Creó un proyecto para contar las historias de exindocumentados, pero Trump ganó y silenció a muchos

Creó un proyecto para contar historias de indocumentados, hasta que la victoria de Trump silenció a muchos

Cuando Miguel Luna comenzó a usar el pequeño broche negro, no estaba seguro de cómo reaccionaría la gente. “Me abrazarán o me darán un puñetazo”, le dijo a su esposa.

La elección presidencial estaba a pocos días de distancia y Luna acababa de lanzar un proyecto de fotografías en línea al cual llamó “The Power of U” (El poder de los U). ‘U’, en este caso, hace referencia a los indocumentados (por su término en inglés, ‘undocumented’), y la idea era compartir las historias de personas que habían tenido anteriormente esa condición, así como las de sus padres y sus abuelos. Él tomaba sus fotos y escuchaba sus relatos; luego les daba a cada uno un broche negro para llevar, con una letra ‘U’ en color blanco.

Luna pensó que la gente usaría con orgullo el broche y que tendría unas 100 historias para fines de 2016. Pero después, Donald J. Trump ganó la presidencia y todo cambió. Gran parte de la confianza que los inmigrantes sin autorización habían sentido durante años parecía haber cambiado de la noche a la mañana. “No podíamos creerlo”, afirmó Luna. “Todos andábamos como zombis”.

Las personas indocumentadas ya no se expresarían durante las protestas, ni se encadenarían a edificios federales para exigir reformas o darían con confianza sus nombres a los medios. Muchos hoy en día se sienten nerviosos hasta de ir a sus empleos.

En su obra, Luna no incluye a la gente que sigue indocumentada; tiene miedo de ponerlos en peligro. En cambio, se enfoca en residentes permanentes o ciudadanos. Pero por estos días, incluso se preocupa hasta de poner en riesgo a sus familiares con menos seguridades.

Así, este organizador comunitario que se enfoca en temas de justicia ambiental, consideró cancelar su proyecto. “Podría volverse un dolor de cabeza”, pensó. Pero luego decidió que contar estas historias era más importante que nunca antes.

A medida que avanzaba, sentía la fuerza de esos casos: la madre de Diego Ortiz, un defensor de la juventud, escapó de su pueblo en El Salvador con su hijo en la década de 1980, la noche anterior a la llegada de los guerrilleros para obligar a los jovencitos a sumarse al conflicto. Arturo Ramírez, un organizador de mariachis, llegó a Los Ángeles desde México sin conocer a nadie y vivió en un taller de hojalatería y pintura durante semanas, antes de conseguir vivienda.

Pablo Cordosos, director de programa del Cuerpo de Conservación de Los Ángeles, vino de México con su madre y cinco hermanos en la década de 1970 para unirse a su padre, quien ya estaba aquí. Antes de cruzar a San Diego, su coyote hizo que todos se pusieran pantalones cortos y llevaran juguetes de playa; así lograrían pasar inadvertidos ante las autoridades.

En su sitio web, Luna también cuenta la historia de Salvador Garcetti, quien ingresó a los EE.UU. sin permiso desde Chihuahua, México, a mediados de 1900. Su padre, un juez, había sido ahorcado durante la Revolución Mexicana. Su nieto es ahora el alcalde de Los Ángeles.

Luna tenía ocho años cuando llegó desde Colombia junto con su madre. Su travesía había durado un mes, en avión, transbordador, taxi y autobús. En el tramo final, su madre le dijo que se sentara lejos de ella y que se hiciera el dormido, sin importar qué ocurriera. Cuando llegó la noche, dos hombres subieron al autobús y se llevaron a su madre. “Me sentí paralizado”, afirmó Luna. “Lo único que podía hacer era abrir levemente mis ojos y ver las sombras de la patrulla fronteriza”.

Pasaron cuatro meses antes de que los dos pudieran volver a verse. Luna vivió ese tiempo con su tía, Luz, una mujer a quien apenas conocía. Su madre debió hacer dos intentos más para alcanzarlo. Durante sus años en Los Ángeles, Luna mantuvo en secreto el estado inmigratorio de su familia, hasta que se convirtió en residente permanente.

