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Opinión: Investigaciones de teléfono en el aeropuerto de Los Ángeles, la nueva ‘normalidad’

Pasajeros que llegan de vuelos internacionales pasan por un puesto de control de la Administración de Seguridad del Transporte en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, el 29 de septiembre de 2016 (Nick Ut / Associated Press).

Pasajeros que llegan de vuelos internacionales pasan por un puesto de control de la Administración de Seguridad del Transporte en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, el 29 de septiembre de 2016 (Nick Ut / Associated Press).

(Nick Ut / Associated Press)

Uno de los momentos más felices de mi vida fue cuando, en 1999, me convertí en ciudadana estadounidense. Al estudiar para la prueba de ciudadanía había aprendido a apreciar la Declaración de Derechos, incluida la Cuarta Enmienda, que garantiza “el derecho del pueblo a estar seguro en sus cuerpos, hogares, papeles y efectos personales contra las requisas e incautaciones irracionales”.

Pero recientemente llegué a preguntarme: ¿La Cuarta Enmienda se aplica a los ciudadanos musulmanes en LAX? El 23 de febrero pasado llegué a LAX para comenzar un largo viaje a Gaziantep, Turquía, donde mi anciana madre y mis dos hermanos viven como refugiados de las guerras sirias. En el punto de control de seguridad me enviaron a una línea separada, donde vaciaron mi bolso y mi equipaje de mano, y donde me solicitaron que me quitara mi faja para la espalda y pasara por el habitual escaneo completo de cuerpo, dos veces, además de una intensa requisa corporal, que también repitieron dos veces.

La primera agente tanteó entre mis piernas y buscó a tientas bajo mi hijab. Cuando le pedí a la segunda que por favor fuese gentil con mi espalda herida, en lugar de ello me dio un fuerte pinchazo. Grité, me doblé hacia adelante de dolor y pedí hablar con su supervisor. Éste me liberó, pero mis problemas recién estaban comenzando.

Ya en la puerta, escuché una voz por el altavoz: “Lubana Adi, diríjase al mostrador”. Allí, varios hombres armados y una mujer me esperaban. Nuevamente me exigieron someterme a una requisa corporal y vaciar mi bolso y equipaje de mano.

Esta vez, mis manos y pies fueron revisados con un dispositivo de papel que, tal como me explicaron, revelaría si había trabajado recientemente con explosivos.

Allí comenzó un interrogatorio veloz. Me preguntaron mi nombre, el de mi esposo, los nombres de mis hijos, y cuál era mi destino. El cuestionario se prolongó hasta que uno de los agentes agitó mi pasaporte en mi cara: “¿De dónde has sacado esto?”, me dijo.

Había comenzado a sentir que el propósito del interrogatorio era hacerme estallar en un comportamiento que pudiera interpretarse como una negativa a cooperar. Ellos insistieron con la pregunta acerca del pasaporte, pero lo dejé pasar: “¿Dónde cree usted que lo conseguí?”.

Me permitieron abordar, pero apenas me senté en el avión, dos hombres armados se acercaron a mí desde el frente de la nave y otros dos desde atrás. Me exigieron pasar por un nuevo interrogatorio en la pequeña área abierta donde la rampa de abordaje llega al avión. Esta vez, uno de mis interrogadores preguntó en árabe: “¿Tienes Daesh -el acrónimo árabe de Estado Islámico- en tu ciudad?”.

La incorporación del árabe parecía ser su forma de señalar que, para él, yo no era estadounidense sino árabe de Hama, Siria, la ciudad de origen de mi familia. Yo no he pisado Hama en una generación y no sé nada acerca de la actividad de Estado Islámico allí, y se lo dije. Entonces me permitieron volver a bordo con una promesa de despedida: “Te estaremos esperando al regreso”.

Mi visita a Gaziantep fue la cálida reunión que yo esperaba. Mi malvada espalda me seguía doliendo, y me obligó a visitar un hospital local para unos rayos X, cuya imagen me proporcionaron en un CD.

Para los agentes de Aduana y Protección Fronteriza que realizaron un interrogatorio de tres horas y media cuando volví a LAX en marzo, este CD era altamente sospechoso. ¿Por qué no estaba el nombre del hospital en él? ¿Qué más había registrado en él? ¿Por qué había intentado abrir una cuenta bancaria en Gaziantep? (de hecho, lo había intentado con la esperanza de facilitarle alguna ayuda financiera a mi madre). ¿Por qué había regresado a casa con sólo $500 dólares?

Había traído varios miles de dólares a Turquía, muchos de los cuales fueron destinados a mi madre y algunos otros al hospital, a pagar cuentas de restaurantes para grandes reuniones familiares y a regalos para mi familia y amigos de los EE.UU. ¿Pero desde cuándo un viajero estadounidense debe dar cuenta de cada dólar que gasta en el extranjero?

Finalmente, uno de los agentes se abalanzó y me preguntó, como si me sorprendiera en un engaño: “Has ido a Gaziantep, ¡una ciudad fronteriza! ¿Por qué fuiste a Gaziantep?”.

¿Por qué Gaziantep? ¿Dónde más podría haber ido? Estaba visitando a mi madre y hermanos, y allí es donde viven. No se me permitió llamar a mi marido, que estaba esperando afuera con nuestros hijos. En lugar de ello, un agente se apoderó de mi teléfono. Cuando me lo devolvieron, nada funcionaba como antes. Supongo que su contenido fue copiado.

Hacia el final de la dura prueba, después de un vuelo de 13 horas, puse mi cabeza sobre la mesa, agotada. Entonces, abruptamente, me devolvieron mi cartera con todas mis tarjetas de crédito y la identificación en una pila desordenada, y me dijeron que podía irme.

No tengo la intención de presentar ninguna demanda, ni espero una disculpa. Mi única esperanza -como musulmana, por supuesto, pero principalmente como ciudadana- es alertar a mis conciudadanos acerca de la erosión de nuestros derechos.

La llamada exención de búsqueda en la frontera significa que el requisito de causa probable de la Cuarta Enmienda no se aplica a funcionarios de aduanas, y la práctica de “retener” celulares comenzó bajo el gobierno de George W. Bush.

Pero las requisas de celulares por parte del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) explotaron en 2017; los funcionarios del DHS registraron más teléfonos en febrero de este año que en todo 2015 (cuatro miembros del Congreso presentaron un proyecto de ley esta semana que exigiría que los agentes obtengan una orden antes requisar un dispositivo electrónico de un ciudadano estadounidense).

El nuevo régimen de seguridad del presidente Trump nos hace perder aún más tiempo y más dinero de nuestros impuestos, y muestra un absoluto desprecio por el espíritu de la Cuarta Enmienda.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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