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La muerte de la verdad en las noticias es una gran exageración

El secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, responde a una pregunta de los periodistas durante su primera conferencia en la sala Brady, el 23 de enero pasado (Shawn Thew / European Pressphoto Agency).

El secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, responde a una pregunta de los periodistas durante su primera conferencia en la sala Brady, el 23 de enero pasado (Shawn Thew / European Pressphoto Agency).

En la primera semana de la presidencia Trump, la Casa Blanca ya está en guerra con los medios de comunicación, algo que desató el pánico acerca del final de la república y la muerte de los hechos.

Las preocupaciones son exageradas o, al menos, prematuras. No es nuevo que los políticos odien a la prensa; los presidentes y sus subordinados han estado en desacuerdo con los medios durante al menos medio siglo.

Richard Nixon puso a los periodistas en su lista de enemigos y ordenó al Servicio de Impuestos Internos (IRS) auditarlos. El secretario de prensa de Ronald Reagan colocó en una lista negra a varios reporteros críticos. Los asistentes de Bill Clinton mintieron sobre asuntos de estado, incluso cuando Clinton mismo había engañado acerca de sus cuestiones privadas. La Casa Blanca de Obama amenazó con procesar a periodistas por las filtraciones de información.

Los gobiernos y la prensa están destinados a objetivos contradictorios. Eso no sólo es normal, sino saludable. El objetivo más importante de los medios es actuar como perro guardián, no como una porrista.

El presidente Trump no ha cortado el acceso a la prensa por completo; aún quiere usar los medios de comunicación para sus propios propósitos -tal como hizo, con gran efecto, durante la campaña-. Por ello, su secretario de prensa realiza reuniones periódicas con los reporteros en la Casa Blanca; el presidente concedió una larga y exclusiva entrevista esta semana a ABC News, un pilar entre los medios más importantes; Kellyanne Conway, asesora de Trump, señaló que incluso podría realizar cenas acogedoras con algunos reporteros cuando Melania esté en Nueva York.

Las relaciones entre los políticos y los reporteros son casi completamente transaccionales, y siempre lo han sido, incluso en los malos viejos tiempos, cuando los reporteros y los políticos salían de copas después del trabajo.

Los presidentes y sus ayudantes no hablan con los periodistas porque anhelan ser responsabilizados (es precisamente lo que no quieren). Lo hacen para promocionar sus agendas políticas. Lo que es diferente esta vez es el provocativo estilo presidencial. Los reporteros “están entre las personas más deshonestas de la Tierra”, expresó (de nuevo) la semana pasada.

Todos los presidentes han intentado, mayormente, mantener su irritación acerca de la cobertura de los medios en privado; Trump, en cambio, hace alarde público de la suya. Y este presidente, más que ningún otro que pueda recordarse, se siente libre de la distinción entre la verdad y la falsedad; pronuncia ficciones de autoengrandecimiento y se enoja cuando los verificadores de hechos le muestran que no es cierto.

Eso mismo hizo esta semana, cuando afirmó que la cifra de asistentes a su toma de posesión fue un récord (no lo fue) e insistió en que habría ganado el voto popular de no haber sido por millones de votantes ilegales (no hay evidencia para apoyar este postulado).

Por momentos, Trump y sus auxiliares parecen empeñados en deslegitimar no sólo los medios, sino el concepto de hechos verificables. “No hay forma de cuantificar las multitudes”, expresó Conway este domingo, incorrectamente. La Casa Blanca, señaló la asesora, simplemente había brindado “hechos alternativos”.

Pero el estilo de Trump es precisamente la razón por la cual no es necesario -en este momento- preocuparse por el fin de la civilización: no le está ayudando a aplastar la Primera Enmienda, sólo se está interponiendo en su camino.

El nuevo presidente realmente tuvo un buen comienzo esta semana: sus nominados al gabinete parecen encaminarse a ser confirmados, incluso los más polémicos; firmó órdenes ejecutivas para comenzar a desmantelar Obamacare y retirar a la nación del pacto comercial del Pacífico, y amenazó a los ejecutivos de las automotrices para que dejen de trasladar empleos al extranjero, siempre un movimiento agradable hacia las masas.

¿Y cuál fue la noticia dominante? La aparente obsesión del presidente con temas secundarios, como el conteo de la multitud en su acto y los números de la votación.

Más importante aún, desacreditó su propia credibilidad (ya baja) y la de su nuevo secretario de prensa, Sean Spicer (quien llegó al puesto con reputación de honesto). Esa desventaja no puede borrarse. A Lyndon B. Johnson le tomó dos años ganarse la reputación de la “brecha de credibilidad”. Trump lo hizo en un fin de semana.

El martes, el New York Times empleó la palabra “mentira” para describir su afirmación acerca de los votantes ilegales. Eso no es una victoria para ningún presidente. Estas batallas tempranas no son bonitas, pero han tenido un efecto saludable: reforzaron a los medios en vez de entumecerlos. En lugar de devaluar la verificación de hechos, el nuevo gobierno de Trump acaba de convertirla en algo aún más importante dentro del trabajo de la prensa, y más necesario para el público.

Los verdaderos creyentes en Trump podrán unirse a los hechos alternativos, pero la mayoría de los estadounidenses creerán lo que sus ojos ven. Tal como informó el economista Ken Doctor, la circulación paga de los principales periódicos (incluido éste) ya comenzó a crecer, y las contribuciones a organizaciones periodísticas sin fines de lucro, como proPublica, han aumentado también.

Igualmente importante, estas colisiones han resaltado más que nunca que el llamado “periodismo de acceso” rara vez es tan valioso como el periodismo de investigación. Los reporteros de la Casa Blanca deben ignorar las propuestas de boicotear sesiones informativas o rechazar entrevistas con subordinados del presidente. Eso es tonto. Pero todos han sido anoticiados de que esas conferencias y entrevistas serán posiblemente tan útiles como hablar con los burócratas de nivel medio que ya están ansiosos por filtrar información.

“La respuesta es muy sencilla”, afirmó recientemente Martin Baron, editor del Washington Post. “Hagamos nuestro trabajo, tal como se supone que debemos hacerlo. El público espera eso de nosotros. Si no perseguimos la verdad y no la contamos con firmeza… la opinión pública no nos perdonará”.

El periodismo serio y sólido volverá a ponerse de moda. Siempre que recordemos cómo practicarlo.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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