Teddy Roosevelt, en la campaña de 1912, en Los Ángeles (Los Angeles Times).

Teddy Roosevelt, en la campaña de 1912, en Los Ángeles (Los Angeles Times).

Al escuchar los comentarios de mal gusto y el lenguaje -indigno de una gran nación- empleados durante las elecciones primarias, es útil recordar que hubo una contienda igualmente explosiva con Theodore Roosevelt (TR) hace 104 años, cuando el proceso de las primarias comenzó. En 1912, algunos -tal como hoy- se preocupaban acerca de las fallas de un sistema de selección basado en la democracia popular. Sin embargo, el proceso de primarias presidenciales ha servido bien en el pasado y seguramente será muy útil también este año.

En 1912, TR, quien había dejado la Casa Blanca en manos de su amigo y colega republicano William Howard Taft en 1909, decidió desafiarlo por la nominación del partido. TR estaba decepcionado con el gobierno de Taft; además, se sentía solo e irrelevante en su casa de 22 habitaciones en Oyster Bay, Long Island, y quería volver al centro de la acción.

Hasta ese año, los nominados presidenciales eran seleccionados en convenciones con delegados que escogían los activistas de cada partido, titulares de cargos y líderes, en  proverbiales trastiendas llenas de humo. Incluso en estados donde el público podía participar de alguna manera, no había forma de que los votantes dijeran a los delegados a qué candidato apoyar.

Al principio, TR no apoyó las primarias presidenciales. En diciembre de 1911, sus defensores ayudaron a impedir que el Comité Nacional Republicano invitara a los estados a adoptarlas. Pero cuando quedó claro que Taft podía controlar una convención donde los delegados serían seleccionados a la antigua, TR defendió el nuevo concepto. Su lema de campaña fue “Dejemos que el pueblo gobierne”; abogó por ideas controvertidas y empleó lenguaje incendiario para atacar a Taft, encendiendo a las multitudes pero arrojando miedo en los corazones de los líderes y los intereses comerciales que todavía dominaban el partido republicano.

La revista Nation, de tendencia reformista, señaló que “la violencia de lenguaje de TR, su imprudencia y aparente incapacidad de razonar coherentemente hacen de él un espectáculo perturbador para sus amigos, y mortificante para el país”.

Muchos dudaron del valor del nuevo sistema. The New York Times lo llamó “suicidio por primarias” y señaló que era “un dispositivo para dividir en dos a un partido y convocar a la derrota el día de la elección”.

Sin embargo, las primarias energizaron al público. TR ganó nueve de los 13 concursos estatales de nueva creación, y 70% de los delegados elegidos popularmente. No fue suficiente para superar la capacidad de los líderes de manipular las palancas del poder. Algunos reconocieron que Taft no podía ser reelecto presidente, pero detestaban a TR y ganar la Casa Blanca era menos importante para ellos que mantener el control de la maquinaria del partido.

En una convención amarga, los republicanos nominaron a Taft, quien quedó tercero en la elección general, luego de Woodrow Wilson, el candidato demócrata, y de TR, quien se había presentado como candidato del Partido Bull Moose, que creó cuando se le negó la candidatura republicana.

Durante los siguientes 56 años, ambos partidos seleccionaron a sus nominados con un sistema mixto: una minoría de estados tuvieron primarias que permitían a los votantes decir a los delegados a qué candidato apoyaban, pero los líderes partidarios tenían suficiente poder en la mayoría de los estados como para ignorarlos o anular los resultados de las primarias. Si ese sistema mixto estuviese hoy vigente, los líderes republicanos tendrían el poder de rechazar los resultados de las primarias, como lo hicieron con TR en 1912. Podrían seleccionar así a un candidato que consideren con más probabilidades de ganar, más alineado con sus valores, educado y obediente; a diferencia de Donald Trump.

Pero una nueva ola de reformas cambió el proceso de selección en ambos partidos después de 1968, mayormente como resultado de la reacción generada por la decisión del partido demócrata de designar a Hubert Humphrey, quien no había ganado una sola primaria. Algunos “súper delegados” todavía son seleccionados por los líderes del partido, y proporcionan fuerza en un posible concurso ajustado, pero la mayoría de los delegados hoy en día se eligen en las primarias o en caucus donde los votantes pueden expresar su preferencia por el candidato presidencial. Bajo las reglas actuales, sería imposible negar la nominación a alguien con TR, quien había ganado el apoyo abrumador de los votantes.

Los críticos han identificado un sinnúmero de problemas con el proceso actual, como las leyes de financiación de campaña -que dan excesiva influencia a los grandes donantes-, límites en el registro de votantes y participación, y el poder concedido a Iowa y New Hampshire como los primeros estados que emiten su voto. Las reglas, que difieren por partido, en cada elección y en cada estado, son confusas. Por otra parte, en un país donde aproximadamente el 40% del electorado no está afiliado, ¿realmente tiene sentido para algunos estados tener “primarias cerradas” donde sólo pueden votar los miembros de los partidos?.

Pese a todo, las primarias son la mejor alternativa. Aunque el sistema anterior generó algunos grandes líderes -Abraham Lincoln y Franklin Roosevelt- el país debe agradecerle a la democracia popular.

En 1960, los votantes primarios desafiaron las predicciones de muchos líderes del partido demócrata y probaron que los protestantes sí votarían por un candidato católico, John F. Kennedy, para presidente. En 1980, las primarias habilitaron a Ronald Reagan para demostrar que tenía suficiente vigor para ser primer mandatario a pesar de ser elegido en la víspera de su cumpleaños número 70. En 2008, las primarias demostraron que la nación estaba lista para proclamar al primer presidente negro de los EE.UU.

Aunque el espectáculo es embarazoso y el sistema sigue siendo imperfecto, TR tuvo razón al concluir que es mejor “dejar que la gente gobierne”.

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Traducción: Valeria Agis

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