Una sensación escalofriante, una mirada de soslayo: las pacientes del exginecólogo de la USC acusado comparten sus historias

Las pacientes del exginecólogo de la USC acusado comparten sus historias

En sus 27 años en la clínica de salud estudiantil de la Universidad del Sur de California (USC), el Dr. George Tyndall atendió a decenas de miles de pacientes, a las que llamaba “mujeres troyanas”. Las recientes acusaciones de mala conducta en serie por parte del ginecólogo afectaron a toda una generación de alumnas.

A raíz de un informe del Times, que detalla tres décadas de quejas contra Tyndall, más de 400 personas se han comunicado a una línea directa de la USC. Las acusaciones datan de principios de la década de 1990 e incluyen informes de que el galeno fotografiaba los genitales de las pacientes, tocaba a las mujeres de manera inapropiada durante los exámenes pélvicos y hacía comentarios sugestivos -y a veces groseros- sobre sus cuerpos.

El médico negó haber cometido un acto indebido y no pudo ser contactado para comentar sobre esta historia. Le dijo a The Times en una serie de entrevistas realizadas esta primavera que sus exámenes eran minuciosos, pero siempre médicamente apropiados. En una carta reciente enviada al periódico, afirmó: “los pacientes a veces inventan historias”.

The Times entrevistó a más de dos docenas de exalumnas y antiguos empleados de la clínica, muchos de los cuales hablaron bajo condición de anonimato. Sus experiencias abarcan tres décadas y varían ampliamente. Algunas mujeres dijeron que, después de sentir que los exámenes de Tyndall eran inapropiados, se quejaron de inmediato. Otras afirmaron haber estado preocupadas por su conducta en ese momento, pero no estaban lo suficientemente familiarizadas con la atención ginecológica adecuada como para objetarla. Más aún, otras no podían recordar los detalles de sus exámenes y se preguntan si el médico las dañó. Estos son algunos de sus testimonios:

Si fuiste expaciente del Dr. George Tyndall, comunícate con Harriet Ryan,  harriet.ryan@latimes.com; Matt Hamilton, matt.hamilton@latimes.com o Sarah Parvini, sarah.parvini@latimes.com.

 

Algunos relatos poseen contenido gráfico y lenguaje explícito.



DIANA BOHAN

“¿Quién me escuchará después de todo este tiempo?”.

Una sensibilidad en sus caderas llevó a Diana Bohan a la clínica de salud estudiantil, en el otoño de 1992.

La estudiante de arquitectura fue derivada a Tyndall, y le explicó que había caminado mucho en su viaje de verano a Europa, y que probablemente se había lastimado en el recorrido. Tyndall, dijo, decidió que era necesario un examen pélvico, alegando que necesitaba ver “problemas estructurales” en su interior.

“No sabía que podía cuestionar eso, pensando que era raro porque no estaba allí para ese tipo de cita”, recordó Bohan, quien tenía entonces 25 años.

Cuando una asistente se acercó, “mi instinto me decía que esto no es profesional”, relató Bohan. Después del examen pélvico, Tyndall dijo que no había detectado nada inusual, y le recetó fisioterapia.

“Recuerdo que pensé: ‘Guau, tuve que pasar por un examen pélvico solo para atravesar esto”, recordó Bohan, quien no le contó a nadie sobre la cita hasta hace poco. “Yo pensaba... tal vez debería llamar a la USC y ver si le había hecho esto a alguien más. Esto fue años después”, afirmó Bohan. “No podía olvidar esa cita”.

Finalmente, no llamó a la universidad.

“Seguí pensando, ¿a quién podría llamar? ¿Quién me escuchará después de todo este tiempo?

 

EXALUMNA DE LA USC

“Ni siquiera se me ocurrió que era incorrecto”.

Luego de una agresión sexual, una mujer que estaba en su ciudad durante las vacaciones de verano deseaba ver a un médico, pero no quería que sus padres se enteraran. Esperó hasta que comenzó su segundo año y concertó una cita para ver a un ginecólogo en el centro de salud del campus.

Ahora con 23 años, la joven solo había visitado a una ginecóloga antes, una doctora que la había atendido por problemas menstruales cuando era una adolescente.

Durante el examen en la USC, dijo, Tyndall introdujo sus dedos en su vagina antes de usar un espéculo.

