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El desgarrador camino a Río: los refugiados que escaparon de la violencia compiten bajo la bandera olímpica

Yusra Mardini comprueba el marcador después de ganar una eliminatoria de los 100 metros mariposa de la categoría femenina, este sábado en Río de Janeiro (Robert Gauthier/Los Angeles Times).

Yusra Mardini comprueba el marcador después de ganar una eliminatoria de los 100 metros mariposa de la categoría femenina, este sábado en Río de Janeiro (Robert Gauthier/Los Angeles Times).

Justo antes del inicio de la competencia -su primera vez como nadadora olímpica- Yusra Mardini se tomó un instante para bajar la vista. La joven siria, de 18 años de edad, intentaba mantener las cosas simples y enfocarse en lo que debía hacer en la primera competición de 100 metros de nado estilo mariposa para mujeres. “Sólo pensaba en el agua”, aseguró.

Competir en estas Olimpíadas no es tan sencillo para Mardini, quien hace menos de un año luchaba por su vida en el mar Egeo. Buceando en una pequeña embarcación sobrecargada de refugiados, la joven remó durante tres horas y media, con su cuerpo entumecido mientras ayudaba a conducir el bote hasta una isla lejana. “Sin la natación”, dijo recientemente, “nunca hubiera sobrevivido”.

Ahora, ella pertenece a un pequeño equipo específicamente creado para atletas que han huido de sus países de origen debido a la violencia. El Comité Olímpico Internacional (COI) les proporcionó a todos ellos entrenadores y apoyo financiero para competir en Río bajo la bandera olímpica.

En el conjunto hay dos nadadores sirios y dos judokas de la República Democrática del Congo; cinco corredores de Sudán del Sur y un maratonista de Etiopía.

Rodeados de medios de comunicación toda la semana -y vitoreados durante la ceremonia de apertura-, estos atletas han hablado no sólo acerca de su agradecimiento sino de la responsabilidad que sienten como representantes de tantas personas como ellos en todo el mundo.

Cuando Mardini finalmente tomó posición el sábado por la tarde, y saltó hacia la piscina, tenía algo importante que probar. “Aún somos humanos”, dijo. “Podemos hacer algo. Podemos lograr cosas”.

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Al final del año pasado, un récord de 65,3 millones de personas fueron desplazadas de sus países de origen por temor a “la persecución, el conflicto, la violencia generalizada u otras circunstancias que perturbaron seriamente el orden público”, estimó la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Con la idea de que el deporte puede generar una mayor conciencia sobre este tema, la ONU y el COI identificaron a 43 candidatos, les dieron dinero para entrenar y crearon así el Equipo Olímpico de Refugiados.

El 10 de junio pasado, diez de ellos fueron seleccionados para integrar la plantilla inaugural que viajaría a Río. “Estos atletas refugiados mostrarán al mundo que, pese a las inimaginables tragedias que han enfrentado, cualquiera puede contribuir a la sociedad con sus talentos, habilidades y con la fuerza del espíritu humano”, afirmó el presidente del COI, Thomas Bach.

Mardini y su hermana salieron de su ciudad destruida, Damasco, en 2015, y viajaron a través del Líbano antes de intentar cruzar el peligroso mar, desde Turquía hasta Grecia.

Cuando el bote comenzó a hundirse, las hermanas y otras dos personas saltaron por la borda y emplearon una cuerda para llevar la embarcación a una zona segura, en la isla griega de Lesbos. “Tu cuerpo se siente casi… muerto”, recordó. “No sé si puedo describirlo”.

Historias como la suya son comunes en el equipo de refugiados. Los corredores de Sudán del Sur -todos ellos veinteañeros- hablan de infancias afectadas por la violencia. James Nyang Chiengjiek afirmó: “Cuando las guerras terminan, normalmente destruyen las casas y matan a toda la gente”. Anjelina Nadai Lohalith huyó de su hogar en llamas, en medio de la noche. Yiech Pur Biel tenía apenas 10 años cuando los soldados atacaron su villa. “Dormimos entre los arbustos con mi madre, mi hermano y mi hermana…”, dijo. “Allí, sólo comimos frutos y hojas durante tres días”.

Algunas familias siguieron adelante; otras permanecieron en los lugares, pero enviaron a los muchachos a otros sitios, por temor a que éstos sean enrolados para la lucha. “Cuando mi papá murió, no había nadie para protegerme”, afirmó Chiengjiek, cuyo padre era soldado. “Mi madre me dijo: ‘Tú no puedes quedarte en este pueblo’”.

