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Creció en los EE.UU. como indocumentado, pero cumplió su ‘sueño americano’ en México

dreamer en mexico

Bernardino Hernández, quien vivió indocumentado en los EE.UU. desde sus dos años de edad, regresó a México y se convirtió en emprendedor. Su diploma de UC cuelga en la pared de su casa.

(Cindy Carcamo/Los Angeles Times)

Seis años atrás, Bernardino Hernández tomó un avión a la Ciudad de México sin mucho equipaje: su anuario de la escuela, una impresora y una copia de “Thomas More’s Magician”, una novela acerca de la creación de una comunidad utópica en el México del siglo XVI.

Se había graduado recientemente de UC Davis, pero se sentía limitado por su falta de estatus legal en los Estados Unidos. Hernández tenía 21 años de edad y dudaba de poder desplegar todo su potencial en un país al cual había llamado ‘su hogar’ desde que era un niño pequeño, pero que ahora no le permitía trabajar legalmente.

Antes de su partida, su padre -quien desaprobaba su decisión- le dio $1,000 en efectivo, pero le advirtió: “No voy a pagarle a un coyote para que te traiga de regreso”.

Afortunadamente, no fue necesario.

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Luego de renunciar a su ‘sueño americano’, Hernández vive en México. A sus 27 años, está al frente de una empresa de traducción que lanzó el pasado otoño, donde lidera un equipo de 15 lingüistas que ofrecen servicios en más de veinte idiomas a diferentes empresas, entre ellas ocho compañías transnacionales.

Hernández viaja a menudo a los EE.UU., pero como ejecutivo de negocios. Hasta hace poco tiempo se desempeñó como gerente de alto nivel de una compañía Fortune 100. Su carrera en México le permitió ahorrar suficiente dinero para asistir a la universidad en Canadá, donde obtuvo una maestría.

“He viajado más a los EE.UU. viviendo en México que cuando estaba allí. Estoy feliz de haberme marchado”, afirma. “Yo quería hallar mi propio camino”.

Hernández es una de las más de 500,000 personas de entre 18 y 35 años que han regresado a México desde 2005, luego de pasar un significativo tiempo de sus vidas en los EE.UU., aseguró Jill Anderson, una investigadora independiente y activista que ha estudiado el fenómeno desde la capital mexicana.

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Aunque algunos de ellos fueron deportados, otros -como Hernández- regresaron allí de forma voluntaria. A menudo se los llama “los otros dreamers”.

El caso de éxito de Hernández va en contra de una narrativa mucho más contada, acerca de las dificultades y los desafíos que muchos de los llamados dreamers -personas llevadas a los EE.UU. a una edad temprana y que han permanecido allí indocumentadas- enfrentan cuando regresan a su lugar de nacimiento, luego de ser criados como estadounidenses.

Sólo un pequeño porcentaje triunfa, informó Anderson, pero quienes lo hacen están cada vez más involucrados en una red pequeña, donde tienen un papel de liderazgo y ayudan a otros ex dreamers. Su éxito no es un reflejo de México, sino de su propia determinación para despejar los obstáculos que surgen en su camino, afirmó.

“Creo que habla del increíble potencial de esta población”, manifestó la investigadora, autora del libro “Los otros dreamers”. “Definitivamente ellos triunfan contra todas las vicisitudes, y creo que eso ocurre porque están decididos a lograrlo sin importar el lugar donde estén… pese a la violencia, a la corrupción y la impunidad que afecta a muchas comunidades mexicanas”.

Inicialmente no fue fácil para Hernández, quien erróneamente creía que su educación en los EE.UU. le daría una ventaja en el mercado laboral mexicano. Mientras luchaba por lograrlo, pensaba en el esfuerzo de sus padres, quienes aún viven en California, y buscaba en ellos su fuente de inspiración.

La economía en picada de mediados de la década de 1990, y una educación mínima habían impulsado a Emilio y Sira Hernández a emigrar a los EE.UU. La pareja dejó Oaxaca, llevando consigo a Bernardino, por entonces de dos años de edad. Recién llegados allí siguieron las cosechas para realizar trabajos agrícolas, hasta que se establecieron en Santa María, en la costa central de California.

Con el tiempo llegaron a su ‘sueño americano’; alquilaron y compraron suficientes tierras como para comenzar su propia granja de vegetales, donde venden tomatillos, calabacines y otros productos.

Hernández llevó una vida confortable en Santa María; sobresalió en la escuela, fue premiado varias veces durante su secundaria y a menudo escuchaba que, si trabajaba duro -tal como decían sus padres y maestros-, podría lograr lo que quisiera.

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“Recuerdo recitar el juramento a la bandera de los EE.UU. cuando era niño. Ni siquiera sabía el himno mexicano”, dice. “Yo era más estadounidense que mexicano”.

Pero poco a poco, Hernández comenzó a desconfiar de ello. En la escuela secundaria, pronto descubrió que no era elegible para la mayoría de las becas a causa de su estatus indocumentado.

