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Mexicanos desconcertados por el implacable antagonismo de Trump

El pasado miércoles, en la ciudad fronteriza de Tecate, México, nuevos graduados de la policía de Baja California -Academia de Seguridad Pública del Estado- aceptan sus diplomas (Robin Abcarian / Los Angeles Times).

El pasado miércoles, en la ciudad fronteriza de Tecate, México, nuevos graduados de la policía de Baja California -Academia de Seguridad Pública del Estado- aceptan sus diplomas (Robin Abcarian / Los Angeles Times).

La ceremonia de graduación de la academia de policía en Tecate, México, fue un asunto solemne.

Mientras cientos de familiares observaban, 106 flamantes oficiales prestaron atención, marcharon por el lugar y aceptaron sus diplomas de manos de funcionarios policiales y políticos locales, con apretones de manos y sonrisas.

La mayoría de los nuevos oficiales serán desplegados en Tijuana, donde la tasa de homicidios ha aumentado. La policía atribuye el aumento de la delincuencia no al tipo de violencia de los cárteles, que azotó la ciudad y causó estragos en el turismo en 2008, sino a las luchas territoriales de los pequeños traficantes.

Quizás estos eran los ‘bad hombres’ a los que se refirió el presidente Trump cuando le dijo al presidente mexicano, Enrique Peña Nieto el otro día, según Associated Press, que si México no podía mantener su seguridad, él podría enviar allí tropas estadounidenses (ambos hablaron por teléfono en un intento de suavizar las tensiones, luego de que Peña Nieto cancelara una reunión en la Casa Blanca en respuesta a los tuits de Trump respecto de quién pagará por el muro fronterizo).

El envío de tropas es una sugerencia ridícula -incluso si fue hecha en broma-, pero tristemente no parece inusual para nuestro comandante en jefe, quien en sus dos primeras semanas impuso una prohibición de viajar que penalizó mayormente a los refugiados e inmigrantes musulmanes, insultó al primer ministro australiano, emitió mensajes contradictorios sobre los asentamientos israelíes y amenazó con quitarle financiación federal a UC Berkeley después de que una protesta contra Milo Yiannopoulos, agitador de Breitbart, se volvió violenta.

El miércoles por la mañana conduje al sur de la frontera para dialogar con los mexicanos acerca de la persistente necesidad de Trump de rivalizar con nuestro país vecino, aliado y tercer socio comercial más importante. Desde el momento en que anunció su candidatura, el ahora presidente denigró a los mexicanos, a quienes llamó “violadores” y “criminales”, y su obsesión por cerrar la frontera no ha mostrado signos de disminución.

“Trump apela a la gente que realmente no entiende qué es la frontera”, señaló Inés García Ramos, periodista de temas policiales y seguridad pública del semanario Zeta, de Tijuana. García cubrió la graduación de la academia de policía y me invitó a participar. “Quiero decir, ya hay un muro. Lo hemos visto a diario desde que somos niños; no recuerdo una época en la cual no hubiera una barrera”.

Este es el quid de la ignorancia de Trump, que sus seguidores abrazan. No tienen ni idea de lo que es realmente nuestra bulliciosa frontera; no saben que un tercio de las 2,000 millas que separan estos dos países ya está tomado por muros y vallas, y que la agricultura sufriría sin los trabajadores migrantes.

O quizás lo saben y no les importa, porque es mucho más fácil encontrar chivos expiatorios que soluciones.

En el cruce fronterizo más concurrido del mundo, San Ysidro, el muro es una plaga en el paisaje hace años. A pesar de la desagradable barrera, una sociedad bicultural rica prospera a su sombra. Es común para los mexicanos cruzar diariamente para asistir a la escuela en el área de San Diego, o para trabajar. Los estadounidenses que no pueden pagar los alquileres en California viven en Tijuana y sus alrededores, y viajan a diario para trabajar en los EE.UU. Sus cheques de pago rinden mucho más en México, especialmente ahora que el peso ha caído drásticamente en relación con el dólar.

García Ramos, de 28 años de edad, nació en Los Ángeles pero vive desde siempre en Baja. Ella es una ciudadana dual y no tiene problemas para cruzar por trabajo o diversión. En la noche de las elecciones, dijo, estaba en San Diego lista para informar la victoria de Hillary Clinton. Tan pronto como quedó en claro que Trump ganaría, condujo hacia un refugio de Tijuana que alberga a mexicanos deportados que son veteranos militares estadounidenses o madres de ciudadanos estadounidenses. “Deportados veteranos y mamás dreamers”, detalló García Ramos. “Así es como se llaman a sí mismos. Estaban en estado de shock. Sentían total desesperación”.

Nos reunimos en las oficinas de Zeta, en un barrio residencial. Cuando nos dirigimos a Tecate, a una hora hacia el este, pasamos por decenas de maquiladoras, cuyo auge se basó en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés) en 1994, un objetivo frecuente de la ira de Trump. En estos edificios sin ventanas, los mexicanos hacen televisores Samsung, instrumental médico, compartimentos aéreos para aviones de pasajeros, todo mayormente para exportación. Pasamos más adelante la gran planta de Hyundai. Una fábrica mostraba el letrero con la frase “se solicita personal masculino”.

“La gente que trabaja allí gana 200 pesos por día, ¿que representa cuánto?, ¿Diez dólares?”, se pregunta García. “No veo cómo estas empresas van a pagarle a alguien en los EE.UU. diez veces más por un trabajo para el cual ya han hecho una inversión en Tijuana. Es muy tonto Trump cuando dice que recuperará todos esos empleos”.

Conocí a García Ramos hace un par de años, cuando cubrimos el triste caso del exsargento de marina Andrew Tahmooressi, quien accidentalmente cruzó la frontera hacia México con armas cargadas y terminó en una cárcel por siete meses. El abogado de Tahmooressi fue Fernando Benítez, un defensor criminal de Tijuana que representa a menudo a ciudadanos estadounidenses. El miércoles por la mañana pasé a verlo antes de encontrarme con García; su gran oficina en el séptimo piso de un edificio ubicado en el barrio Zona Río, con ventanas de piso a techo, tiene una vista amplia de la ciudad.

Benítez, quien posee una casa en la playa, cerca del fallido resort de Trump, reconoció que cuando era adolescente se sentía fascinado por el libro “The Art of the Deal”, del ahora presidente estadounidense. “Pensaba: ‘Éste es un tipo que sabe lo que quiere y no tiene vergüenza de ir a por ello’”, contó. “Pensaba que tenía una personalidad muy seductora; era mi versión de todo a los 14 años de edad”.

Ahora, reconoce, está perplejo. “No entiendo cuál es su juego. He intentado leer y comprender al asesor Steve Bannon, porque creo que es clave para todo esto. Pero no puedo entender nada; no comprendo qué quieren lograr”, aseguró.

Aquí, del lado californiano de la frontera, tampoco podemos.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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