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Algunos pocos refugiados tuvieron suerte. Mardini llegó a Berlín y, habiendo representado a Siria en el campeonato mundial de 2012, asistió a un club local de natación. Rami Anis, su compatriota de 25 años de edad, escapó de los bombardeos en Alepo, hacia Bélgica. El corredor etíope Yonas Kinde -el miembro mayor del grupo, de 36 años- se trasladó a Luxemburgo. Los atletas de Sudán del Sur cruzaron a Kenia y hallaron refugio en el campamento de Kakuma, que alberga a cerca de 200,000 refugiados.

Aún jóvenes, separados de sus familias, todos fueron recibidos por extranjeros. “Debes tener a alguien que cuide de ti”, dijo Biel.

La vida en el campamento -con filas y filas de chozas construidas sobre la tierra desnuda- es difícil. El deporte era una diversión allí, y los chicos recibieron ayuda de una fuente inesperada. La atleta olímpica Tegla Loroupe dirige una fundación de paz en el norte de Kenia que, entre otras cosas, pretende fomentar el atletismo. “He estado en áreas de conflicto también”, aseguró la excorredora de larga distancia. “La gente en estas zonas tiene talento”.

Los cinco miembros del equipo de refugiados son, desde niños, dotados para el deporte. Algunos de ellos corrían tan velozmente como los adultos, otros mostraban talento en el campo de fútbol. Todos se inscribieron para la prueba de Laroupe y ganaron un sitio en su centro de entrenamiento, en Nairobi. “Ahora puedo decir que ése fue el comienzo de mi vida”, señaló Paulo Amotun, quien se convirtió en corredor de 1,500 metros.

Cuando el COI comenzó a llenar su lista de refugiados, la fundación de Loroupe fue un sitio lógico para buscarlos.

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Popole Misenga recuerda haber estado oculto en un bosque por más de una semana. Yolande Busaka no recuerda mucho, sólo correr y estar sola. De niños, los nativos congoleños quedaron atrapados en una cruenta guerra civil y terminaron en el mismo centro juvenil de Kinshasa, donde aprendieron judo.

Misenga y Bukasa probaron ser lo suficientemente buenos como para competir a nivel internacional y, finalmente, representaron a su país en el campeonato mundial que se realizó en Río de Janeiro en 2013. En esa competencia, ambos se escaparon del hotel para buscar asilo. La transición se realizó sin problemas para Misenga, pero para Busaka, una mujer joven, fue más compleja. “Caminaba por las calles y lloraba”, recuerda. “Sólo hablaba francés. No entendía nada de portugués, así que no podía tener trabajo”.

La vida mejoró un par de años después, cuando ingresó a un centro de refugiados donde recibió ayuda para completar su hoja de vida. La joven y Misenga, eventualmente, calificaron para recibir fondos del COI. Ninguno de ellos puede creer del todo su participación en los JJ.OO. Busaka llora cuando habla de su ingreso al equipo. “Mi cabeza daba vueltas”, dice.

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En tiempos en que algunas naciones cuestionan si deben aceptar a los refugiados, Bach dejó su opinión en claro durante su discurso en la ceremonia inaugural. “Vivimos en un mundo egoísta”, dijo el presidente del COI, “donde ciertas personas dicen ser superiores a los demás”.

Chiengjiek sabe lo que piensan esas personas, pero afirma: “‘Refugiados’ es sólo una palabra”. El corredor de 400 metros y sus compañeros han formado ahora una nueva familia y conectado unos con otros durante sus momentos libres en la villa olímpica.

Para los refugiados, los JJ.OO. han sido vertiginosos hasta el momento, con presentaciones en eventos y conferencias de prensa. Allí donde los atletas van, hay cámaras y micrófonos cerca. Misenga se pregunta si sus dos hermanos en el Congo, a quienes no ha visto en años, podrán verlo por televisión. De sólo pensarlo, las lágrimas asoman en sus ojos. “Les envío abrazos y besos”, dijo.

Mardini piensa en grande: “Queremos llevar a todos un mensaje de esperanza”, asegura. En el estado de deportes acuáticos, el pasado sábado, ella ganó su serie pero no nadó lo suficientemente rápido como para avanzar. Su próxima carrera -100 metros estilo libre, el miércoles próximo- pinta tan dura como la pasada, pero las medallas no son todo lo que importa en estos juegos. “Me sentí bien de estar en el agua”, expresó. “Estoy feliz por ello”.

Si desea leer la nota en inglés haga clic aquí.


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