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Luego del ataque terrorista, San Bernardino vive un brutal aumento de la violencia

San Bernardino registró un fuerte aumento en la violencia este año, con más de 150 tiroteos durante 2016. (Gina Ferazzi/Los Angeles Times)

San Bernardino registró un fuerte aumento en la violencia este año, con más de 150 tiroteos durante 2016. (Gina Ferazzi/Los Angeles Times)

(Gina Ferazzi/Los Angeles Times)

El sonido de los disparos y las sirenas llevó a una docena de personas a abandonar sus hogares en el lado oeste, en una noche reciente. Un Honda destartalado reposaba sobre la calle, con una pequeña cruz colgando de su espejo retrovisor y dos agujeros de bala en la puerta. Mientras tanto, los equipos de rescate sacaban de su interior a Alejandro Herrera, de 28 años de edad, desde el asiento del conductor, y lo trasladaban a una ambulancia.

“El otro día, mataron a alguien en esta calle”, afirmó una mujer de mediana edad que miraba la escena apoyada contra la valla de su hogar, junto a su marido. Alrededor de esta parte de la ciudad, comentó, está lleno de altares conmemorativos para las víctimas de la violencia. “Antes, uno sólo oía hablar de tiroteos de vez en cuando. Ahora es todo el tiempo”, afirmó la mujer, quien pidió no ser identificada por temor a convertirse ella misma en una víctima.

Unos pocos días después, en un vecindario ubicado a menos de dos millas de distancia, los investigadores retiraron el cuerpo de José de la Torre, de 24 años de edad, de la cajuela de un Nissan.

La noche siguiente, Shonta Edwards, de 33 años, murió por disparos en el exterior de un complejo de apartamentos ubicado a media milla de ese sitio. Poco después, Herrera, el joven del Nissan -quien falleció en el hospital- ya contaba con un memorial en la acera donde le dispararon.

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Aún en recuperación después del ataque terrorista del 2 de diciembre pasado, San Bernardino es testigo de un aumento de la violencia este año, más severa de la que ha enfrentado en décadas. Con cuatro meses restantes en el año, ya se han producido 150 tiroteos y 47 asesinatos en esta ciudad, que cuenta con 216,000 habitantes. En 2015 se habían registrado 44 homicidios en total (incluidos los 14 del ataque en el Inland Regional Center).

La ciudad va ahora en camino de superar la cifra de asesinatos registrados allí en 1995, su máxima más reciente, cuando 67 personas murieron. Pero los motivos de ello no quedan claros.

Los residentes y funcionarios apuntan a la policía, los problemas por los recortes presupuestarios y el desgaste. Pero la situación económica ya era precaria el año anterior, no obstante la tasa de homicidios fue menor que la de 2016.

San Bernardino has seen a surge in violence this year, with more than 150 shootings so far. 

San Bernardino ha registrado casi tantos asesinatos como Oakland, que sin embargo posee el doble de residentes. En San José, casi cinco veces más poblada que San Bernardino, se contabilizaron 35 homicidios. Si el ritmo actual continúa, la ciudad terminará el año con una tasa de aproximadamente 31 homicidios por cada 100,000 residentes. El promedio de 2015 en Chicago fue de 18; el de Los Ángeles, siete.

Además de los 47 asesinatos, tres personas murieron a manos de la policía. “Las cosas están mal en nuestra ciudad”, afirmó la residente Aguadia Brown, de 27 años, cuyo primo, además de un amigo y el hijo de éste, fueron asesinados este año. “Todo el mundo está nervioso; nadie sabe realmente cómo solucionaremos esto”.

Los homicidios se han cobrado como víctimas de forma desproporcionada a los residentes negros de la ciudad, quienes representan el 14% de la población pero casi la mitad de los muertos. Ciertos vecindarios se han visto más afectados, aunque el caos asoma en toda la zona.

El jefe de policía Jarrod Burguan sostiene que la ciudad se ha visto particularmente afectada por las iniciativas estatales que redujeron algunos delitos relacionados con drogas y con robos a la propiedad, dando lugar a sentencias más breves para los delincuentes.

Otros sostienen que la escasez de oportunidades económicas, los años de reducción de programas de remisión y la falta de otros servicios básicos -como luces en la calle, en muchos barrios- han contribuido a la violencia registrada este año.

