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En Guerrero los sacerdotes son blanco de la violencia de los cárteles de drogas

"La gente tiene tanto odio, tanto desdén por la vida" dice el padre Oscar Prudenciano González de la iglesia de San Gerardo, en Iguala, en el estado mexicano de Guerrero.

“La gente tiene tanto odio, tanto desdén por la vida” dice el padre Oscar Prudenciano González de la iglesia de San Gerardo, en Iguala, en el estado mexicano de Guerrero.

(Deborah Bonello / Para Los Angeles Times)

Durante el domingo reciente en la iglesia de San Gerardo, en Iguala, Guerrero, el sacerdote Oscar Prudenciano González abrió ampliamente sus brazos hacia su congregación.

“Vamos a orar por las familias que tienen personas desaparecidas”, dijo. “Que Dios les de la fuerza, la paz y la salud física para que puedan seguir buscándolos sin cansarse, pero también la comprensión y el apoyo de todos”.

El padre Oscar, de 43 años, debería de rezar por él mismo, también.

En México en los últimos tres años, 11 sacerdotes han perdido la vida violentamente y dos más siguen desaparecidos. La semana pasada, el cuerpo sin vida del padre Erasto Pliego de Jesús apareció en un camino rural en el estado de Puebla, con rastros de haber sido torturado. Habían pasado solo tres días desde que su camioneta fue detenida por un grupo de hombres y se lo llevaron, según informes de la prensa.

La violencia en contra de los sacerdotes católicos ha ido en aumento desde que el presidente Enrique Peña Nieto asumió el poder en 2012, según la Arquidiócesis de México. Omar Sotelo, quien trabaja para el Centro Multimedia Católico, dijo que el aumento de la violencia es “significativo” y que los sacerdotes que están trabajando en el estado de Guerrero se encuentran entre los que corren más peligro.

“Los sacerdotes que han perdido la vida, han muerto de maneras muy sanguinaria” dijo, culpando de los ataques a los grupos del crimen organizado.

En Guerrero — el estado más violento de México, de acuerdo a las estadísticas oficiales — un grupo de obispos de la Arquidiócesis de Acapulco, publicó este mes una súplica dirigida al gobierno y al público para que colaboren en combatir la violencia, misma que también ha dado lugar a las muertes o desapariciones de decenas de miles de ciudadanos mexicanos en los últimos años.

En la Misa de esa mañana, el Padre Oscar dirigió sus oraciones a las docenas de personas alineadas cerca del altar que vestían camisetas negras con un mensaje en letras blancas: “Te buscaré hasta que te encuentre”.

El secuestro masivo de 43 estudiantes de Iguala el año pasado, después de haber sido detenidos por la policía y de quienes más tarde se supo que trabajaban para un cártel local de drogas — hizo voltear la atención del mundo hacia ésta comunidad rodeada por colinas, con campos de amapola clandestinos que propician la venta de heroína.

En México, los sacerdotes católicos se cuentan entre los más abiertos defensores de los derechos humanos, especialmente cuando se trata de los inmigrantes centroamericanos en tránsito hacia los Estados Unidos.

El padre Alejandro Solalinde en Oaxaca y el padre Pedro Pantoja en Saltillo, están profundamente comprometidos con la defensa de los inmigrantes, quienes son “la gallinita de oro” de los ingresos de los oficiales corruptos y para el crimen organizado, quienes los secuestran y extorsionan. Ambos sacerdotes han recibido numerosas amenazas de muerte.

Bernardo Barranco, un sociólogo especializado en religión, dijo que los líderes católicos no han hecho lo suficiente para proteger a sus clérigos de primera línea.

“La iglesia ha sido muy indiferente — no quiere confrontar al gobierno al respecto. Están en su zona de confort, muy instalados en las redes del poder -- el liderazgo de la iglesia -- y no quieren abrir nuevos frentes”, explicó.

Esta situación podría estar a punto de cambiar: en febrero, el papa Francisco está a punto de visitar México y al parecer planea visitar varios estados que son acosados por la violencia. Su itinerario, que no incluye a Guerrero, podría interpretarse como el reflejo de una preocupación por la situación de los derechos humanos de México y por el derramamiento de sangre.

El aumento de la violencia en contra de los sacerdotes también podría proponer que su posición en la comunidad podría estar perdiendo terreno. El padre Oscar lo atribuye a una pérdida de la fe, que a su vez contribuye a una falta de respeto.

Antes de venir a Iguala, su base era Apaxtla, un pueblo más pequeño, más aislado, en las montañas de Guerrero. Dijo que necesitó de un escolta de la policía cuando viajó allí para tomar posesión de su cargo y que la violencia fue una constante en una zona reclamada por dos cárteles de narcotraficantes locales. En un momento dado, su camioneta fue detenida por un miembro del cártel que lo encañonó con un arma. El cree que sobrevivió sólo porque en ese momento comenzó un tiroteo entre su agresor y un cártel rival.

“Quedé atrapado en el fuego cruzado, pero afortunadamente escapé ileso pero muy asustado, pensé que me iba a morir”, recordó. “La gente tiene tanta ambición, tanto odio, tanto desdén por la vida”.

Barranco dijo que el aumento de la violencia contra los sacerdotes refleja el papel en el que ellos mismos se colocan: como guerreros en las trincheras de la lucha por los derechos humanos en medio de la violencia del narcotráfico.

“Es la política y parte de la actual pesadilla que estamos viviendo aquí en México, donde la violencia se ha generalizado y, por lo tanto, está llegando a los sectores eclesiásticos del país”, explicó.

La creciente popularidad de las creencias que se basan en el narco o en los cultos, ilustran la adaptación del culto de adoración a las necesidades del narco, dijo Barranco.

“Este tipo de religiosidad abre la capacidad de generar el mal a aquellos que quedan atrapados”, indicó. “Proporcionan una justificación ideológica de lo que están haciendo, convirtiéndolo en un llamado”.

Para aquellos que permanecen fieles a la iglesia, los sacerdotes como el padre Oscar proporcionan apoyo y fuerza moral. El sacerdote es optimista acerca de los riesgos personales por apoyar a los que están levantando su voz.

“Siempre hemos tenido miedo... pero las necesidades de la gente ahora, es mayor que nuestro miedo”, expresó. “Mi papel con este grupo es construir su moral, su fe y su esperanza, que no pierdan su energía y que continúen orando y creyendo en Dios. Eso es todo lo que hago”.

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