Anuncio

Hay 63 mil niños sin hogar en Los Ángeles; estos son los menores de Skid Row

×

The School on Wheels program aims to help kids living in a homeless situation by providing tutoring and counseling to keep them focused on education.

Sus miradas pasan de la alegría a la fatiga, mientras caminan de la mano y observan las tiendas de campaña a las personas y perciben los olores.

Los más pequeños no ponen atención, tienen sus rostros en blanco. Los mayores observan todo fijamente.

Estos son los niños de Skid Row; afroamericanos, blancos, latinos. Visten zapatillas deportivas Adidas de color rosa y rojo, traen los dedos pulgares en sus bocas o aretes que destellan como diamantes en sus orejas y ya muestran el primer indicio de vello facial sobre sus labios. Son hermanos y amigos que profesan su amor mutuo, que gustan de escuchar música mientras estudian y que hablan en clase sin levantar la mano.

Podrían ser cualquier niño.

La mayoría de ellos se despierta en el albergue Union Rescue Mission, van a la escuela y después reciben ayuda de tutoría en el Centro de Aprendizaje Escuela sobre Ruedas en Skid Row, ubicado entre Seventh Street y San Pedro. Los habitantes de la calle observan su reflejo sobre el espejo que protege a los niños de la vista pública.

Dos veces a la semana, y después de las sesiones de tutoría, los niños caminan una cuadra y media desde la Escuela sobre Ruedas para jugar en el gimnasio de Union Rescue Mission. De la mano de sus tutores van de dos en dos tomados de la mano, sobre la acera de San Pedro Street.

A veces, las peleas se detienen. A veces, las personas apartan sus drogas de la vista o les dicen a los niños que permanezcan en la escuela. ‘Este no es lugar para ustedes’, dicen sin pronunciar palabra.

El número de jóvenes sin hogar -alumnos de escuelas y sus hermanos- parece ir en aumento. En 2014-2015, la Oficina de Educación del condado de Los ángeles estimó la cifra en casi 55,000. El conteo preliminar para el último año escolar fue de 62,931. En octubre, el Distrito Escolar Unificado de Los Ángeles (LAUSD) identificó a 14,500; lo cual significa que uno de cada 45 estudiantes en el segundo distrito escolar más grande del país no tiene una vivienda estable.

Algunos viven en moteles, o con familiares, o en refugios dispersos por todo el condado.

La vida en Skid Row es diferente.

En el corto tramo entre la escuela y el albergue, los niños a menudo ven cosas no aptas para ojos tan pequeños. Así ocurrió en estos momentos, durante cinco paseos realizados este otoño.

Algunos de los niños son llamados por sus nombres de pila solamente, por el miedo que tienen las familias de que sus hijos sean acosados en la escuela si sus compañeros se enteran de que no tienen hogar.

::

“¡Todos en pareja!”, grita Allison Maldonado, instructora principal de Escuela sobre Ruedas, quien lleva una camiseta gris y pantalones de mezclilla, su cabello oscuro cortado en melena, y la parte inferior rapada para evitar los piojos. Su trabajo en Escuela sobre Ruedas la obliga a recibir vacunas con regularidad para protegerse contra la tuberculosis. En Skid Row, ella lleva botas o zapatillas de deporte, y jamás se apoya contra las paredes o los postes.

De dos en dos, los estudiantes se forman en línea afuera del centro de aprendizaje, junto al Mercado Green Apple, sobre Seventh Street. Mientras un voluntario le entrega una pieza de queso a cada uno de ellos, un hombre que lleva una camiseta se arrodilla contra la pared del centro de aprendizaje, sin bloquearles su camino. Los estudiantes pasan alrededor de él.

En la acera hay basura, pero los niños no agregan más al montón. Ke’Juan, un niño de 13 años de edad, con cabello rizado y penetrantes ojos de color azul-verde, camina en la fila, sosteniendo una bolsa de papel para recolectar los envoltorios de los palitos de queso.

::

Los niños pasan a través de un grupo de tres tiendas de campaña en las cuales viven personas. Perciben el olor de marihuana. También huelen el hedor de la orina. En ocasiones, se advierten unos a otros para no pisar los charcos.

Stephone tiene seis años y es pequeño. Va vestido de color amarillo, cargando una mochila de Spider-Man. Entre Seventh Street y San Pedro, un hombre lo golpea juguetonamente sobre la cabeza. “¿Qué haces?”, pregunta Stephone.
El hombre lo hace otra vez. Stephone grita: “¡Me acaba de golpear en mi cabeza!”.

Ha tenido una tarde difícil. Invitó a una niña a la fiesta de graduación, sólo para ser rechazado y enterarse de que ese baile es únicamente para los niños más grandes. Entre sus manos apretuja las correas de su mochila.

Aunque es un día caluroso, pasan caminando al lado de un hombre que lleva un suéter rojo. Está reclinado contra una puerta, rebuscando entre la bolsa con diseño de camuflaje sobre la cual está sentado; sus piernas cubiertas por unos pantalones rasgados.

Shakira come unas galletas Goldfish de queso cheddar mientras camina. La chica alta de 12 años de edad, con trencitas, proviene originalmente del Mississippi. En el albergue, duerme en su cama con tres ositos de peluche y quiere ser doctora. En el techo del refugio una vez vio a un hombre correr agua sucia a través de los filtros. Eso era algo totalmente nuevo para ella, tal como lo que siguió: cuando le pidió un sorbo de agua, el sujeto intentó cobrarle.