 

 

Hoy, encuentra los sujetos de su obra a través de amigos y referencias. Junto con el fotógrafo Noe Montes conducen por todo Los Ángeles para conocerlos; en parques, restaurantes, oficinas y en senderos. Luna pasa al menos una hora escuchando a cada uno, envuelto en el drama y las lecciones de cada viaje. En enero pasado comenzó a grabar los relatos, para que la gente pudiera oír las voces de los narradores. Hasta el momento tiene más de 30 retratos; es él quien costea el proyecto y sueña con exponerlo en una galería alguna vez.

En una tarde reciente, Luna fue a la Calle Olvera para reunirse con Adán Ortega, quien vive en Fullerton y dirige una firma de asuntos gubernamentales. Ortega (54) nació en El Paso -su padre había inmigrado sin autorización a los EE.UU. a los 16 años-, y nunca tuvo que experimentar el miedo de ser deportado, aunque el recorrido de su primera generación de familiares fue similar. “Uno se siente un tapado”, afirmó, una palabra que los inmigrantes emplean a menudo para describir cómo se sienten cuando recién llegan al país. Durante su infancia en Boyle Heights, lo molestaban por hablar en español, particularmente otros latinos. “Me decían: ‘Vuelve a Tijuana’”, relató Ortega.

Uno de los primeros casos que Luna conoció fue el de Felipe Escobar, de North Hollywood, quien debía haber nacido en Los Ángeles en 1987. Antes de su alumbramiento, sus padres -quienes habían ingresado al país sin autorización- tuvieron una pelea y su madre regresó a Guatemala, embarazada.

Allí vivió él, con su abuela, hasta que cumplió 11 años. Luego emprendió el viaje hacia el norte y cruzó la frontera sin autorización, para reunirse con su familia. Eventualmente se convirtió en ciudadano con la ayuda de su padre, que había recibido una amnistía. Hoy, este hombre de 29 años de edad es un organizador comunitario de Pacoima Beautiful, un grupo que trabaja para mejorar la seguridad y la salud en los barrios.

Escobar tiene un broche con la ‘U’, pero prefiere mayormente usar su camiseta con la leyenda “Power of U”. “Me siento fortalecido cuando la llevo”, afirmó. “Siento que soy parte de un movimiento más grande, que hizo la diferencia y convirtió a los EE.UU. en el país que es hoy”.

Sumar gente a su proyecto no es una tarea siempre fácil para Luna. Algunos cuestionan cómo se usará su información y temen quedar demasiado expuestos; “no quiero aparecer en ninguna lista”, le dicen a Luna.

Incluso su vieja amiga Miriam lo rechazó. En primera instancia aceptó sumarse, y luego cambió de parecer después de la elección. Cuando se le pregunta por qué, ella responde: “Él tomará ejemplos de esta gente, entonces ¿para qué exponerse así?”, expone la mujer, quien se negó a dar su apellido.

Miriam llegó a los EE.UU. sin permiso cuando tenía 12 años, y es ahora ciudadana, pero tiene familiares en el país que aún no poseen estatus inmigratorio autorizado. La mujer pasa mucho tiempo llamando a los funcionarios electos y donando a las organizaciones que defienden los derechos de los inmigrantes. “No vamos a cambiar las mentes de los otros haciendo esto”, afirmó acerca del proyecto de Luna. “Ahora tenemos que estar a la defensiva, para proteger a la gente que lo necesita aquí”.

Luna comprende su perspectiva; él sabía que vendrían algunas críticas. Alguien recientemente le envío un mensaje donde le preguntaba cuándo pensaba contar las historias de los inmigrantes que habían llegado al país con autorización; aquellos que “esperaron su turno y se pusieron en fila”. Pero esas no son las reacciones que él espera generar. Cada día, aseguró, es más difícil llevar el broche negro, pero lo hace porque cree que es importante. “Así el resultado sea positivo o negativo”, expresó, “nuestras historias deben ser contadas”.

Traducción: Valeria Agis

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