Debido a las turbulencias financieras de San Bernardino, que comenzaron incluso antes de la declaración de su quiebra, en 2012, el tamaño del Departamento de Policía se redujo en varias ocasiones durante los últimos años. Sus filas se han reducido tanto que los oficiales que se especializan en drogas, pandillas y en temas de tránsito han sido reasignados para patrullar sólo ante llamados de servicio. “Pero no llegamos a los sitios lo suficientemente rápido”, explicó Burguan. “Ni tenemos la capacidad de investigar cada cuestión que se reporta en la ciudad”.

El ataque del 2 de diciembre de 2015 puso la atención internacional en San Bernardino. Y la elección presidencial la ha convertido en un tema de la conversación política en curso. Pero incluso cuando su nombre ha comenzado a simbolizar el peligro que los estadounidenses enfrentan a manos de los terroristas, la ciudad sufre con poca atención desde el exterior.

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Un viernes por la noche, en junio pasado, el detective Ernest Luna y el oficial Brian Olvera conducían por la ciudad a bordo de una patrulla, con un rifle entre ellos. Ambos habían sido apartados de sus tareas regulares vinculadas con pandillas para patrullar durante una operación de 45 días destinada a calmar la oleada de violencia. La ciudad también había sumado a cuatro oficiales del condado para reforzar las fuerzas en ese momento.

Mientras se abrían paso por las calles de San Bernardino, Luna comentó que los oficiales -que habían ganado amplio apoyo después del ataque terrorista- ahora luchan para obtener información de los residentes que podría resolver o prevenir la violencia.“Durante los días posteriores al ataque, parecía que todo el mundo nos amaba”, afirmó. “Pero todo ha vuelto a ser como antes. Muchas veces la gente tiene miedo; es obvio, porque deben seguir viviendo en el vecindario”.

Menos del 40% de los homicidios de este año se han resuelto. En un barrio, Luna y Olvera pasaron por una esquina donde una pandilla de larga data había pintado dos murales de la Virgen de Guadalupe y el Calendario Azteca, cada uno de ellos estampado con el nombre de la agrupación en letras enormes. Las pintadas, realizadas en los muros de dos tiendas del vecindario, son un vívido recordatorio de la disminución de recursos de la ciudad.

En 2008, San Bernardino contaba con más de 340 agentes de policía en la fuerza. Actualmente tiene cerca de 215. La unidad de pandillas solía tener el doble de su tamaño actual, comentó Luna. El departamento tiene hoy en día un menor número de oficiales por habitante que en las vecinas áreas de Riverside y Ontario, ninguna de las cuales cuenta con problemas de violencia comparables.

Burguan sostuvo que necesita cerca de 300 oficiales para satisfacer las necesidades básicas de servicio de la ciudad; más, explicó, si los funcionarios municipales esperan desarticular la violencia con presencia policial.

La ciudad intenta arreglárselas con ello, mientras se prepara para salir de la bancarrota, a fines de este año. El Departamento de Policía intenta llenar las vacantes de aproximadamente 30 agentes y espera recibir una subvención federal para añadir otros 11. Pero el proceso de contratación es lento.

Mientras tanto, los agentes están muy ocupados. Antes de terminar su turno, Luna y Olvera se detuvieron a hablar con la madre de cuatro pandilleros jóvenes acerca de los mensajes publicados por uno de ellos en Facebook, y respondieron a un llamado que denunciaba la presencia de un hombre desnudo en una tienda de comestibles. También detuvieron a un grupo de jóvenes que bebían cerveza en las calles de un barrio del este e ingresaron sus nombres en las tarjetas de identificación de pandillas. Después, buscaron y arrestaron a un adolescente que había amenazado a varias personas con un arma de fuego en un complejo de departamentos. Y, cerca de allí, respondieron ante una situación de apuñalamiento que -dos semanas más tarde, cuando la víctima murió- se convirtió en un homicidio más para sumar a la cifra en alza.

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Dos días antes de que Herrera falleciera, unos cuantos miembros del clero, residentes y activistas se reunieron para pedir el fin de la violencia. Comenzaron a manifestarse frente a la iglesia St. Bernardine, la parroquia católica más antigua de la ciudad, y marcharon hacia el Ayuntamiento al grito de: “Queremos estar libres y vivos”.

Cuando llegaron a los escalones del Ayuntamiento, una mujer leyó en voz alta los nombres de las víctimas de homicidios.

“John Black”.

