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La verdad es que los inmigrantes permiten vivir a los estadounidenses como príncipes

Foto de archivo de trabajadores de la construcción.

Foto de archivo de trabajadores de la construcción.

Hace unos años, conocí a un niño cuya madre trabajaba en una compañía de carne en Garden City, Kan.

Los empleados de la planta eran inmigrantes latinos, y muchos estaban en el país sin documentos. Este niño masajeaba la mano congelada (en la forma de la manija del cuchillo que utilizaba todo el día) de su madre cuando ella regresaba a casa todas las noches. Su mano, se me ocurrió, es una de las razones por las que tenemos precios de carne tan bajos.

He seguido el debate sobre la inmigración sin documentos por más de 20 años, durante el cual trabajé como periodista en México y los Estados Unidos. Analizando el tema, he llegado a pensar que el problema es el deseo de los estadounidenses de tenerlo todo. Queremos cosas baratas y precios bajos. También criticamos las quejas de los inmigrantes de que no se asimilan tan rápido como imaginamos lo hicieron nuestros abuelos.

Ese chico y su madre me vinieron a la mente cuando Donald Trump asumió la presidencia. Trump se ha retirado de su promesa de campaña para deportar ilegalmente a 11 millones de inmigrantes en el país, bajando el número a la deportación de tres millones de personas. Incluso, si cumple su promesa con esa aparente baja cifra, se pondrá a prueba las tendencias contradictorias de las políticas de inmigración estadounidense y nuestra cultura de consumo.

Reconozco la ira de los ciudadanos que viven en las escalas más bajas de la economía y que deben de competir con los inmigrantes sin documentos. Eso irrita a los nacidos en el país, que saben que la competencia no es trivial, y no me gusta escuchar que los califican de racistas simplemente por señalarlo. Pero ellos solos no eligieron a Trump. Un buen porcentaje de la cultura política estadounidense que lo puso en el cargo está llena de personas que quieren comerse todo el pastel y no compartirlo.

En los últimos 25 años, los inmigrantes nos han dejado vivir [a los estadounidenses] como príncipes. Creciendo en el sur de California en la década de 1970, no recuerdo ninguna familia de clase media que podía permitirse pagar un jardinero. Ahora, que muchos inmigrantes han entrado al negocio, y las herramientas hechas fuera de nuestras fronteras se han vuelto más baratas, los honorarios de los jardineros han caído a un nivel que incluso algunas familias de la clase trabajadora pueden contratarlos.

Los inmigrantes fueron clave en la burbuja inmobiliaria generada hace una década. Su mano de obra barata permitía a los inversionistas comprar y renovar casas, y luego venderlas rápidamente con grandes ganancias. En México, recientemente conocí a un hombre que pasó tres años en una compañía cerca de Austin cortando piedra para constructores; Dormía en un piso de almacén, trabajaba 12 horas diarias y ganaba ocho dólares por hora para que las casas de Texas pudieran tener fachadas de piedra y grandes pasillos.

Pocos trabajadores no latinos saben cómo instalar pisos, o ni siquiera están dispuestos a hacerlo por 10 o 15 dólares la hora. Algunos empleados de pisos están aquí legalmente, pero el comercio es un imán para aquellos sin papeles. Mantienen los salarios - y los costos de instalación del piso - bajos. Lo mismo podría decirse de la carpintería, de la plomería, la pintura, el techo y la construcción de piscinas.

La industria de paletas o contenedores de madera es esencial para el comercio estadounidense y el bajo precio de los bienes. Además, éste apoya el transporte masivo de las granjas y las fábricas, y también depende del trabajo de los inmigrantes - muchos de los que sospecho no tienen documentos.

Lo mismo ocurre con el almacenamiento y la distribución en general. Los salarios mantenidos de $11 a $13 por hora en estas empresas van de alguna manera a explicar cómo las empresas pueden proporcionar envío gratuito para los pedidos de comercio electrónico, que requiere de intenso trabajo.

El presidente Obama ya estableció récords para las deportaciones durante sus ocho años en el cargo - más de 2 millones de personas. Continuar o aumentar las deportaciones a gran escala sin duda resultará en una pérdida de habilidades y trabajadores dispuestos a emplearse, especialmente para ciertas regiones del país.

Con menos trabajadores obligados a tomar lo que se les puede pagar, los salarios pueden aumentar. Los rastros de animales tendrán que mejorar drásticamente sus condiciones de empleo, lo cual no estaría mal, desde este punto de vista. Bajo esas circunstancias, el poder regresa a los sindicatos, mientras la oferta de mano de obra barata disminuye. Una vez más, eso es bueno en un momento en que la hegemonía del capital parece absoluta. (Las deportaciones de la administración Obama ciertamente están detrás del poder de la sindicalización que hemos visto en el último año en el sur de California; en El Súper, una cadena de supermercados; y en Farmer John, un fabricante de productos de animal).

Otro resultado lógico del aumento de las deportaciones sería el aumento de los precios al consumidor, por supuesto. Esto afectaría a la gente en todos los estratos económicos, incluyendo a muchos votantes de Trump, gente de clase media enojada por la inmigración ilegal. Como consumidores, empleadores o ambos, son beneficiarios del trabajo barato de la jardinería, pisos baratos, paletas (contenedores de madera) a bajo precio y la carne barata, cortada por esa mujer a la que su hijo le tiene que masajear las manos todas las noches en Kansas.

Tan simplista como la campaña de Trump me pareció -proponer soluciones de bala de plata a problemas complicados del mundo real- su presidencia puede finalmente obligarnos a los estadounidenses, incluidas las legiones de sus partidarios, a aceptar la responsabilidad de nuestros deseos contradictorios y elecciones de consumo.

Dicho de otra manera, tal vez veremos si el coraje de nuestras convicciones puede sobrevivir a la compra de carne con precio más alto, la duplicación en el costo de un nuevo piso, y el final de los envíos gratis.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Sam Quiñones, periodista y escritor. Su último libro: “Dreamland: The True Tale of America’s Opiate Epidemic”.


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