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Cruces fronterizos en su punto más bajo en 17 años; el Valle del Río Grande es cada vez más tranquilo

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The number of illegal border crossings is down to the lowest it’s been in 17 years. (April 10, 2017) (Sign up for our free video newsletter here http://bit.ly/2n6VKPR)

Poco a poco, el camión de la Patrulla Fronteriza se abrió paso a través de la oscuridad; sus faros iluminaban un camino desértico y arenoso, enmarcado por largas hierbas y árboles de mesquite amarillo.

“Esta zona solía ser muy intensa”, afirmó Marlene Castro, una agente supervisora de la Patrulla Fronteriza, mientras exploraba la vía a seguir para los inmigrantes que habían cruzado sin autorización el Río Grande, hacia los EE.UU. “No podías moverte. Cada vez que doblabas una esquina, te encontrabas con un grupo tras otro”.

HIDALGO, TEXAS; viernes 24 de marzo de 2017.- La agente de la Patrulla Fronteriza de los EE.UU. Marlene Castro (izquierda) habla con Darwin, de 11 años, un menor hondureño no acompañado, luego de que el niño ingresara sin autorización a los EE.UU. a través del Río Grande con al menos otros dos menores, en Hidalgo, Texas (Brian van der Brug / Los Angeles Times).

HIDALGO, TEXAS; viernes 24 de marzo de 2017.- La agente de la Patrulla Fronteriza de los EE.UU. Marlene Castro (izquierda) habla con Darwin, de 11 años, un menor hondureño no acompañado, luego de que el niño ingresara sin autorización a los EE.UU. a través del Río Grande con al menos otros dos menores, en Hidalgo, Texas (Brian van der Brug / Los Angeles Times).

(Brian van der Brug / Los Angeles Times)

A las 10 p.m. de un viernes, este cruce alguna vez muy bullicioso -un tramo de matorrales silvestres entre el Río Grande y las extensas ciudades fronterizas de Hidalgo y McAllen, en Texas- está desolado. Las únicas señales de vida, además de la extraña presencia de gatos salvajes- son los agentes de la patrulla fronteriza, que acechan la orilla del camino desde sus camionetas y camionetas SUV.

En toda la frontera sudoeste, el número de inmigrantes atrapados durante cruces no autorizados a los EEUU ha caído drásticamente. Menos de 12,200 personas fueron arrestadas en marzo pasado, lo cual marca un descenso del 64% respecto de la misma época del año pasado, y el menor número mensual en al menos 17 años.

Aquí, en el Valle del Río Grande, punto cero desde 2014 para el flujo de solicitantes de asilo que huyen de la violencia y persecución en Centroamérica, el número de familias y niños no acompañados atrapados mientras intentaban ingresar al país se ha desplomado de 291 al día, en enero pasado, a apenas 37 en marzo.

Expertos en migración, agentes de la Patrulla Fronteriza y defensores ofrecen muchas explicaciones para esta fuerte caída, desde la agresiva postura del presidente Trump para asegurar la frontera y la cobertura mediática de las recientes redadas, hasta un incremento en la seguridad fronteriza en México. El aumento de las tasas de contrabando también podrían ser un factor.

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Rio Grande Valley border crossing (Brian van der Brug / Los Angleles)

“Realmente ya no hay parámetros normales”, afirmó Castro, quien ha trabajado para Aduanas y Protección Fronteriza durante casi 20 años e insiste en que los agentes no están haciendo nada distinto; las órdenes ejecutivas del gobierno de Trump simplemente están haciendo cumplir las leyes ya existentes.

“¿Vas a arriesgar un viaje de 1,000 millas y pagar $8,000 dólares para ser presa de los contrabandistas si no estás seguro de que podrás quedarte [en ese país]?”, preguntó Castro, al ofrecer su razón por la cual cree que hay menos solicitantes de asilo.

“Yo no lo haría”.

El gobierno de Trump rápidamente tomó crédito por la caída en los arrestos. El miércoles pasado, el secretario de Seguridad Nacional, John Kelly, testificó ante un comité del Senado que la disminución de los inmigrantes atrapados al cruzar la frontera no es “accidental”, y reconoció “el apoyo de nuestro liderazgo en la Casa Blanca”. En tanto, la Casa Blanca emitió un comunicado donde afirmó que “el compromiso del presidente de asegurar nuestra frontera y apoyar la aplicación de la ley ya está dando resultados”.