Sus padres pudieron pagar sus estudios universitarios en UC Davis, donde se graduó en relaciones internacionales y español, pero él debería hacerse cargo de su maestría en la escuela de estudios latinoamericanos, algo que le resultó imposible porque no podía trabajar de forma legal.

Así, llego 2010 y Hernández no hallaba la manera de legalizar su estatus. Pasarían dos años hasta que el gobierno de Obama anunciara un programa de inmigración que le daría a los jóvenes como él permisos de trabajo y aplazamientos de deportaciones.

Los sentimientos encontrados de Hernández con los EE.UU. son comunes entre los inmigrantes, explica Anderson. “Se dan cuenta de que hicieron todo lo correcto y, así y todo, no pueden beneficiarse del mítico ‘sueño americano’”, afirma.

Cuando Hernández llegó a la Ciudad de México, rápidamente comprendió que su estilo de vida estadounidense, que incluía comer todo el tiempo y rentar un departamento en un barrio de moda, Condesa, era demasiado caro en la megalópolis que ahora era su hogar. Así que redujo su presupuesto, se trasladó a un barrio más asequible y comenzó a comprar en mercados al aire libre en lugar de hacerlo en las cadenas de tiendas comestibles.

Poco después comenzó a explotar sus habilidades bilingües y se presentó en escuelas de inglés para trabajar como profesor.

Allí comprendió que podía ganar más dinero trabajando por su cuenta, y finalmente comenzó a llevarse a los clientes. Construyó una red tan amplia de usuarios que nuevamente pudo vivir como un estadounidense: volvió a cenar afuera y a salir por las noches con sus amigos.

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De todas formas, su mira estaba puesta en algo más. Bernardino ahorró y obtuvo una beca para el programa de maestría en lenguas modernas y estudios latinoamericanos de la Universidad de Alberta, en Edmonton, Canadá. Luego de dos años allí, tenía la opción de permanecer en ese país y convertirse en un residente.

Sin embargo, sintió ganas de regresar a México para aprovechar las ventajas de algo que él llamaba una ‘escena floreciente’.

Christina Weidemann, quien asistió a la universidad y trabajó con Hernández en Canadá, asegura que la ambición de su amigo y su inteligencia no fueron las únicas razones de su éxito. “Él puede sacar provecho de su gran ventaja; estar familiarizado con ambas culturas de una forma tan perfecta”, afirmó. “Cuando él está con estadounidenses, su actitud cambia y también su personalidad. Cuando está con mexicanos, también adopta un cambio. Él puede adaptarse muy bien en ambos entornos. Creo que eso es una gran ventaja”.

Su habilidad de navegar sin problemas en ambas culturas, junto con sus títulos universitarios, lo ayudaron a obtener un trabajo soñado como traductor en Johnson Controls, una compañía Fortune 100 que produce partes de automóviles. Con el tiempo se convirtió en algo así como un enlace para unir a los trabajadores estadounidenses y mexicanos dentro de la compañía.

“Yo era capaz de comunicar, por ejemplo, las necesidades de negocio y de aprendizaje en México a la sede de los EE.UU., porque a menudo la mayor parte de los programas o modelos de negocio están centrados en la cultura estadounidense y no consideran la cultura de negocios que hay en México”, relata Hernández.

Después de sólo ocho meses se abrió camino hasta llegar a la gerencia. Eso condujo a la oportunidad de viajar por negocios y en enero de 2015 se le concedió una visa de negocios y turismo a los EE.UU.

Un mes después, viajó por primera vez a este país en un viaje de negocios, a Florida. El agente de Aduana y Control Fronterizo de los EE.UU. en el aeropuerto debió mirar dos veces cuando observó el perfil de Hernández en la computadora. “¿Para qué estás aquí?”, le preguntó. “Por negocios”, dijo Hernández sonriendo.

El joven fue trasladado hacia otra área e interrogado acerca de dónde había vivido en los EE.UU. cuando era indocumentado, pero eventualmente fue liberado. Hernández llamó a su familia desde Miami para informarles que estaba en el país. “No me creyeron”, dice.

En noviembre, puso en marcha una nueva empresa llamada QuickTrans, que une a traductores, escribientes e intérpretes con empresas que buscan esos servicios. Algunos de sus lingüistas son dreamers. Hernández maneja el equipo desde la mesa de su cocina. Su diploma de UC Davis cuelga en una pared de su hogar.

Bernardino ha viajado a los EE.UU. al menos seis veces. La segunda vez, hizo una escapada hacia la costa central de California. Aterrizó en Los Ángeles y tomó un Amtrak para visitar a sus hermanos, en Santa María -un viaje que hacía a menudo cuando estudiaba en UCLA-.

Su familia lo recibió con un gran cartel que decía: “Bienvenido a casa”. “Es gracioso”, pensó él. “Este lugar ya no es más mi casa”.

Si desea leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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