“Te recordamos”, respondía la multitud.

“Rayshawn Sandy”.

“Te recordamos”.

La marcha y el recitado de nombres son un ritual mensual organizado por Inland Congregations United for Change, una coalición de grupos religiosos locales y otros, que viene presionando a la ciudad para que se detengan las matanzas.

Uno de los organizadores, Sergio Luna, padre de dos niños y residente de San Bernardino durante 17 años, afirmó que la violencia pesa sobre toda la comunidad. “Saber que hubo tiroteos a pocas cuadras de tu casa tiene un costo psicológico”, aseguró.

Si bien el número de fallecidos es particularmente alto en este 2016, Luna explica que desde hace años el índice de homicidios es elevado en San Bernardino, pero en gran parte permaneció ignorado. Después del ataque terrorista, comentó, “de pronto, a todo el mundo le preocupaban los tiroteos en masa aquí. Pero venimos llorando por la violencia en nuestras calles hace años”.

Desde 2014, cuando hubo 43 asesinatos -uno cada ocho días, aproximadamente- el grupo ha presionado a la ciudad para adoptar Operation Ceasefire, un programa que se emplea en muchas partes del país para reducir los homicidios a través del acercamiento preventivo a las personas en riesgo de violencia.

“No debemos enfocarnos sólo en los servicios de emergencia luego de los hechos de violencia, sino en prevenir la violencia en primer lugar”, dijo Luna.

Burguan, el jefe de policía, señaló que a comienzos de este año la ciudad no obtuvo la subvención pedida al estado para financiar Operation Ceasefire. La decisión obligó al jefe de policía a cuestionarse si la ciudad está totalmente sola en su lucha contra los asesinatos. “¿Quién está tan preocupado por San Bernardino? ¿O hay gente en el estado que está feliz dejando que nuestra ciudad se ahogue en este tema?”, se preguntó. “Claramente tenemos las cifras más altas de delitos en el estado, y todo el dinero va hacia otras zonas”.

El administrador de la ciudad, Mark Scott, afirmó que San Bernardino está buscando otras subvenciones privadas o públicas para financiar el programa, cuyo costo estimado es de $500,000. La ciudad acordó invertir $175,000 en él.

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En una noche calurosa de julio, un hombre que esperaba en el frente de una tienda de licores en el lado este disparó a Travon Williams, de nueve años de edad, al padre del pequeño y a otro individuo. El niño había pasado la tarde nadando con su papá.

La familia de Travon no tenía dinero para pagar su entierro. Así que, en un ritual que se ha propagado después de muchos homicidios en la ciudad, los familiares y amigos del niño y su padre pasaron horas en estacionamientos de restaurantes, lavando coches y solicitando donaciones de los conductores.

En un día de 104 grados de temperatura organizaron una barbacoa en un parque que, a lo lejos, podía confundirse con una fiesta de cumpleaños. Allí vendían conos de helado y palomitas de maíz, junto con camisetas con los rostros de Travon y su padre, con alas de ángel pintadas. Fue más que una recaudación de fondos, aseguraron los miembros de la familia. Fue un llamado a la comunidad para reunirse, para llamar la atención acerca de la violencia que se acababa de llevar la vida de un niño de cuarto grado. “Ni siquiera es por mi sobrino, sino por todos los asesinatos que ocurrieron antes del suyo, y todos los que han ocurrido también después”, afirmó la tía de Travon, Erica Newman. “Queremos detener estas matanzas”.

Cuando llegó el día del funeral, cientos de dolientes colmaron la iglesia Way World Outreach, de grandes proporciones y ubicada no muy lejos de Cal State San Bernardino. Los ataúdes de padre e hijo estaban cubiertos con flores rojas, blancas y azules. Las hermanas menores de Travon llevaban broches de cabello de los mismos colores.

Hacia el final del servicio, los dolientes comenzaron la procesión hacia los ataúdes. Muchos de ellos eran jóvenes de veinte años; otros llevaban a niños pequeños de la mano, o a bebés en sus brazos. Era evidente que a todos les costaba pasar cerca del niño fallecido.

El pastor se dirigió a la parte delantera del salón y se apoyó en el micrófono para decir enfáticamente: “Esto no es normal. No es normal ver llorar a madres y tías porque sus niños son asesinados. Ya es suficiente, Señor, de jóvenes que pierden sus vidas. Ya es suficiente, ya es suficiente”.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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