Anuncio

Los ecos nazis en los tuits del candidado republicano Donald Trump

El candidato presidencial republicano Donald Trump llega a un acto de campaña en la Universidad de Carolina del Norte, Wilmington, el 9 de agosto pasado (Evan Vucci/Associated Press).

El candidato presidencial republicano Donald Trump llega a un acto de campaña en la Universidad de Carolina del Norte, Wilmington, el 9 de agosto pasado (Evan Vucci/Associated Press).

El 27 de febrero de 1933, un joven comunista holandés trastornado prendió fuego el Parlamento alemán, el Reichstag. El canciller recién electo percibió una oportunidad inmediata para eliminar las últimas libertades del régimen de Weimar, en el nombre de la seguridad pública.

“Estos infrahumanos no comprenden cómo el pueblo está de nuestro lado”, tronó Adolf Hitler. “En sus ratoneras, de las que ahora quieren salir, no escuchan los aplausos de las masas”.

No es necesario decir que Donald Trump no es Hitler -Hitler sólo hubo uno- y que el bombardeo de una oficina de campaña de Trump en el condado de Orange, Carolina del Norte, en la noche del sábado no se compara con el incendio del Reichstag. Sin embargo, hay algunos ecos perturbadores de 1933 en la respuesta inmediata que brindó el candidato republicano después del hecho, quien tuiteó: “Animales que representan a Hillary Clinton y los demócratas de Carolina del Norte acaban de bombardear nuestra oficina en el condado de Orange porque estamos ganando”.

Hay tantos conceptos erróneo en esa oración que es difícil saber por dónde empezar. En primer lugar, Trump no está ganando en Carolina del Norte -el promedio de sondeos de Realclearpolitics indica que se encuentra 2.9 puntos por debajo de la candidata demócrata-.

Además, uno no se refiere a otras personas como “animales”, ni siquiera a los incendiarios, ni a seres profundamente dañados, ni a criminales; siguen siendo seres humanos. Tercero, y más importante todavía, no hay evidencia que sugiera que los incendiarios actuaron “en representación” de Hillary Clinton y el partido demócrata.

Incluso si el ataque fue obra de los demócratas locales, es imposible imaginar que Clinton o el partido en sí hayan tenido que ver con ello. Es tan probable como que Trump haya orquestado el hecho para achacárselo a los demócratas como una operación en su contra. Pero la candidata hizo bien en no responder esos alegatos. Todo lo que su cuenta de Twitter expresó fue: “El ataque a la oficina republicana del condado de Orange es horrible e inaceptable. Agradecidos de que nadie salió herido”.

La reacción de Clinton fue tan apropiada como desacertada la del republicano. Desafortunadamente, este ha sido parte de un patrón de los últimos diez días: a medida que Trump cae en las encuestas, tras la difusión de un video donde se jactaba de manosear a las mujeres, su retórica se ha vuelto más y más incendiaria. Trump da todos los indicios de querer quemar la casa política de los EE.UU. si no puede ser su líder.

En otro eco de propaganda nazi, Trump acusa a Clinton de reunirse “en secreto con bancos internacionales para trazar la destrucción de la soberanía de los EE.UU., y enriquecer estos poderes financieros globales, a sus amigos y donantes”. El magnate no dijo abiertamente que estos banqueros eran judíos, pero muchos lo supusieron. Sí mencionó a una persona como parte de su conspiración -el multimillonario mexicano Carlos Slim-, como parte de su patrón de demonizar a los mexicanos.

Trump también sostiene que es necesario hacerle a Hillary Clinton una prueba de dopaje y encerrarla. Sólo hay un nombre para los países donde los líderes políticos ‘encierran’ a sus adversarios: dictaduras. Es eso lo que ocurre en Zimbabwe, Birmania, Rusia o Egipto, pero no en los Estados Unidos.

Tal vez lo peor de todo lo que sugiere Trump sea que la elección “está arreglada”. Sus sustitutos han tratado de dar vuelta sus palabras, indicando que el candidato sólo buscó criticar la cobertura “parcial” de las noticias acerca de su maltrato aparente a las mujeres. El domingo último, Newt Gingrich afirmó que “14 millones de votantes eligieron a Donald Trump, pero 20 ejecutivos de TV han decidido destruirlo”.

Esto ya es sumamente absurdo -si hay alguien que está destruyendo a Trump, es él mismo-, pero además el candidato dejó en claro que la ‘conspiración’ va más allá de la cobertura mediática de la campaña. “La elección está siendo totalmente manipulada por los medios deshonestos y distorsionados, y por las encuestadoras, que defienden a la deshonesta Hillary. ES MUY TRISTE”, tuiteó el republicano, quien junto con sus voceros ha expresado su especial preocupación acerca del fraude electoral en las ciudades más pobres -es decir, los barrios no blancos-.

Como si el fraude explicara la ventaja de Clinton entre los votantes no blancos, en la más reciente encuesta NBC/Wall Street Journal, la demócrata lo supera a Trump en esa categoría 76% a 16%. Su largo historial de comentarios racistas y xenófobos podría tener algo que ver con ello.

Lo que Trump hace es peligroso y censurable. Él crea su propia versión del mito del “apuñalado por la espalda”, propagado por los derechistas de Alemania después de la Primera Guerra Mundial, quienes afirmaban que el ejército alemán en realidad no había perdido sino que había sido traicionado por judíos y marxistas en el frente interno.

Trump ya le echa la culpa por su potencial derrota a una oscura camarilla que incluye grupos como banqueros internacionales y minorías étnicas. En el proceso, viola el principio básico de la democracia: la voluntad de un lado de aceptar la derrota en las urnas y reconocer la legitimidad del lado ganador. Eso es algo que candidatos como Richard Nixon, en 1960, y Al Gore, en 2000, hicieron aun con preguntas y dudas legítimas acerca de un fraude electoral. Ambos comprendieron en algún momento que alinearse con sus propias ambiciones podía romper el tejido mismo de la democracia. Trump no sabe eso, o no le importa. Él va camino a un sitio muy oscuro, donde ningún otro candidato presidencial ha ido jamás.

Max Boot es un alto miembro del Consejo de Relaciones Exteriores y editor colaborador de la sección de Opinión. Fue asesor de política exterior de John McCain en 2008, de Mitt Romney en 2012 y de Marco Rubio este año.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


Anuncio