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Los vecinos de Westlake esperan con escepticismo la renovación de MacArthur Park

Nancy Tran alimenta a los patos y aves del parque MacArthur. Patrick T. Fallon / For The Times

Nancy Tran alimenta a los patos y aves del parque MacArthur. Patrick T. Fallon / For The Times

A Verónica Jarquin le gusta visitar MacArthur Park y dejar que su hija, de tres años de edad, corra libremente. En una reciente mañana, encontró a un hombre fumando hierba en el tobogán, y tuvo que volver a casa de inmediato. “Está bien”, le dijo cálidamente a su hija. “Intentaremos mañana”.

En los seis años que Jarquin, de 33, lleva viviendo a unas pocas cuadras del parque, ha aprendido a tolerar los problemas que plagan el lugar. Contiene la respiración cuando el césped huele a orina, mantiene distancia cuando la policía hace un arresto, nunca se acerca a las personas sin hogar que gritan o a las tiendas de campaña ubicadas sobre Wilshire Boulevard.

Recientemente, Jarquin se enteró acerca de los grandes planes para limpiar y renovar el parque. Al ver el apestoso lago, apenas puede imaginarse la transformación. “No sé por dónde empezarán”, afirma. “O si alguna vez terminarán”.

Es una buena pregunta para el concejal Gil Cedillo, quien comenzó a representar la zona de Westlake en 2013 y, desde el primer día, habló de abordar el problema de la basura en la calle. Tres años después, manifestó, a menudo se pregunta a sí mismo: “¿Por qué no luce más elegante?”. “Todo lo que hacemos es limpiar y limpiar”, aseguró el concejal. “Pero es como intentar empujar las olas hacia el océano”.

Este barrio de inmigrantes es uno de los más pobres de Los Ángeles. También es uno de los más densamente poblados, con más de 100,000 personas hacinadas en tres millas cuadradas. En un área llena de departamentos, MacArthur Park ofrece una valiosa rareza: 32 acres donde reunirse y jugar. Pero también un sitio donde arrojar basura, vender drogas, apostar, bañarse, colocar una tienda de campaña y vivir. “Es el tipo de espacio público que requiere nuestra atención diaria”, aseguró José Gardea, quien trabajó en las oficinas de dos concejales anteriores y ha escrito un libro sobre el parque. “Si lo desatiendes un poco, pierdes el control muy rápidamente”.

Cedillo trabaja en un amplio plan para el futuro del parque, aunque éste se encuentra todavía en sus primeras etapas. Gracias a la renovación realizada en 2008 y valuada en $2.5 millones se colocó un campo artificial de fútbol, luces de estadio, mesas de picnic y un área de juegos infantiles.

A Cedillo le gustaría invertir hasta $20 millones en los próximos años. La idea es construir un nuevo espacio para botes y un aula al aire libre, renovar las entradas, añadir más áreas de juego y gimnasia, y actualizar los baños.

Este verano, su personal inició el proceso de planificación y reunió a los vecinos para armar entre todos una lista de deseos para el parque. La gente pidió programas escolares, lecciones de plano, espacios de pesca, jardines y clases de zumba. “Tenemos que pensar en grande”, afirmó Cedillo. “De otro modo, sería simplemente un parche”.

Hasta el momento, la ciudad cuenta con $1.6 millones en dinero federal destinado a la renovación. El resto, señalaron las autoridades, tendrá que recaudarse proyecto a proyecto, de fuentes privadas y públicas. Además, afirman que el plan de $20 millones de Cedillo sólo comprende algunas de las necesidades. Se necesitaría bastante más para hacer frente a las principales preocupaciones del lugar, como la inseguridad y la falta de vivienda. El emplazamiento de un guarda en MacArthur, por ejemplo, debería ser costeado por el fondo general de la ciudad.

El personal de Cedillo también ha conversado con empresas locales acerca de la posibilidad de lanzar un distrito de mejoramiento comercial en Westlake, que podría pagar para desplegar patrullas en bicicleta y seguridad privada.

En una tarde reciente, la oficial sénior del Departamento de Policía de Los Ángeles Iris Santin, quien ha trabajado en la zona durante casi 20 años, montaba guardia justo al norte del lago mientras un camión de limpieza recogía los restos de un campamento de personas sin hogar.

