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Clinton en ascenso y Trump en caída, en una semana que dio vuelta la campaña presidencial

Donald Trump and Hillary Clinton, ambos presuntos nominados a la presidencia de Estados Unidos.

Donald Trump and Hillary Clinton, ambos presuntos nominados a la presidencia de Estados Unidos.

La trayectoria que la contienda presidencial tomó durante la última semana quedó al descubierto en el tono y el contenido de los discursos que Donald Trump y Hillary Clinton dieron el martes por la noche, en detrimento del primero.

El republicano insistió en que los votantes de su partido pueden estar seguros de que no los defraudará: fue necesario que ofrezca esta seguridad luego de la división que sembró por sus repetidos ataques raciales sobre el juez de un caso en su contra, presentado por exestudiantes de la ahora inactiva Universidad Trump.

El magnate neoyorquino se explayó en una larga crítica a Clinton y los vínculos de su esposo, Bill; temas que son carne de cañón para los conservadores animados por el desdén hacia el dúo, pero que no parecieron de importancia para muchos otros votantes. Además, empleó en reiteradas ocasiones la expresión “America First” (o Primero, los EE.UU.) para definir sus prioridades domésticas e internacionales, una frase que recrea el nombre de un grupo aislacionista y antisemita, activo antes de la Segunda Guerra Mundial.

Desde el otro lado, Clinton anunció su posición no oficial como la primera mujer en ser candidata presidencial de uno de los mayores partidos políticos del país, y describió esa victoria como parte de una suma de logros para la nación que, dijo, se encuentran ahora bajo la amenaza de Trump.

También se refirió a sí misma y a sus partidarios con valores que podrían ser destacados por los defensores de Bernie Sanders, su rival demócrata, y por los candidatos republicanos derrotados por Trump. Clinton destacó como tema de campaña la inclusión y la aceptación, algo que parecía en oposición directa al tono establecido por el precandidato republicano.

Los dos discursos representaron un cambio notable.

En realidad, hace muy poco tiempo que Trump consolidó el apoyo de su partido, pero lo logró mucho más rápido de lo que la feroz temporada de primarias había sugerido. Luego de que su último oponente, el senador de Texas Ted Cruz, se retirara a principios de mayo, los republicanos que habían sido sus críticos comenzaron a moverse en masa hacia él.

A la vez, Clinton experimentaba dificultades para maniobrar el desafío planteado por el senador de Vermont. Esta semana, sus circunstancias se invirtieron.

Trump perdió un valioso tiempo que podría haber empleado para construir nuevas relaciones con los republicanos -entre ellos los aportadores a la campaña- y apelar a los marginados de la economía, quienes son un objetivo clave de la campaña de otoño. Pero prefirió hacer campaña por California y otros estados fuertemente demócratas, en lugar de sentar las bases en los territorios que pueden estar disputados en noviembre. Y, aún peor, alienó a sus nuevos y viejos aliados. El presidente de la Cámara, Paul Ryan, apenas lo había respaldado antes de presentarse ante las cámaras para censurar sus ataques hacia el juez Gonzalo Curiel, un letrado nacido en Indiana, a quien Trump describió como ‘mexicano’ debido a su ascendencia.

El martes, el senador de Illinois Mark Kirk, miembro de un grupo de republicanos que pelean duras luchas por la reelección en noviembre, afirmó que no apoyaría al empresario de Nueva York como nominado. Kirk señaló que Trump no posee el temperamento para ser presidente.

Es por ello que gran parte del discurso televisado de Trump estuvo dirigido a apuntalar su posición entre sus colegas republicanos, en lugar de ampliar su alcance a los votantes, a quienes necesitará si quiere derrotar a Clinton en noviembre.

Gran parte de su prédica fue una versión actualizada de su típico discurso, sin tanta polémica y despojado de insultos, lo cual tuvo el raro efecto de hacerlo lucir como ‘dominado por un amo’ en lugar como él mismo. Peor aún, Trump empleó un teleprompter, incómodamente.

En un cambio notorio, no mencionó el muro que se comprometió a construir en la frontera mexicana. Sin embargo, este más sosegado Trump careció de ese fuego interno que le valió la nominación. “Entiendo la responsabilidad de liderar el gobierno y nunca, nunca los defraudaré; demasiado trabajo, demasiada gente, sangre, sudor y lágrimas”, dijo. “Nunca voy a defraudarlos. Haré que estén orgullosos de su partido y de nuestro movimiento, porque eso es lo que esto es: un movimiento”.

