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La lucha Clinton-Sanders enfrenta a dos candidatos con visiones muy diferentes

La precandidata presidencial Hillary Clinton destacó su experiencia y credenciales demócratas en el debate de CNN en la Universidad Drake en Des Moines, Iowa, el lunes pasado.

La precandidata presidencial Hillary Clinton destacó su experiencia y credenciales demócratas en el debate de CNN en la Universidad Drake en Des Moines, Iowa, el lunes pasado.

(Jim Watson / AFP/Getty Images)

Hillary Clinton y Bernie Sanders dejaron de lado buena parte del rencor que había definido la contienda presidencial demócrata de los últimos días y, en un encuentro televisado en Iowa, realizado el lunes por la noche, redujeron la competencia entre ambos a su máxima esencia: ¿Los demócratas desean la revolución que propone Sanders, o la experimentada continuidad prometida por Clinton?

Ambos candidatos, así como el tercer miembro de la contienda, el exgobernador de Maryland Martin O’Malley, lucieron dispuestos a mostrarse como los adultos de esta lucha presidencial, destacando su acuerdo general y contrastando a los candidatos de su partido con el abrasador tono negativo de la campaña republicana.

El foro, realizado una semana antes del caucus de Iowa y de las primeras votaciones oficiales de la carrera por 2016- concedió un tono de urgencia a los actos, en los que cada candidato se dirigió a la audiencia prácticamente con gritos, aun mientras tildaban sus más básicas posiciones de la campaña. Pese a que el formato de poner a los candidatos en escena por separado haya anulado la efervescencia de una disputa cara a cara, los resultados fueron, de todas formas, reveladores.

Sanders, senador por Vermont, abordó el mismo tema la mayor parte de la noche -un apasionado llamamiento a cambiar drásticamente el statu quo económico y el sistema de financiación de las campañas en el país-, y no dudó en definirse como socialista. Despreocupadamente, señaló que sus planes requieren de mayores impuestos, una declaración que habría hecho temblar a candidatos demócratas en tiempos anteriores.

Sus limitaciones resultaron evidentes; en un momento rozó la ingenuidad al sugerir que una victoria haría que el Congreso se rinda a la voluntad de los votantes, la misma sugerencia que el presidente Obama hizo alguna vez, pero que hace tiempo ha aprendido a no esperar. Sanders resultó por momentos redundante y complicado, pero también fue conmovedor al reflexionar acerca de su familia, que pasó de la pobreza inmigrante a ocupar un cargo en el senado de EE.UU. de una generación a otra.

Clinton, quien siguió a Sanders y a O’Malley, demostró nuevamente, como en cada debate, la amplitud de su experiencia y su calma generalizada en situaciones bajo presión. Con más énfasis que anteriormente, detalló cómo luchó a lo largo de décadas –de formas poco llamativas pero sustanciales- por los deseos demócratas. Fue su forma de sugerir que ella también tiene pasión, aunque en un estilo diferente a Sanders. Además, descartó prácticamente sus constantes críticas a las posturas de Sanders acerca del control de armas y su plan de salud.

Pero sus limitaciones también fueron evidentes. Respondió tajante cuando se le preguntó sobre las críticas que recibió su accionar frente al ataque terrorista en Bengasi, y su utilización por error de un servidor de email privado como secretaria de Estado. Clinton insistió en anticipar una gestión de la Casa Blanca que perfeccionaría los mandatos de Obama, con más confianza que trastornos.

Por su parte, O’Malley lucía encantado de haber sido invitado a la fiesta. Pese a que esa noche era, posiblemente, su última oportunidad de ganar votos, O’Malley repitió su interminable lista de propuestas, pero en última instancia su participación pareció más un interludio entre los dos dispares actos centrales.

Es que, definitivamente, Clinton y Sanders son diferentes. Frente a todos los años en que los opositores tildaron a Clinton como una ardiente liberal, el encuentro del lunes destacó lo cómoda que se encuentra ella en medio del camino, mientras Sanders viaja en el carril de la extrema izquierda.

Mientras Clinton ha definido su presidencia como una etapa para pulir y ampliar los años de Obama, Sanders ha prometido cambiarlos drásticamente. Ante la promesa de Clinton de mejorar el Obamacare, Sanders propone adoptar un plan de salud de pagador único (single-payer). Cuando ella plantea ayudar a los estudiantes universitarios para hacer frente a sus costosas matrículas, él sugiere universidad gratuita para todos.

Sanders recibió algunas críticas a sus puntos de vista en los sondeos a votantes, y también por parte del moderador de CNN, Chris Cuomo. Cuando éste señaló que los críticos del plan de salud propuesto por Sanders expresan que sería costoso, el senador respondió: “Vamos a subir los impuestos, sí, lo haremos”. (También afirmó que el aumento sería compensado, para algunas personas, por la disminución de las primas de seguros).

Una vez más, Sanders volvió a defenderse cuando Cuomo señaló que sus propuestas, en conjunto, significaban la creación “del gobierno más grande de la historia”.

Los Estados Unidos, afirmó Sanders, han experimentado “una enorme transferencia de riqueza” de la clase media a la clase más rica de Wall Street, cuya “imprudencia, avaricia y conducta ilegal han puesto al país de rodillas”.

“Exijo que Wall Street comience a pagar su parte de impuestos”, remarcó, y sugirió que se requiere un cambio drástico para enderezar el bote. “Si la gente quiere criticarme, está bien”.

La desventaja de abordar un único tema repetidamente es que Sanders podría parecer un hostigador. Pero el pasado lunes, quizás consciente de que muchos votantes en Iowa y otras zonas seguramente lo estaban evaluando por primera vez, mejoró su atractivo con un poco de humor. En un momento, Cuomo lo interrumpió mientras Sanders respondía a una joven, quien le había preguntado cómo podría ser él mejor presidente que Clinton para las mujeres del país.

"¡Un punto más, Chris! Estoy intentando ganar su voto”, respondió con una sonrisa.

Sanders se mostró más suave, quizás, aunque no demasiado lejos de lo que había planteado hasta el momento: tener una presidencia más radical.

“Debemos ir más allá de los órdenes político y económico establecidos”, afirmó. “En mi opinión, necesitamos una revolución política”.

Clinton es, por supuesto, la definición misma del orden político establecido en esta campaña, pese a sus esfuerzos por señalar el alcance histórico que su candidatura representa. Todo momento de su actuación del lunes último reafirmó su posición; sus respuestas fueron frescas, supo colocar cada punto sobre las íes y sus declaraciones resultaron, generalmente, conciliadoras.

El cambio reciente en la carrera política en Iowa, donde según muchos sondeos hablan de un empate con Sanders, ha resucitado los temores de que, por segunda vez consecutiva, Clinton pierda el estado en manos de un candidato más llamativo y nuevo en la escena nacional.

Por ello, el lunes Clinton les recordó a los demócratas que ella ha sido un soldado leal en todas las batallas del partido durante décadas: por los derechos de la mujer y del niño, los derechos civiles, de la comunidad homosexual, etc. Fue un intento de lograr varias cosas: recordar a los votantes que Sanders, a pesar de su ideología liberal, es independiente y no demócrata; que ella ha puesto energía y recursos en luchas que han beneficiado a otros y, aún más importante, que las críticas hacia ella provienen de ellos.

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