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60 años después de sus ataques, San Diego recuerda a su célebre ‘ladrón de zapatos’

El jefe de policía de Coronado, Robert Manchester (izquierda), y el teniente Don Watson examinan los zapatos hallados en las habitaciones de los oficiales en North Island (San Diego History Center).

El jefe de policía de Coronado, Robert Manchester (izquierda), y el teniente Don Watson examinan los zapatos hallados en las habitaciones de los oficiales en North Island (San Diego History Center).

¿Alguna vez atraparían a este tipo? Hace 60 años, un ladrón de zapatos tenía a todo San Diego y Coronado en jaque.

El criminal abordaba a las mujeres mientras volvían a sus casas por la noche, desde el autobús o el ferry, las derribaba y les robaba sólo un zapato, usualmente el izquierdo. También se colaba en hogares y tomaba tacones de cuero, stilettos, sandalias; cientos de zapatos, muchos de los cuales desechaba más tarde en los sótanos de otras casas.

La mayoría de las víctimas no salían heridas de gravedad, pero varias fueron hospitalizadas con fracturas de cráneo o huesos rotos. Una de ellas fue golpeada con un pino de boliche; otra, con la parte posterior de un destornillador.

“Era espeluznante”, afirmó Helen Battleson, quien era una adolescente de Coronado en el momento de los delitos. “Todas las mujeres estábamos asustadas. Los hombres también”.

Bill Gise era un joven de Coronado cuando el ladrón de zapatos ingresó a su casa, cerca de la 1 a.m. Su madre se despertó y gritó, sorprendiendo al intruso, quien dejó caer los zapatos que tenía en la mano y huyó. “Este era un sitio donde prácticamente no había delitos”, relató Gise. “Nadie aseguraba sus puertas; por eso él podía ingresar en tantos hogares”.

Las historias de este delincuente se publicaban en los periódicos locales, primero en las páginas interiores y luego en primera plana, a medida que el número de incidentes y la alarma de la comunidad ascendían. Los anuncios de los noticieros nocturnos se preguntaban: “¿Cómo piensa el ladrón de zapatos?”.

Criticada en ciertos sectores por su incapacidad para atrapar al delincuente, la policía enviaba agentes encubiertos en los autobuses y el ferry de Coronado (el puente no estaba aún construido). Al menos en dos ocasiones, civiles vigilantes golpearon a un oficial a quien confundieron con el bandido.

La serie de eventos comenzó en septiembre de 1956, en Coronado; el delincuente volvió a atacar dos meses después, en San Diego. La primera noticia en el San Diego Union que identificó el tema como “una serie de delitos” cometidos por un “ladrón de zapatos” se publicó en febrero de 1957 y comenzaba así: “El excéntrico bandido joven que ataca a las mujeres para robar sus zapatos halló a su quinta víctima al atacar a una empleada de 24 años de edad, en Clairemont”. La mujer caminaba hacia su casa desde la parada del autobús cuando un hombre la atacó por detrás, la tiró al suelo y tomó uno de sus zapatos, pero no su bolso.

Para septiembre de 1957 se habían reportado más de una docena de incidentes similares. El ladrón, además, había atacado más de dos veces en la misma noche. Los columnistas de los periódicos comenzaron a trabajar en artículos acerca del bandido. Uno de ellos, titulado “Shoe Bandit Talk” (“Una charla acerca del ladrón de zapatos”), relataba la historia de un hombre que reprendía a su mujer -quizás en broma, quizás no- por “ser imprudente” al llevar un par nuevo de zapatos durante la noche de su décimo aniversario de bodas.

Incluso Jack Murphy, el popular columnista de deportes, se sumó a la controversia. En una nota de septiembre de 1957, escribió: “La vida es muy desconcertante. Las chicas de San Diego se preguntan si deben ir descalzas hasta que se atrape al ladrón de zapatos”.

Al menos en dos ocasiones la policía anunció que habían detenido a alguien para ser interrogado, pensando que podía tratarse del bandido. Las fuerzas del orden también estaban desconcertadas en el uso de agentes encubiertos. Cada vez que un policía seguía a una mujer, ella llegaba a casa segura. Una vez, un oficial debió elegir entre seguir a dos mujeres que bajaron del autobús a la vez. La que fue seguida llegó a casa sin problemas; la otra fue atacada.