Sin embargo, aunque el presidente Trump ha avanzado con su fuerte retórica, ha habido pocos cambios oficiales en la aplicación de la ley en las fronteras. Reunir los fondos para construir un muro expandido en la frontera tomará años, si es que sucede finalmente.

La agente Marlene Castro, de la Patrulla Fronteriza de los EE.UU., vigila a los narcotraficantes e inmigrantes que cruzan sin permiso el Río Grande en Hidalgo, Texas (Brian van der Brug / Los Angeles Times).

La agente Marlene Castro, de la Patrulla Fronteriza de los EE.UU., vigila a los narcotraficantes e inmigrantes que cruzan sin permiso el Río Grande en Hidalgo, Texas (Brian van der Brug / Los Angeles Times).

(Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Si bien se había reportado que los funcionarios de Seguridad Nacional exploraban separar adultos de niños que fuesen atrapados cruzando sin autorización la frontera, Kelly descartó esa opción el miércoles, cuando afirmó ante un comité del Senado que había ordenado que las madres no fueran separadas de los niños a menos que una vida esté en riesgo.

Sin embargo, la postura estridente de Trump sobre la inmigración sin permiso parece haber creado vacilación en algunos potenciales inmigrantes. “Hay una percepción de que es muy difícil cruzar a los Estados Unidos y permanecer allí”, aseguró Guadalupe Correa-Cabrera, profesora asociada de asuntos públicos y estudios de seguridad en la Universidad de Texas Río Grande Valley. “Los hace pensar dos veces, porque el compromiso es muy grande”.

En Centroamérica, la noticia de los planes de Trump de construir un muro y deportar a las personas indocumentadas se difundió rápidamente, señaló Correa-Cabrera. Muchos ahora calculan si vale la pena pagar a los contrabandistas entre $7,000 y $11,000 para conducirlos por las muy peligrosas rutas hacia el norte.

El agente de la Patrulla Fronteriza de los EE.UU. Dave Thomas examina huellas dejadas por inmigrantes que se toparon con terrenos de grandes arbustos después de cruzar sin autorización el Río Grande en Fronton, Texas (Brian van der Brug / Los Angeles Times).

El agente de la Patrulla Fronteriza de los EE.UU. Dave Thomas examina huellas dejadas por inmigrantes que se toparon con terrenos de grandes arbustos después de cruzar sin autorización el Río Grande en Fronton, Texas (Brian van der Brug / Los Angeles Times).

(Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Otro factor, según los analistas, es que los contrabandistas aprovecharon el clima político de los EE.UU. hacia fines del año pasado, alentando a más personas a cruzar antes de que Trump asumiera el cargo. “Su discurso de ventas a la gente en América Central era: ‘Si quiere entrar en los EE.UU., será mejor que venga ahora, antes de que se construya el muro y comiencen las deportaciones masivas’”, aseguró Eric L. Olson, director asociado del Programa Latinoamericano en Woodrow Wilson International Center for Scholars, en Washington D.C. “Eso ha desalentado a algunos”.

Mientras que el número de personas que cruzan la frontera es significativamente menor -y no sólo una fluctuación estacional- muchos expertos en migración coinciden en que es demasiado pronto para detectar un patrón a largo plazo.

“La gente puede estar esperando el mejor momento y posponiendo su viaje por unos meses”, advirtió Faye Hipsman, una analista de políticas en el Migration Policy Institute. A largo plazo, el número de inmigrantes atrapados en la frontera ya había experimentado una fuerte caída en 2016 (415,000), en comparación con la cifra de 2000 (1.6 millones).

No obstante, en ese tiempo ha habido fluctuaciones constantes: en 2015, los números cayeron cuando México intensificó el control y los EE.UU. advirtieron a los ciudadanos centroamericanos que no se les permitiría la permanencia en este país. Sin embargo, las cifras volvieron a subir en 2016.

“Se trata de un período de espera para todos; niños, familias, migrantes más tradicionales y hasta contrabandistas”, afirmó Hipsman. “Si las políticas no cambian y nada cambia en las vidas de las personas, los números probablemente volverán a subir”.

