'Brendon no debía morir': dudas y dolor en la familia del hombre asesinado por la policía en Venice

Cuando Brendon Glenn llegó a Venice, se sintió realmente cautivado por uno de los sitios más célebres de L.A.; un ecléctico tramo de playa que atrae hace décadas a viajeros como él, de 29 años de edad.

El nativo de Nueva York se había embarcado en un viaje de un año para encontrar trabajo y aventuras en California, donde se maravillaba con el sol abundante y los aguacates frescos. En Venice halló personas que, al igual que él, amaban las tablas de skate y pasar tiempo sobre la arena.

“Hay una playa realmente fantástica”, dijo Glenn a su madre, durante una de sus llamadas telefónicas habituales. “La playa de Venice”.

Pocos días después, Glenn fue baleado por un oficial de policía de L.A.; un episodio que provocó la ira no sólo de la comunidad costera sino también activó el prolongado debate nacional acerca de la policía. Gran parte de ese escrutinio se ha centrado en los tiroteos policiales contra hombres negros y latinos. Glenn era negro, al igual que el oficial que le disparó.

La muerte de Glenn provocó un acuerdo legal por cuatro millones de dólares con su familia y la recomendación del jefe del Departamento de Policía de Los Ángeles, Charlie Beck, de que los fiscales acusen al oficial que disparó, la primera vez en su rol de jefe que Beck sugiere cargos penales contra un oficial en ejercicio por un tiroteo fatal.

Mientras la oficina del fiscal de distrito sopesa el procesamiento, la madre y la hermana de Glenn describen su enorme incredulidad y es que aún les cuesta creer que el joven esté muerto.

Su deseo de ver al policía tras las rejas y su frustración porque Glenn es ahora ampliamente conocido, al menos en Los Ángeles, como un hombre sin hogar y desarmado, que fue baleado por la policía.

Glenn era un aventurero que no temía a los desafíos, señalan ambas, alguien que siempre estaba dispuesto a ayudar o a hablar con cualquier persona. Le encantaban las bromas y el Cinnamon Toast Crunch; estaba cerca de su familia y había asistido a las graduaciones de cada una de sus hermanas menores.

“La gente no parece saber qué tipo de persona era él”, afirma Brittany, su hermana. “Eso duele hasta el alma”. La mujer señala que los comentarios del jefe, junto con la decisión de la Comisión de Policía, a comienzos de este año, demostraron que el asesinato había sido un error. No obstante, eso no cambia el hecho de que su hermano esté muerto. “Ésa es la parte en la cual nosotros, los familiares, estamos solos y en duelo, y nos preguntamos qué va a pasar con todo esto”, manifiesta. “¿Cuál será el castigo?”.

La noche en que Glenn fue asesinado, el oficial Clifford Proctor y su compañero respondían a una queja de que un hombre desamparado estaba acosando a los clientes fuera de un restaurante, en Windward Avenue, informó la policía. Cuando las autoridades se acercaron, Glenn comenzó a alejarse, por lo cual decidieron no arrestarlo, según un informe de Beck que se dio a conocer este año. Poco después, Glenn se dirigió a un bar cercano, donde gritó a los clientes y comenzó a pelearse con el portero. Los oficiales se acercaron con la intención de detenerlo. Uno de ellos tomó a Glenn de un brazo y le dijo que se diera vuelta, dice el informe. El joven se negó y los oficiales lo derribaron al suelo.

En un momento dado, Proctor dijo a los investigadores que vio la mano de Glenn sobre la funda de la pistola de su compañero, indica el reporte. Allí fue cuando abrió fuego y baleó a Glenn por la espalda. Sin embargo, el video de seguridad del bar y las declaraciones del compañero de Proctor disputaron su recuento de los hechos, y no indicaron que Glenn hubiera intentado tomar la pistola. Las imágenes del video no se han dado a conocer.

Proctor fue relevado de sus deberes y no ha vuelto a trabajar desde el incidente. Su abogado no devolvió los mensajes de este periódico en busca de comentarios. 

El tiroteo sacudió a Venice, en particular a las personas sin hogar, con quienes Glenn acampaba en la playa. Después del tiroteo, mientras los investigadores examinaban la escena, los amigos del fallecido colocaron letreros con su nombre en la cinta amarilla de la policía. Más tarde organizaron una reunión para criticar a la policía.

“Tenían mucho miedo”, afirmó Timothy Pardue, quien trabaja en un centro social al otro lado de la calle donde Glenn fue baleado. “Todos pensaban que lo mismo podía ocurrirle a ellos”.

Glenn había acudido al centro todos los días durante un mes, afirmó Pardue, para tomar comida o prendas limpias, usar la computadora o pedir ayuda con su currículum. Pardue lo estaba ayudando a conseguir trabajo.

Esa noche, Glenn se detuvo en una reunión en el centro, relató el trabajador y le dijo que había pasado la mayor parte del día bebiendo -era Cinco de Mayo-, pero pronto comenzó a llorar y afirmó que extrañaba a su madre y a su hijo. Pocas horas después, Pardue escuchó los disparos. “Podrían haberlo calmado con gas pimienta. Podrían haber usado una pistola eléctrica”, expone. “Podrían haber hecho cualquier cosa, menos matarlo”.