El 8 de mayo de 1958, una mujer en Coronado que miraba TV con su novio, un oficial de la Armada, notó ligeramente abierta la puerta de su casa. Cuando la pareja miró por encima del respaldo del sofá se encontró con un hombre, arrastrándose por el suelo. El sujeto huyó y el oficial lo persiguió. Ambos comenzaron a pelear en la calle. Los vecinos oyeron y llamaron a la policía. Los agentes encontraron a un hombre escondido detrás de una silla de jardín, en un patio trasero, y lo arrestaron.

Su nombre era Wayne Snow McFarland. Tenía 23 años de edad y era piloto de la Marina, destinado en North Island. La policía le preguntó si era el ladrón de zapatos; él respondió que no. Así, consiguieron una orden para requisar su departamento, en Coronado, y hallaron varios zapatos de mujer, en un baúl. Cuando fue confrontado con este hecho, McFarland confesó y condujo a los agentes a varios de sus escondites de calzado femenino.

La serie de robos había durado 20 meses. McFarland reconoció 22 ataques y 15 robos, aunque la policía creía que posiblemente el número de víctimas era superior. “Todo lo que sé es que tenía que conseguir esos zapatos”, le dijo McFarland a un reportero.

Su abogado defensor, Percy Foreman, un exfiscal de Texas, afirmó que la cuestión jurídica no era culpa de McFarland sino de su estado mental. “La mente humana es un mecanismo maravilloso”, afirmó el letrado, “pero cualquier pequeñez puede poner en riesgo su equilibrio”.

Foreman hizo que su cliente se declare inocente, alegando razones de demencia. En la audiencia preliminar de McFarland, ocho mujeres lo identificaron como el bandido. Varias de ellas hablaron acerca de sus ojos, “que miran fijo, llenos de violencia”.

Al joven se le dictó prisión preventiva y fue enviado al Hospital Estatal Patton, cerca de San Bernardino, para una evaluación mental. Un médico determinó que McFarland era un psicópata sexual con un fetiche por los zapatos que posiblemente databa de su época como estudiante de primaria, cuando robó un par de zapatos a su maestra. El especialista señaló que McFarland estaba cuerdo durante sus ataques, y que conocía la diferencia entre el bien y el mal.

Al volver a San Diego, el joven se declaró culpable de un cargo de robo y otro de hurto. Cada cargo acarreaba una sentencia de cinco años a prisión perpetua. En lugar de ser llevado a la cárcel, McFarland fue trasladado al Hospital Estatal de Atascadero, para recibir un tratamiento.

En enero de 1959, un plomero que hacía reparaciones debajo de las habitaciones de los oficiales en North Island halló dos bolsas que contenían 133 zapatos de mujer. La policía afirmó que McFarland había vivido ahí. Dentro de las bolsas había también ropa interior femenina, prendas varias y una novela de 1955 llamada “Más allá del deseo”, de Pierre La Mure.

Un año más tarde, los médicos de Atascadero afirmaron que habían tratado con éxito a McFarland y que ya no era una amenaza para el público. Foreman solicitó que el joven sea puesto en libertad condicional para que pudiera hallar un empleo e indemnizar a sus víctimas. Pero Don Keller, fiscal de distrito, se opuso. “Este hombre vino a San Diego y dio rienda suelta a una violencia y terror sin comparación en San Diego o California”, afirmó. “El único paralelismo que puedo trazar es con Jack el Destripador”.

El juez Clarence Harden se alineó con el fiscal. “Su libertad condicional”, señaló, “sería impactante para la comunidad”. Así, envió a McFarland de regreso a Texas, donde murió en 1999.

Los recuerdos de sus delitos permanecen. “Realmente envió una onda de temor que se expandió en toda la comunidad”, afirmó Joe Ditler, historiador de Coronado.

Gise vive aún en la casa donde dormía aquella noche en que su madre interrumpió el accionar del ladrón con un grito. “Sólo puedo decir algo”, afirmó. “Ahora aseguramos todas las puertas”.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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