva tenía el membrete P.B. Impulsores, la empresa mexicana señalada como desarrolladora en muchos de los documentos de compra.

la carta, firmada por Jason Grosfeld, de Irongate, urgía a los compradores a leer una hoja adjunta con “preguntas frecuentes” acerca del proyecto. Esta vez, Trump y Irongate eran mencionados como desarrolladores.

Tony Brown, de 50 años de edad, un comprador de Carlsbad que es dueño de una empresa de imágenes médicas, afirmó que él y su esposa, Karen, perdieron un depósito de $170,000. Para ambos, el nombre ‘Trump’ era sinónimo de seguridad para aquellos que podían afrontar una propiedad en México, pero no en California, señaló.

“Cuando luego nos encontramos con esta estafa, toda nuestra confianza en su habilidad de llevar un proyecto a buen término se fue por la borda”, aseguró Brown. La pareja no formó parte del juicio porque, según ellos, ya no querían gastar más dinero.

Una cámara web en Baja California permitía a los compradores monitorear la construcción. A medida que los meses pasaban sin ninguna señal de progreso, más allá de los montículos de tierra del principio, la alarma de los inversores se intensificó. “Me estaba volviendo loca”, recordó Simms, mientras volvió a ver el libro azulado de Trump Baja en una tienda de café cerca del bufete de abogados donde trabaja como recepcionista.

Sapol y su esposo, quienes son dueños de una franquicia de bordado y serigrafía, supieron que algo andaba mal cuando el equipo de ventas de Trump Baja dejó de atender las llamadas telefónicas y de responder sus correos. “Comenzamos a sentir un hoyo en el estómago”, dijo, desde su tienda del centro comercial de Encinitas.

Los Sapol decidieron conducir hasta Baja California para confrontar a los agentes de ventas en la oficina donde alguna vez habían revisado los modelos tridimensionales del complejo y los diseños interiores. “Fuimos allí, miramos por la ventana, y descubrimos que estaba todo vacío, sin muebles, con las luces apagadas. Se habían mudado”, relata Sapol. “Nuestra reacción fue: ‘Dios mío. ¿A dónde se han ido? ¿Qué ocurrió?’”.

La mujer recuerda la cartelera en una autopista cercana, con una foto gigante de Trump: “Ser propietario de este sitio es sólo el comienzo. Fase uno: 80% vendida en un día. Fase dos: ya disponible”. “Nos timaron completamente”, dice Sapol. “Jamás pensamos que no se construiría”.

En febrero de 2009, los peores temores de los compradores se hicieron realidad cuando recibieron una carta sin firma de P.B. Impulsores, diciendo que “el proyecto no podrá construirse” por falta de financiamiento en una economía sombría. La carta decía que ya no quedaba dinero para reembolsar los depósitos.

Pero a Donald Trump no se lo mencionaba. La carta decía que la compañía llamada “Trump Marks Baja LLC” había puesto fin a su contrato de licencia, por lo cual “es aún más improbable que un inversor o prestamista quiera sumarse”.

“Cuando el proyecto quedó trunco, nadie de la empresa de Trump nos contactó para asumir la responsabilidad”, señaló Sapol. “Fuimos engañados; todos los materiales de marketing, los folletos, el nombre del complejo, el hecho de que la hija estuviera en el evento, diciendo que ella y su hermano habían comprado unidades”.

Ivanka Trump le dijo poco después a CBS News que su familia había “cumplido con su obligación en virtud de un contrato de licencia”. “Nunca fuimos desarrolladores de este proyecto, y eso siempre estuvo claro”, afirmó. “Nunca tomamos dinero de nadie”. Según ella, Trump era sólo la marca. “Lo siento por todos, pero estamos en el mismo barco”, aseguró.

Pero los Trump cobraron $500,000 en pago de licencia por parte de los desarrolladores Jason Grosfeld y Adam Fisher, principales responsables de Irongate y P.B. Impulsores.

Grosfeld no respondió el pedido de comentarios de este medio, mientras que Fisher se negó a discutir el proyecto.

Con temor de perder aún más dinero, los Sapol decidieron no unirse a la demanda por fraude, porque los abogados requerían el pago por adelantado.

Para Simms, la situación era aún peor. Poco después de perder su depósito, ella y todos sus colegas de la oficina aeroespacial de Westlake Village donde trabajaba fueron despedidos. La hipoteca de su condominio en Canoga Park entró en ejecución. Cuando los abogados del caso por fraude la invitaron a sumarse a la demanda general, ella no tenía el dinero para hacerlo. “Sin ahorros, sin 401K, sin capital de propiedad, sin empleo, nada”, les escribió en abril de 2010, en una carta.

Para aquellos que no demandaron en su momento, “retomar el tema ahora y hacer una demanda es ridículo”, expresó Garten. “Tuvieron muchas oportunidades”.

Pero Simms aún quiere recuperar su dinero. Con intereses.

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