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La revelación que conmocionó a un pueblo de Montana: ‘soy indocumentada’

La revelacion

Yeni Mora en Los Koritas, su restaurante en Dillon, Montana. Sus clientes se sorprendieron al conocer que era indocumentada. 

(Erik Petersen para Los Angeles Times)

Yeni Mora camina como si flotara por la cocina. Puso dos garrafas de café recién hecho en una mesa con 20 sillas para sus clientes más fieles.

En este pueblo de 4,000 personas su restaurante es un lugar donde a los locales les gusta decir que compiten para “tratar de decir la mentira más grande”, y lo que ocurre alrededor del mundo, o al otro lado de la calle, se debate sobre café y huevos.

Hace poco, Mora de 36 años y originaria de Nayarit, México, servía café, mientras sus clientes opinaban sobre un asunto que ha retumbado no solo en los programas de televisión, sino en los medios sociales y el recinto legislativo de Montana, donde los legisladores aprobaron varias leyes contra la inmigración ilegal.

Algunos de los comensales del restaurante mexicano Los Koritas, dijeron que “los perezosos americanos” tienen algo de culpa por la inmigración ilegal; otros dijeron que los ganaderos y los agricultores tuvieron que contratar inmigrantes sin papeles debido a lo complicado de los  programas de visa de trabajo.

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George Warner, de 57 años, intentó resumir la oposición general a la inmigración ilegal de los presentes en el comedor.

“Si alguien consigue una ventaja o beneficio sin ganárselo, la gente en Montana se ofende con eso”, dijo. “Hay un libro de reglas, y si no sigues el libro de las reglas, la gente se sentira ofendida”.

Mientras los comensales charlaban, Mora se apresuraba a atender su restaurante. Ella llama cariñosamente a sus clientes mis viejitos,  hombres y mujeres ya entrados en años que acuden su negocio.

“Yo les veo como si fueran mi familia”, dijo.

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Montana tiene aproximadamente 1 millón de habitantes, y el 89% de ellos son blancos. Alrededor del 3% de la población es latina. Algunos son ciudadanos estadounidenses y otros están en el país ilegalmente.

La inmigración indocumentada no ha dominado el discurso público de la misma forma que en Arizona o California, pero en los últimos años, los legisladores de este estado que bordea con Canadá, han propuesto una variedad de medidas para apretar las tuercas al asunto de la inmigración ilegal en su estado.

En 2012, los votantes de Montana aprobaron una iniciativa que hubiera requerido que los organismos del estado determinaran el estatus migratorio de un solicitante antes de concederle una variedad de servicios, incluyendo los beneficios de desempleo y los exámenes de audición infantil. Un juez revocó gran parte de esta ley en 2014.

David Schuett, un ranchero que produce ganado, cebada, trigo y heno, es uno de los pocos alrededor de Dillon que tiene contacto regular con personas en el país ilegalmente. También emplea a ciudadanos mexicanos a través de un programa de visa de trabajo.

Él persuadió con éxito a la Universidad estatal de Montana para que permitiera  que el hijo de uno de sus trabajadores con mayor antigüedad pagara solo la matrícula estatal, a pesar de estar en el país sin estatus legal.

“Algunos simplemente no tienen esa conexión humana”, dijo Schuett.

Aproximadamente 75 millas al noreste, en el pueblo de Manhattan que cuenta con una población 1,500, Charlie Hoekema hizo eco de los mismos sentimientos de algunos en Dillon de que “la inmigración ilegal ha hecho a Estados Unidos un país de flojos”.

“Yo creo que si no trabajas, no comes”, dijo el hombre de 63 años de edad, mientras se sentaba a comer su almuerzo en el Garden Cafe, mientras mordía una tortita de carne de res servido sobre una rebanada de pan blanco, coronado con puré de papas y ahogados en una deliciosa salsa. Hoekema, que dirige una empresa de camiones, dijo que sus antepasados holandeses llegaron a los EEUU legalmente y todos los demás deben hacer lo mismo.

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“Soy de la vieja escuela”, señaló.

El dueño del café, Nick Schmutz, un inmigrante de Suecia, se puso del lado de Hoekema.

"¿Sabe por qué estoy cerrando temprano hoy? Porque no puedo encontrar ayuda”, dijo a Hoekema. “Nadie quiere trabajar. Vine aquí como estudiante de intercambio y tenía una visa. Me quedé más tiempo de lo que permitía mi visa y trabajé para el estado de California...  cuidando de parapléjico. Era un trabajo que nadie quería”.

