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Cómo sus prejuicios raciales pueden cambiar en menos de lo que dura un latido

Los juicios apresurados que hacemos sobre personas de otras razas están influenciados por el latido de nuestro corazón, según demuestra un nuevo estudio (José J. Santos / Los Angeles Times).

Los juicios apresurados que hacemos sobre personas de otras razas están influenciados por el latido de nuestro corazón, según demuestra un nuevo estudio (José J. Santos / Los Angeles Times).

En los humanos, la distancia entre el cerebro y el corazón puede ser de un pie o mayor. Pero cuando se trata de procesar emociones tan crudas como el miedo y los prejuicios raciales, una nueva investigación descubrió que los dos órganos están más cerca de lo que creemos.

El estudio demostró que los juicios rápidos que los humanos hacemos acerca de las personas de color están exquisitamente en sintonía con un mecanismo que también opera casi enteramente más allá de nuestro control consciente: el latido de nuestros corazones.

Durante el momento en que el corazón expulsa sangre de sus cavidades inferiores, los fisiólogos saben que señales eléctricas corren hacia una de las estructuras más primitivas del cerebro humano -la amígdala, que procesa el miedo y responde a la amenaza- y la ponen en alerta. En el breve interludio en que el músculo cardíaco se relaja antes de bombear de nuevo, nuevas señales eléctricas se dirigen a la amígdala, aunque brevemente, para que se distienda.

Esa conexión mente-cuerpo, por supuesto, es poderosa y ayuda a explicar por qué una oleada de ansiedad o emoción nos pone nerviosos y nos prepara para huir, o nos pone a luchar cuando estamos bajo ataque.

Sin embargo, a veces los trucos mentales y corporales que evolucionaron para mantenernos a salvo nos hacen ver peligro donde no existe. En una serie de experimentos publicados este martes en la revista Nature Communications, psicólogos británicos demostraron que los juicios que presumen erróneamente que una persona de raza negra representa una amenaza son más comunes cuando el corazón ha enviado una señal a la amígdala para que preste atención, en lugar de cuando ésta se encuentra ‘fuera de servicio’.

Los investigadores realizaron una serie de pruebas para el “sesgo implícito” a 32 sujetos experimentales, casi todos ellos blancos. La creciente evidencia en esta línea de investigación sugiere que incluso cuando la gente no alberga ningún racismo manifiesto, a menudo asignan más atributos estereotipados -mayormente negativos- a las personas con características africanas que a las de raza blanca.

Los experimentos realizados en el estudio ciertamente encontraron evidencia de sesgo implícito, pero también detectaron cuán profundamente arraigados están tales juicios en los tipos de procesos de evaluación que ayudan a los humanos a sobrevivir y prosperar en un mundo lleno de peligros.

“Todos sabemos que, en gran medida, los estereotipos sociales y raciales parecen estar embebidos en nuestra cultura”, afirmó el psicólogo Manos Tsakiris, de la Universidad de Londres, autor principal del estudio. “Lo que demostramos con esto es que también se encarnan en nuestra fisiología”.

El sesgo implícito se ha convertido en un tema político del momento. Durante y en los días posteriores a su primer debate, los candidatos presidenciales Hillary Clinton y Donald Trump se pusieron de acuerdo sobre la idea de que el sesgo implícito podría contribuir a los tiroteos policiales contra los hombres de raza negra. Trump, ahora presidente electo, ridiculizó la sugerencia de Clinton de que más entrenamiento podría ayudar a combatir dicho problema.

Los investigadores prepararon a los sujetos a percibir una amenaza (ver una pistola en lugar de una herramienta o un teléfono en la mano de un hombre), mostrándoles primero una foto del rostro de un hombre negro. En los casos en que ese ‘detonador’ coincidía con un latido del corazón, los sujetos eran más propensos a asumir que el hombre de la fotografía sostenía una pistola (independientemente de si era una llave inglesa o un celular). Cuando el detonador se generaba entre latidos, los sujetos tendían a distinguir entre un arma y objetos comunes.

En el ser humano promedio, este flujo y reflujo de peligro percibido ocurre unas 72 veces por minuto. Pero en una persona que, por ejemplo, recorre una calle oscura en una ciudad desconocida, o responde a un frenético pedido de auxilio, este ciclo de “cuidado/todo tranquilo” se acelera.

Los autores sugieren que eso hace que las personas bajo estrés sean más propensas a los sesgos implícitos, especialmente cuando hay una amenaza de peligro. Los investigadores intentaron “favorecer” los sesgos implícitos que se trataban menos acerca de una amenaza y más sobre creencias culturales -por ejemplo, que los negros son mejores atletas que los blancos- y no encontraron mayor sesgo durante el latido o entre latidos.

En las situaciones reales en que un oficial persigue a un sospechoso, por ejemplo, “un latido más fuerte y rápido genera un mayor potencial en esas señales y ello resulta en un comportamiento más racista y estereotipado”, sugirió la coautora Sarah N. Garfinkel. Aunque esto puede tener “consecuencias devastadoras” en la vida real, remarcó la especialista, “el entrenamiento que hace que una persona esté más consciente de sus sesgos implícitos parece funcionar bien para ayudarla a evaluar sus posibles amenazas de modo más preciso”.

Si desea leer la nota en inglés, haga clic aquí.

Traducción: Valeria Agis


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