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La lucha de dos nuevos propietarios angelinos por acomodarse en una casa de 552 pies cuadrados

No hace mucho tiempo, mi esposa y yo estábamos viendo -y odiando- un programa de TV acerca de casas diminutas.

“¿Quién querría alguna vez comprar algo tan pequeño?”, nos preguntamos desde nuestro apartamento de 1,100 pies cuadrados. Poco después, comenzamos seriamente a buscar una casa en Los Ángeles.

Aunque Sarah y yo hicimos una búsqueda rápida de viviendas cercanas a nuestro espacioso departamento de dos habitaciones y dos baños en Sawtelle, el precio medio por pie cuadrado de $860 en la zona significaba que teníamos aproximadamente un costo de $600,000 por encima de nuestro presupuesto. Así que, antes de que lo supiéramos, estábamos firmando el papeleo de una casa mucho más asequible -y mucho más pequeña-, recién renovada, en Echo Park.

¿Qué tan pequeña, exactamente? 552 pies cuadrados, la mitad de la sala de nuestro antiguo apartamento. Acabábamos de comprar una pequeña casa antigua, de dos dormitorios y un baño, y ahora debíamos averiguar cómo apretar nuestras vidas para que estuvieran a gusto en ella.

No éramos exactamente novatos en cuestiones de vivir en pequeños espacios. Sarah había habitado unos 300 pies cuadrados durante sus años en Brooklyn, y yo había pasado los peores años de la Gran Recesión acurrucado en un minúsculo estudio en East Hollywood.

Aun así, no estábamos del todo preparados para los grandes ajustes que debíamos hacer. Para empezar, estaban todas nuestras cosas. Viejos libros de bolsillo, prendas, una foto enmarcada de The Clash que guardábamos desde la universidad; todo tenía que irse.

Sarah me contó acerca de Marie Kondo, la autora exitosa que proclama un método sencillo para ordenar: tire todo lo que no “genere alegría”. Así que, mientras esperábamos que el trato se cerrara, hicimos exactamente eso.

Nos felicitamos por deshacernos del desorden y nos mudamos a nuestra nueva casa en septiembre. En cuestión de horas, nos dimos cuenta de que no habíamos sido suficientemente minuciosos. La casa nueva, con su cocina estrecha y sus pequeños cuartos, parecía más un almacenamiento público completo que un hogar.

Así comenzó la fase 2 de la purga. Esta vez fuimos por los muebles, y nos deshicimos de todo aquello de color oscuro (que quita luz en un espacio reducido) o gran tamaño (todo pie cuadrado cuenta cuando uno tiene menos de 600). Si algo no podía almacenar lo suficiente, debía irse también.

Una vez que hicimos eso, trajimos los gabinetes blancos para zapatos de Ikea, que instalamos en el comedor en lugar de un aparador, y en el dormitorio principal en lugar de una cajonera voluminosa. Nuestra cama de madera oscura y estilo midcentury-modern, y sus mesas de noche, dieron paso a una cabecera blanca y pequeñas mesas con profundos cajones compartimentados.

Guardamos bolsas de almacenamiento debajo del sofá y compramos una nueva cubierta de color gris claro para reemplazar la original, más oscura. Pusimos cajas de guardado también debajo de la cama y montamos la TV en la pared.

Finalmente, aprendimos a ajustarnos nosotros mismos, y nuestro gato hiperactivo, al nuevo espacio. Como los automóviles que recorren las calles más estrechas en las colinas de Hollywood, uno debe dejar espacio al otro en la cocina. Ahora debemos compartir un cuarto de baño -y todo el complejo calendario y los impacientes golpes en la puerta que ello conlleva-.

Hasta Kibby perdió su espaciosa caja de arena estilo iglú y ahora utiliza un cubo de gato escandinavo, al cual debe ingresar por una abertura en la parte superior.

Hace ya algunos meses que vivimos aquí, y está empezando a parecer un hogar. Cuando nos sentimos un poco ajustados adentro -algo que ocurre-, nos podemos sentar en el patio, admirar la (extremadamente) parcial vista del centro desde nuestra cubierta trasera, o acudir al Bar Bandini para una copa de vino y un respiro.

Quizás seamos propietarios accidentales de una casa pequeña, pero sólo por achicarnos es que pudimos comprar una propiedad en L.A. Estamos agradecidos de tener un lugar al que llamar ‘propio’, y al menos no se trata de una tienda de campaña.

Para leer esta historia en inglés haga clic aquí

Traducción: Valeria Agis


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