Acababa de regresar de unas vacaciones de tres semanas y encontró las verdes colinas del parque cubiertas de lonas, mantas, ropa sucia y fogones improvisados. “Esto es lo que suele ocurrir”, aseguró. “Cuando no estoy aquí, las cosas se tornan muy difíciles”.

Santin creció a pocas cuadras del parque, y conoce sus idas y vueltas. La guerra de bandas y el tráfico de drogas que solían consumir la energía de los oficiales han quedado atrás, dijo, pero las patrullas aún se sienten superadas por la situación.

En el parque, sus turnos giran en torno a los robos, asaltos agravados y hurtos. Los oficiales están atrapados con los desamparados en un ciclo aparentemente sin fin; las autoridades desarman los campamentos, pero éstos se trasladan al otro lado de la calle. Ofrecen ayuda con los problemas de drogas y refugio, pero por lo general son rechazados.

Hace algunos años, cuando la falta de vivienda estaba empezando a extenderse en el parque, Cedillo se asoció con grupos de extensión comunitaria y comenzó a prestar servicios a los necesitados.

Cada semana entregan mantas, alimentos, ayuda médica y artículos de aseo. Y cada semana, asegura Santin, los desamparados vuelven por más. “Ellos saben a través del boca a boca que MacArthur Park es el lugar para estar”, afirmó.

Hugo Ortíz, adjunto de Cedillo para el área, expresó que la oficina es consciente de que sus iniciativas pueden haber sido contraproducentes, y que quizás deban cambiar su enfoque. Uno de los empleados principales del equipo fue recientemente atacado por un hombre sin hogar en un baño del parque. “Nuestro objetivo final es proporcionar servicios y ayudar a la gente a salir de aquí”, afirmó.

Cedillo cree tener la solución para los problemas del barrio. Es una doble premisa que, para algunos, puede parecer una contradicción: quiere incorporar viviendas más asequibles y residentes con mayores ingresos. “Necesitamos una mezcla de gente que ingrese a esta zona y cambie la economía”, afirmó. “Hay que crear más trabajo y romper la concentración de marginación”.

Es un tema sensible para un barrio que se encuentra en tierra de primera calidad, en la cúspide de la gentrificación, entre el ajetreo del centro y la modernidad de Koreatown. Hace cuatro años, antes de que los desamparados acudieran al parque, era habitual ver en él algunos camiones de comida gourmet y hipsters que asistían a pasar un rato.

Hoy, los residentes cuyos hogares tienen un promedio de ingresos de $28,000 al año hacen lo que pueden para mantener sus casas. Asisten a reuniones comunitarias para educarse en temas de renta controlada y derechos de los inquilinos, y para hablar en contra de los desarrollos que no incluyen viviendas asequibles.

Margarita López, presidente de la Junta de Vecinos de MacArthur Park debió trasladarse de la zona hace un año porque no podía pagar el alquiler de su estudio, que en menos de cuatro años había ascendido de $400 a $750. La lucha de muchas empleadas de hogar para pagar sus rentas la motivó a involucrarse en temas políticos. “Sabemos que esto es una mina de oro”, afirmó, respecto del barrio. “No nos oponemos al cambio, pero necesitamos que la ciudad nos ayude a seguir aquí para poder disfrutarlo”.

A López le preocupa que un parque renovado sea la puerta de la gentrificación, pero por ahora, dice, está satisfecha de cómo va el proceso de planificación de las mejoras.

Daniel Morales, quien dirige programas de fútbol en el parque, asistió a la primera reunión de planificación de Cedillo, en agosto pasado, junto con otros 60 residentes.

“Ellos no vienen con un micrófono y dicen: ‘Así quedarán las cosas’”, relató. “Preguntan: ‘¿Qué quieren ustedes, como comunidad?’, y nos escuchan. Saben que la gente tiene voz y que necesitan incluirnos”.

De vuelta en el área de juegos, María García, de 32 años, estaba demasiado ocupada persiguiendo a su hijo de dos años y medio como para pensar en las mejoras del parque. “Por favor”, le dijo al niño. “Quédate quieto un minuto”.

La inmigrante guatemalteca espera que, en años, cuando su niño sea suficientemente grande como para caminar por el parque solo, el vecindario sea un lugar más seguro. “Quiero estar en casa sin tener que preocuparme por esto. Quiero confiar en que él estará bien aquí sin mí”, expresó.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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