“Vamos enviándote de vuelta a California”, dijo Hoekema Schmutz con un guiño y una sonrisa.

Hoekema dijo que él es un republicano conservador que cree que pagar a los trabajadores estadounidenses un salario justo puede ser la solución para evitar la contratación ilegal, incluso si eso hace subir el costo de los productos o servicios.

Hoekema agregó que él “respeta a los trabajadores mexicanos... Creo que son gente buena, gente trabajadora. Sólo tienen que venir aquí legalmente”.

La familia de Mora es solamente una de varias familias mexicanas en Dillon, una ciudad instaurada con el advenimiento del ferrocarril, fundado en el siglo XIX por Sidney Dillon, un presidente de la Union Pacific.

Mora llegó a los Estados Unidos procedente de México hace unos 10 años. Después de su divorcio. Con tres hijos pequeños encontró su camino de Arizona a Colorado, trabajando en un hotel por la mañana y en un restaurante por la noche.

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Después de un año de trabajar, Mora ya había ahorrado el suficiente dinero como para enviar por sus hijos. Cuando la familia se trasladó a Montana llegaron a un pueblo llamado Twin Bridges. Ella tiene hijas gemelas que ahora tienen 14 años y un niño de 10 años de edad.

“Cuando vivíamos en Twin Bridges, a mis hijos no les gustaba ir a la escuela. Se les quedaban viendo como si fueran animales extraños”, recordó ella. “En el autobús, los niños les mostraban el dedo medio”.

Dillon fue diferente.

“Creo que sólo tienes que saber cómo llevarte bien con personas y sonreír y saludar  a la gente que quizá ni conozcas”, dijo Mora. “Nunca he sentido racismo aquí".

Pero “cuando eres de color moreno te notas en este pueblo”, añadió.

Hace casi tres años, ella ahorró lo suficiente como para hacerse cargo del único restaurante mexicano en Dillon y le cambió el nombre a Los Koritas.

Cuando el Longhorn Saloon cerró hace dos años, algunos clientes se acercaron a Mora con una petición. Ya no tenían un lugar para reunirse en la mañana, le dijeron. ¿Podría abrir para el desayuno?

Por supuesto, dijo Mora.

El nuevo horario del desayuno resultó muy popular, aunque Mora aprendió a hacer algunos ajustes. Los Koritas servía sólo comida mexicana, pero Mora comenzó a dejar que los clientes ordenaran cosas que no estaban en el menú, desayunos estilo americano en su mayoría. Ella guardaba en su refrigerador las cremas para café que los miembros del grupo compraron.

Entonces un día de este otoño, mientras Mora preparaba sus órdenes, Warner y otros comensales debatían sobre los infractores de la ley  y los peligros de la inmigración ilegal. Ellos no sabían que Mora fue una de los infractores de la ley. Después de cuatro tazas de café, se dieron cuenta cuando un reportero, con el permiso de Mora, mencionó que ella había entrado al país ilegalmente cuando cruzo en Nogales, Arizona, hacía una década.

Al principio su reacción fue de incredulidad. ¿Yenny? ¿De verdad?

Warner se puso pensativo. Sin duda, no se sentiria feliz de que Mora fuera deportada, dijo Warner, pero reiteró su rechazo de cualquier persona que viene a Estados Unidos ilegalmente.

“Pero eso no significa que no la ayudaríamos”, dijo. “Ella es una de nosotros”.

A más de un mes de que su secreto fuera dado a conocer en su restaurante, ni Mora ni sus viejitos hablan de ello.

Esto no quiere decir que han cambiado su opinión sobre la inmigración ilegal. Pero ahora, ya no es parte de la conversación en Los Koritas. Warner también ha cambiado de tema. 

Mora dijo que ella sólo desea que, cuando se trata de inmigración ilegal, “no me vean como la excepción. Hay muchos como yo en toda la nación. Tuvimos que venir ilegalmente. No había otra manera”.

Pronto, después de que comenzó a abrir sus puertas para la hora del desayuno, algunos clientes le dieron a Mora un pequeño cartelito pintado a mano que ellos mismos habían hecho: “Jenny’s Place”.  Ellos le sugirieron que este sería un buen nombre para su restaurante.

Mora colgó el regalo en el vestíbulo del restaurante, justo por encima de un pequeño anuncio tejido con las palabras “Nayarit, México”.

Ella mantendrá el nombre del restaurant como Los Koritas.

Si desea leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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