Los niños pasan junto a un conjunto de cosas: una tienda de campaña solitaria, una bicicleta negra torcida y una mujer en un carrito de supermercado envuelto con una lona azul.

Cuando Maldonado no logra que los estudiantes se concentren o se comporten, los lleva afuera y señala. ‘¿Es ése el futuro que desean para ustedes?’, les pregunta. ‘Sus padres no quieren que ustedes sean indigentes’.

A media cuadra entre las calles Sixth y Seventh, los jóvenes comienzan a cantar. “¡Niños pasando! ¡Niños, niños pasando!” . “¡Más fuerte!”, dice Maldonado. Y entonces gritan. “Lo hacemos para que las personas se oculten si están haciendo cosas malas”, cuenta Kamylah Mayfield, de 9 años. Como ese hombre que pasó corriendo con un cuchillo, un día, y que hizo que Shakira y su madre huyeran para esconderse.

Kamylah camina con su hermana, Kelyese. Están contentas de estar fuera del albergue y en una vivienda transitoria, dice Kelyese, porque en el refugio “hacen que te apures... y que apagues la luz temprano”.

Kelyese está aprendiendo en la escuela sobre la Revolución Neolítica, pero está un poco perdida. En lugar de poner atención en clase, ha estado leyendo el libro “Bad Kitty”.

Pasan junto a una mujer que recoge latas de refrescos y las aplasta ruidosamente contra el cemento antes de dejarlas caer, una por una, dentro de una bolsa de basura.

Jordan Dibert, de 17 años de edad, con unos amplios pantalones cortos y una gorra de los Dodgers, va en la parte posterior de la línea. Es el alumno más antiguo del programa y ya luce un cierto vello facial sobre sus mejillas. Sostiene una patineta mientras ayuda a los más jóvenes a mantenerse en fila. Cuando murió su padrastro, su familia fue desalojada de su hogar. Ahora él y su madre viven en el refugio. Jordan ha estado hablando con un amigo en Barstow para encontrar una casa. Su situación, dice, es “sólo un bache en el camino”.

Una niña de 7 años de edad en un “vestido negro de iglesia”, con broches de flores sobre su cabello trenzado, se aferra a una de las tutoras de la Escuela sobre Ruedas y salta para no pisar goma de mascar y pañuelos de papel. Kamilah habla elocuentemente, pero duda de sus habilidades. Tan sólo unos minutos antes le había dicho a un tutor que ella no podía leer; luego lo hizo.

Cuando vivía en Las Vegas tenía una habitación grande, de color rosa, cuenta, “porque soy una niña de papi y una princesa”. Ahora vive en el albergue desde agosto, en una habitación con tres pares de literas, cada una con una familia diferente.

En la esquina oriental de Sixth Street, un hombre barbudo se sienta sobre una cubeta. Mira a los niños con nostalgia mientras entrecierra los ojos hacia el sol. Una mujer demacrada y jorobada habla con él. A medida que pasa el grupo, ella deja de hablar, su boca cerrada con tanta fuerza que sus labios podría estar cosidos. Unos pocos pasos más adelante pasan junto a un hombre que duerme sobre hojas de árboles y cajas de cartón aplanadas.

En San Pedro hay otra hilera de tiendas de campaña, seis de ellas en un estacionamiento. Afuera de una, un hombre en proceso de desnudarse ve a los niños y se vuelve a poner su camiseta. Ke’Juan ladea su cabeza hacia abajo y tose; Shakira le da sorbos a su botella rosa de agua.

Algunas tiendas de campaña venden cosas, como dulces, pero Shakira sabe que debe evitarlas: “No compro nada porque tengo miedo de que estén envenenados”, asegura.

Antes de cruzar Sixth Street, un hombre muestra los músculos de sus brazos y grita: “¡Poder infantil!”. Para cruzar la calle, pasan al lado de una mujer con un carrito de supermercado, que se detuvo en medio del cruce peatonal mientras pasan los carros. Del otro lado de Sixth Street hay personas sentadas sobre una hilera de sillas, algunos juegan al ajedrez. El albergue se hace visible. Tres mujeres ese balancean alrededor de una radiograbadora. Alguien dice: “Vienen los niños”.

El pavimento afuera del refugio tiene su propio tipo de bullicio. “Ir a la escuela, sacar solo calificaciones A”, dice una mujer con una gorra de la UCLA, mientras sale y se aleja del edificio. “Tienes que estudiar y sacar muchas A. Bueno, las B también están bien”.

Una anciana con un vestido de color azul y verde se inclina mientras batalla para empujar un carrito lleno hasta el borde; un oso panda de peluche amenaza con caerse. Contra la pared de azulejos del refugio se encuentra una mujer sentada, que limpia sus ojos con una mano mientras que la otra sigue oculta dentro de una bolsa marrón de Ralph’s. Su rostro está sudado y luce sin expresión.

Una niña pequeña intenta adelantarse hacia el albergue, pero Jordan la detiene.

Maldonado abre la puerta.

::

Momentos después, tan pronto como suben dos tramos de escaleras, son libres para ser niños otra vez: corren en un gimnasio, patean pelotas, tiran canastas, practican marometas y juegan a las escondidas detrás de las redes de fútbol.

Están en casa. Por lo menos, así es su casa por el momento.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí

Traducción: Diana Cervantes


Anuncio