El índice de aprobación de Trump es bajo, pero sus votantes afirman que todavía no es tiempo de juzgarlo

Han pasado cinco meses desde que la euforia de un mitin de Donald Trump en este estadio local trajo optimismo a este antiguo bastión demócrata. La nieve de un largo invierno comenzó a derretirse en el suelo rocoso y el letrero digital en el estacionamiento desmantelado parpadea con optimismo: “Los días cálidos están cerca”.

El presidente Trump todavía no ha presentado empleos nuevos ni ha revocado Obamacare. Pero aquí, en un área crucial para su victoria electoral inesperada, muchos residentes se sienten más frustrados con lo que consideran una obstrucción a su gobierno y un juicio apresurado hacia el presidente, que con el mandatario mismo.

Para un hombre que trabaja como supervisor de tecnología, hay que darle seis meses para que demuestre cambios. Un gerente de servicio estima que se necesita un año. Un expropietario de una imprenta afirma que hay que darle cuatro años. “Denle al hombre una oportunidad”, expresó Crystal Matthews (59), empleada en un hospital. “Pero hay gente que sólo va a pelear todo, con uñas y dientes, durante todo el mandato”.

Las encuestas de opinión pública muestran que Trump se ubica en mínimos históricos. Ello sucede en gran medida porque, a diferencia de la mayoría de los presidentes, no ha logrado atraer nuevo apoyo desde el día de la elección. En cambio, sus acciones han energizado a la oposición y desalentado a muchos que tenían sentimientos ambivalentes.

Pero mientras que algunos partidarios abandonaron al presidente en medio de la investigación del FBI enfocada en ciertos colaboradores y de una serie de derrotas políticas y arrebatos diplomáticos, la mayoría de sus votantes lo siguen apoyando.

Wilkes-Barre, ubicada en un valle a lo largo del río Susquehanna, es un emblema de las ciudades medianas del cinturón industrial, que fue decisivo para la victoria de Trump y que demostró con tenacidad su apoyo. La región, que alguna vez prosperó en base al carbón, sigue siendo dependiente de la industria, incluyendo en años recientes la distribución de almacenes y la fracturación hidráulica, o fracking. Las fábricas de ladrillos de fines del siglo XIX le concedieron a su centro una calidad histórica que lo distingue de las cadenas de tiendas, ubicadas a lo alto de la colina.

Jim Haggerty (63), residente de la cercana Forty Fort, se sentó en el restaurante Sweet Treet una mañana reciente para leer el diario y lamentarse que dos de sus tres hijos hubieran dejado el área después de obtener títulos universitarios. El tercero de ellos, agregó, seguramente tenga que hacer lo mismo después de graduarse. “Esta zona no tiene empleos de calidad”, afirmó Haggerty, quien se jubiló después de años de trabajo en su propia imprenta. “Tenemos empleos de obreros, siempre”.

Jim Haggerty, jubilado y expropietario de una imprenta, sostiene que la zona carece de trabajos de calidad. “Tenemos empleos de obreros, siempre”.

Haggerty votó dos veces al presidente Obama pero, al igual que muchos aquí, ansiaba experimentar con un candidato que pudiera manejar el país como un negocio exitoso. El condado de Luzerne, que incluye a Wilkes-barre, le dio a Trump cerca del 60% de sus votos, cuatro años después de apoyar a Obama. Entre los tres condados de Pensilvania que cambiaron de partido en 2016 -y que jugaron un rol clave en conceder el estado a Trump- Luzerne tuvo el mayor repunte republicano; casi 12 puntos porcentuales.

Trump construyó aquí su lealtad; realizó dos mitines en Wilkes-Barre, y el segundo ocurrió durante el punto más bajo de su campaña, cuando se conoció una grabación donde se jactaba de tocar a las mujeres contra su voluntad. La multitud en el Mohegan Sun Arena cantó “CNN apesta” ese día de octubre, signo de que estaban más enojados con los medios que con el candidato republicano.

Muchos de aquellos que estuvieron en ese mismo estadio esta semana para ver el encuentro de los Wilkes-Barre/Scranton Penguins contra los Utica Comets en la liga menor de hockey, señalaron que siguen disgustados con la cobertura mediática sobre Trump. Un hombre recitó ácidamente los nombres de los presentadores de noticias -Lester Holt, Wolf Blitzer- y los mencionó como conspiradores para impedir que Trump rompa el molde de políticos “comprados”. “Ellos harán cualquier cosa para asegurarse de que Trump no triunfe”, afirmó Rich Martini (51), impresor de libros, mientras bebía su cerveza en el pasillo del estadio, entre aroma a nueces glaseadas y mostaza.