Más de 3,000 agentes de la Patrulla Fronteriza ya monitorean la frontera de 315 millas del sector del Río Grande, y muros de hormigón y cercas metálicas atraviesan algunas de las áreas más pobladas. También existe un muro virtual; una serie de dirigibles de radar, cámaras y sensores de tierra, ubicados en puntos especiales para detectar personas que se mueven en el terreno.

Sin embargo, Manuel Padilla, jefe del sector de la Patrulla Fronteriza en el Valle del Río Grande, quisiera que el extremo más meridional de Texas se beneficie también con el gasto enorme que transformó a California, Arizona y Nuevo México. “Necesitamos la pared, o una combinación de muro y vallado, para impedir que la gente venga”, afirmó. “Algunos dirán: ‘Eso no detiene a las personas’, pero las ralentiza para que podamos responder”.

En McAllen, Texas, justo al norte de Hidalgo, la hermana Norma Pimentel, directora ejecutiva de las Caridades Católicas del Valle del Río Grande, observó cómo el número de inmigrantes que pasaban por su refugio, en la Iglesia del Sagrado Corazón, cayó de 150 por día a 50 por semana.

Con su refugio prácticamente vacío, lleno de pilas de pasta de dientes, camisetas, zapatos deportivos, biberones y pañales, Pimentel se preocupa por las familias que enfrentan la violencia en Honduras, Guatemala y El Salvador: ¿Se quedan en casa, en Centroamérica? ¿Están atrapadas en México? ¿Tomarán rutas más remotas y se expondrán a mayores peligros? “La gente tiene miedo”, afirmó. “Las madres viven con miedo de las pandillas y temen por la vida de sus hijos. Eso no ha cambiado. No tener esa certeza de contar con un lugar más seguro donde ir solo pone todo en espera para ellos”.

Sin embargo, un pequeño hilo de migrantes sigue cruzando. Mientras Castro recorre la ladera plana del Río Grande a la altura de Hidalgo, sus faros se posan finalmente en una mujer y dos niños pequeños, a unos metros de distancia. Con los ojos muy abiertos, el trío caminó hacia su patrulla.

La agente presionó los frenos y bajó de su Chevy Tahoe blanca y verde. “¿De dónde es, señora?”, le preguntó en español, entregándole una botella de agua. Tocándose el vientre, Bacssy García Oseguera, de 27 años, una mujer delgada, de pelo castaño dorado peinado con una cola de caballo, le respondió a Castro que estaba embarazada de tres meses. Ella y su hija de seis años, Joyce, viajaron 1,500 millas desde San Lorenzo, Honduras, para escapar de su esposo abusivo y de las pandillas, y buscar asilo en los EE.UU. El niño a su lado no era su pariente, advirtió. Se les unió apenas cruzaron el río.

Mientras Castro hacía preguntas, Darwin, de 11 años, seguía de pie, con la frente fruncida y sus piernas separadas, como si tratara de convocar mentalmente la fuerza del robot de animé impreso en su camiseta. Después de buscar en el bolsillo de sus vaqueros una copia doblada de su certificado de nacimiento, le dijo a Castro que intentaba unirse a su padre en Nueva York. Oseguera también entregó su tarjeta de identificación y tres copias del certificado de nacimiento de Joyce, diciendo que esperaba unirse a su prima en Houston.

“¿Cuánto pagaste por estar aquí?”, preguntó la agente.

Oseguera sacudió la cabeza, indicando que no había pagado a nadie.

“Señora”, dijo Castro con severidad, alzando su voz. “¡Por favor!”.

Nuevamente, Oseguera insistió en que no había pagado a nadie, lo cual exasperó a la agente. “¡Por favor!”, volvió a exigirle. “No se puede cruzar desde México sin uno de los cárteles. Nada es gratis”.

Oseguera comenzó a llorar. Le dolía el estómago, dijo, y había caminado en la oscuridad durante más de una hora. “Déjeme llamar a mi primo y me pondré a trabajar”, suplicó.

Eventualmente, los tres fueron palpados y se les pidió que se retiraran sus cordones. Luego se los transportó a una furgoneta blanca que los llevaría a un centro de procesamiento, a pocos kilómetros al norte, en McAllen.

Con un suspiro, Castro volvió a su Chevy y volvió al camino lleno de baches, donde sólo encontró agentes de la Patrulla Fronteriza.


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