Aunque Glenn se quedaba en la playa, su familia rechaza la idea de que estuviera desamparado. Tenía sitio donde alojarse con un amigo de la infancia, en San Diego -sostienen- y una casa con su familia en Nueva York. Venice era una parada temporaria.

También era el tipo de persona que disfrutaba del aire libre, dicen. Glenn y su hermana habían asistido a un campamento de verano durante una década, donde montaban en bicicleta de montaña hasta Mount Washington, el pico más alto en el noreste. Pero eso no era suficiente, cuenta Brittany Glenn; su hermano reunía a un grupo de muchachos que tallaban canoas en troncos de árboles secos. “Era un aventurero de corazón. No lo asustaban los retos”, cuenta la mujer.

Glenn dejó Nueva York por California en agosto de 2014 con el fin de buscar trabajo, dice su familia, alentado por su amigo que vivía en San Diego. Después del año nuevo, se mudó a una granja en las afueras de Sacramento, donde vivió y trabajó durante unos tres meses antes de emprender su marcha hacia San Diego. En el camino, se detuvo en Venice. 

Cathy Suematsu y su compañero son los propietarios de la granja, donde Glenn podó árboles frutales, construyó una cubierta en un edificio comunitario y colgó paneles de yeso en una cabaña. También ayudó a cuidar a los niños pequeños de la mujer, a quienes les leía libros y llevaba a caminar.

Después de su muerte, señaló Suematsu, la gente que lo conocía realizó una vigilia. También enviaron una carta a Beck, para informarles lo molestos que estaban con el hecho. “Nunca lo vi como alguien violento o agresivo”, afirmó la mujer. “No podía imaginar que alguien encontrara un justificativo para matarlo”.

Sheri Camprone, de 60 años de edad, asegura que su hijo no dudaba en ayudar a otros. Despejaba las entradas de los hogares de sus vecinos cuando nevaba, trabajaba como socorrista en la escuela secundaria. Cuando era adolescente se había mudado con su abuela enferma para cuidar de ella.

Luego de que Glenn se marchara a California, cuenta Camprone, charlaban desde su casa por video cada domingo con el hijo del joven, Avery, por entonces de tres años de edad. Cuando él trabajaba en la granja, debía conducir unas millas sólo para obtener señal en su teléfono para llamar. “Asegúrate de hacerle caso a ‘Gigi’ mientras yo no estoy”, le decía Glenn a su hijo.

Cuando decidió marcharse hacia la costa oeste, Glenn trabajaba pavimentando y reparando calles para la ciudad de Troy, Nueva York. Era difícil para él dejar a su hijo y mudarse a California, remarcó Camprone, pero pensó que ese estado le daría la oportunidad de conseguir un buen empleo. El plan, según ella, era quedarse allí por un año y luego regresar a Nueva York. “Fue difícil para todos nosotros cuando se fue”, cuenta. “Pero parecía que era algo bueno para él”.

Camprone habló por última vez con su hijo unos pocos días antes de su muerte. “Regreso a casa”, le dijo. “Extraño demasiado a mi hijo”. “Muy bien. Vuelve a casa, amor”, le respondió su madre. “Aquí estamos”.

Camprone y su hija se sienten heridas por la falta de respuesta de la ciudad luego del asesinato de Glenn. Ambas afirman que no fueron contactadas por el Departamento de Policía o los investigadores del tiroteo, más allá de los comentarios del jefe a los medios de comunicación. “Es como si no existiéramos”, asegura Camprone.

Cuando se le preguntó a la policía acerca de ello, un vocero del LAPD respondió en un comunicado que el jefe aún cree que Proctor debe ser acusado penalmente por el tiroteo y lo volvió a llamar “un uso inadecuado de la fuerza letal” contra Glenn. “El LAPD lamenta su muerte prematura y el dolor profundo que su familia ha sufrido por esta pérdida”, reza el comunicado.

Brittany Glenn tiene ahora 29 años, la misma edad que su hermano cuando fue asesinado, y piensa en todos los momentos que él se perderá: su próxima boda, sus futuros hijos. Camprone se esfuerza por explicarle a su nieto, de cuatro años ahora, quien todavía pregunta cuándo volverá a casa su papá, que éste no volverá.

Para el Día de Acción de Gracias, la familia dejó una silla vacía en la mesa para Brendon Glenn, entre su madre y su hermana. Las lágrimas todavía irrumpen sin aviso, dicen; en Wal-Mart, o en el supermercado. “Es lo peor que puede pasarte en la vida, perder a un hijo”, dice Camprone. “Brendon no debía morir”.

 

Para leer esta historia en inglés haga clic aquí

 

Traducción: Valeria Agis

 

 

 

Copyright © 2019, Hoy Los Angeles, una publicación de Los Angeles Times Media Group
63°