“Hay un sesgo”, añadió David Ambrulavage, un gerente de tecnología, de 50 años de edad, vestido con un suéter Penguin y desde los asientos de primera fila, mientras Zamboni despejaba la pista y el tema “Dream On”, de Aerosmith, sonaba a todo volumen. ¿Si Trump y su familia se están enriqueciendo con esta presidencia? “No sería el primero”, afirmó Ambrulavage. ¿Colaboró su campaña con los rusos para influir en las elecciones? “Bueno, no inventaron los emails que avergonzaron a Hillary Clinton”, expuso. “Esos fueron redactados por los demócratas”.

Ambrulavage también se siente molesto por toda la atención puesta en los pequeños detalles, tales como el hecho de que Kellyanne Conway, la asesora presidencial, se hubiera sentado casualmente en el sofá del presidente con sus zapatos puestos mientras sacaba una foto de un grupo de visitantes a la Oficina Oval.

Sin embargo, el hombre no libera al mandatario de cierta culpa. Tal como muchos en este sitio, Ambrulavage cree que algunas de las heridas de Trump son autoinfligidas, resultado de tuitear versiones infundadas y declaraciones provocativas, algo que no debería hacer. “Sería prudente acabar con eso, dejar de hacerlo”, expuso. “Sólo agrega más leña al fuego”. Para este ejecutivo, esos problemas no superan el foco del presidente de reforzar el gasto militar, aprobar un oleoducto de crudo procedente de Canadá y tratar de impedir que las empresas trasladen sus fábricas al extranjero.

Ambrulavage quiere deshacerse de Obamacare y cree que el presidente dañó su capacidad de ganar votos en el Congreso para lograrlo al crear “demasiado ruido” con sus tuits y comentarios.

Trump y los republicanos en el Congreso se comprometieron a derogar rápidamente la Ley de Cuidados de Salud Asequibles, pero la semana pasada, en medio de las luchas internas del partido republicano, los líderes de esa agrupación retiraron el proyecto de ley que hubiera aniquilado el plan creado por el gobierno anterior.

La atención de la salud ya no está en la cima de la agenda de Trump, pero varios de sus partidarios aquí siguen siendo inflexibles con que Obamacare debe revocarse, lo cual sugiere que podrían castigar al primer mandatario y los legisladores republicanos por no cumplir con su promesa. Sin embargo, la definición de derogación, o el proyecto de reemplazo, demuestra por qué el tema es tan espinoso para los conservadores.

Mike Stewart, un trabajador de la construcción y vendedor de seguros retirado, después de votar por Trump se enteró de que calificaba para un subsidio de Obamacare.

Algunos quieren una derogación completa. Otros prefieren “afinar” la ley, manteniendo sus características más populares, como una disposición que permite a los hijos adultos permanecer en los planes de sus padres hasta los 26 años de edad. Un partidario de Trump afirmó que deseaba controles más estrictos de precios para las aseguradoras y los hospitales, en contra de la estrategia del libre mercado defendida por muchos de la derecha.

Y también está Mike Stewart, quien votó por Trump pero celebró la derrota del presidente para revocar el plan de cuidados de salud. “Lo único que obtengo del gobierno es Obamacare”, aseguró Stewart, vendedor de seguros y trabajador de la construcción ya retirado, quien recién después de la elección supo que calificaba para un subsidio de seguros que le ahorra más de $700 al mes.

El hombre agregó que volvería a votar por Trump, porque cree que mejorará la educación y el cuidado de las personas sin hogar. Sin embargo, su apoyo al mandatario no es ilimitado; sólo quiere darle tiempo para demostrar que puede aprender más de política, y no se anima a plantear quejas contra el presidente frente a sus amigos, quienes lo defienden uniformemente.

Esa reserva de tolerancia para Trump vuelve locos a sus oponentes. “Es una broma total; no tiene idea de lo que está haciendo”, afirmó Jeanne Laktash, una correctora de internet de 34 años de edad y residente de Dickson City, una pequeña ciudad al noreste de Wilkes-Barre. La joven mujer tiene una lista de quejas contra el mandatario, entre ellas el presupuesto donde propuso recortar el programa Meals on Wheels. “Parece que podría hacer cualquier cosa sin importarle”, dijo con tristeza. “No he visto mucho remordimiento por sus acciones”.

Traducción: Valeria Agis

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