Abrió así el terreno para los votantes de otros precandidatos, en particular para los partidarios de Sanders, de quien incluso utilizó una de sus palabras favoritas cuando mencionó que el sistema de delegados demócratas está “manipulado”. “¿Por qué los políticos quieren cambiar un sistema que está totalmente manipulado con el fin de mantenerlos en el poder?”, preguntó, tomando un tema de Sanders.

Ese parecía una buena cuestión a explorar por Trump, puesto que encaja con gran parte de la rabia presente en el electorado de este año. Pero, en lugar de ello, prefirió criticar a los Clinton y adelantó que en un discurso, “probablemente el lunes de la semana próxima… discutiremos todas las cosas que han ocurrido con ellos”, y sugirió que dará información de conspiración entre el rol de Hillary Clinton como secretaria de Estado y la recepción de dinero mediante la fundación de la familia Clinton.

Pero las personas que se preocupan por ese tipo de historias de los Clinton ya están decididas a votar contra ella en noviembre, y al usar tiempo de su discurso para referirse a estas cuestiones Trump empleó minutos que podrían haberse invertido de manera más prometedora, apelando a los votantes que aún se mantienen como neutrales.

Al final, poco dijo para persuadir a aquellos a quienes alienó durante esta campaña -las mujeres, los latinos, los musulmanes, etc.- de que le dieran otra oportunidad.

Clinton aún no ha prescindido totalmente del desafío impuesto por Sanders, quien dejó eso bien en claro el martes por la noche, cuando afirmó que llevaría su campaña a la primaria en Washington D.C., la semana próxima, y hasta la convención que se realizará en Filadelfia, en julio.

Pero hay bocanadas de conciliación: el senador le dijo a sus seguidores que Clinton le había llamado amablemente esa noche, evitó sus usuales críticas hacia ella e hizo un esfuerzo para sofocar los abucheos que se escucharon ante la mención de su nombre. También tiene previsto reunirse este jueves con el presidente Obama, un encuentro que parece parte de un proceso de unir al partido demócrata para las elecciones de otoño.

En tanto, el discurso de Clinton de este martes no estuvo dirigido a su propio partido -más allá de un llamado a la unidad con los defensores de Sanders- sino al conjunto amplio de votantes que podrían asegurar su victoria en noviembre. “Esta ha sido una campaña dura y muy sentida”, afirmó. “Pero así me hayan apoyado a mí o al senador Sanders, o a uno de los republicanos, necesitamos trabajar juntos por un país mejor, más justo y más fuerte”.

Todos esos grupos -de hecho, todos menos Trump y sus principales partidarios, sugirió Clinton- tienen participación en la derrota de los republicanos. “Nuestros hijos y nietos mirarán hacia atrás hasta este momento, y las opciones que estamos por hacer, los objetivos por los cuales trabajaremos, los principios con los que viviremos”, dijo. “Y necesitamos asegurarnos de que ellos estarán orgullosos de nosotros”.

El discurso de Clinton no fue tan crítico de Trump como su alocución de la política internacional de la semana pasada, que pareció vigorizar su campaña con miras a la primaria de California, aunque sí reiteró su crítica al republicano de no ser “temperamentalmente apto” para ser presidente.

Pero así como alivianó sus críticas a Trump con una evaluación optimista del país y sus posibilidades, la precandidata tampoco se anduvo con rodeos. “Creemos que somos más fuertes juntos, y en estas elecciones hay mucho en juego, la opción es clara”, dijo. “Cuando él dice ‘Hagamos a los EE.UU. grandes nuevamente’, en realidad quiere decir ‘Llevemos el país hacia atrás’, hacia un tiempo donde la oportunidad y la dignidad estaban reservadas para algunos, no para todos, y promete a sus seguidores una economía que no puede recrear”.

Cuando los candidatos están al borde de apoderarse de la nominación, a menudo se debaten entre la lucha restante en las primarias y las elecciones generales que se avecinan. Esa ha sido la duda de Clinton en las recientes semanas, mientras intentaba a la vez despachar a Sanders y asumir la pelea contra Trump. Los resultados del martes pusieron fin a las primarias para ella, dándole un único objetivo.

Después de tropezar en su camino hacia las elecciones generales, Trump está ahora de vuelta en esa situación, luchando contra Clinton, mientras aún intenta apuntalar el apoyo republicano.

Esa clase de campaña puede ser agotadora y llena de distracciones. Si alguien sabe de ello es Clinton, quien ahora, para su deleite, mira ese problema desde el espejo retrovisor.

Si quiere leer la nota en inglés haga clic aquí.


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