“Nadie me dijo que eso no era normal”, indicó. “Vas al centro de salud porque no tienes otras opciones, y confías en que esas personas te traten con el mismo respeto con el que podría hacerlo tu médico, de tu ciudad. Así que ni siquiera se me ocurrió que sería incorrecto”.

Más tarde, cuando se reunió con Tyndall para revisar los resultados, dijo, él le indicó que tenía una infección de transmisión sexual y le preguntó cuántas parejas tenía. “Una”, dijo, antes de tropezar con sus palabras. Se corrigió y explicó que la respuesta era técnicamente dos, porque había sido violada. Intentó no llorar.

“Recuerdo que entonces él se puso realmente... amable es la palabra incorrecta… tierno. Fue tierno”, agregó. El galeno le ofreció darle parte de la medicación necesaria de forma gratuita. “Eso me hizo olvidar todo lo demás. Estaba tan agradecida de que no tendría que tener esa conversación con mis padres o hallar el dinero, que me hizo sentir muy bien acerca de él”.

Cuando mis amigas cuestionaban el hecho de que el ginecólogo del centro era un hombre, yo les decía que estaba bien. “Estoy tratando de no sentirme culpable por eso”, indicó ahora. “Sé que es culpa de la universidad y que deberían haber hecho algo, pero es difícil no dejar que tu cerebro piense de esa forma”.

 

CHELSEA WU

“Siendo tan joven, no tenía un marco para lo que era aceptable”.

Chelsea Wu era, según sus propias palabras, “ingenua” cuando ingresó en la sala de exámenes de la clínica de salud estudiantil de la USC, hace dos años. La estudiante de segundo año, entonces de 19 años, nunca había ido a ver a un médico sin sus padres a su lado. Nunca había visitado a un ginecólogo.

“Confiaba ciegamente en los médicos. Prácticamente seguía cualquier cosa que decían”, recuerda Wu.

Gran parte del comportamiento de Tyndall durante su cita, dijo, le pareció extraño: hizo preguntas indiscretas sobre su vida sexual, mostró un interés inquietante en su herencia china e hizo comentarios sobre el tono de su músculo pélvico mientras introducía los dedos dentro de su cuerpo. “Tienes un canal muy muscular”, dijo. “Debes correr con regularidad”.

Dijo que le hizo una serie de preguntas, incluyendo la cantidad de parejas sexuales que tenía, y le dijo que podía negarse a contestar en cualquier momento, pero ella respondió. “Pensé que era normal”, dijo. “Siendo tan joven, no tenía un marco para lo que era aceptable”.

Cuando regresaron a su consultorio después del examen pélvico, Tyndall le pidió que se sentara junto a él en su escritorio y la interrogó sobre su herencia, dijo. Le comentó que había vivido en China y en Estados Unidos, y el médico le dijo que muchas pacientes chinas habían acudido a él sin saber mucho sobre el sexo.

“Me decía que todas sus alumnas chinas lo amaban”, relató. “No entendí todo este [interés] en China. Se tomó 15 o 20 minutos, más tiempo que la duración de mi examen pélvico”.

Wu, quien se graduó el año pasado, se marchó pensando que Tyndall era un médico “extraño” pero “bien intencionado” y restó importancia a la experiencia, hasta que leyó los informes de The Times.

 

EXALUMNA DE LA USC

“Mi primer instinto fue irme”.

La actitud casual de Tyndall parecía genuina para la estudiante de último año, que lo vio en 2015 para realizarse su primera prueba de Papanicolau, una revisión de posibles enfermedades de transmisión sexual y discutir métodos anticonceptivos.

Cuando comenzó la cita, el ginecólogo introdujo su dedo y comenzó a “hurgar”, relató. “Me dijo que estaba tensa”.

Mencionó que Tyndall le dijo, “Debes ser una corredora regular”, como si quisiera ser su amigo.

“Sentí que estábamos charlando casualmente”, afirmó. “No parecía algo tan profesional como siempre. Sentí como si él tratara de hablar conmigo mientras estaba desnuda y mis piernas estaban abiertas sobre la mesa”.

No se quejó a la USC. El examen fue rápido y Tyndall “suaviza las cosas siendo muy profesional después”.

“Pensé que tal vez estaba siendo cuidadoso”, añadió. “Mi primer instinto fue irme y no revisar la situación; darle el beneficio de la duda”.

La joven nunca volvió a ver a Tyndall. Encontró un ginecólogo fuera del campus y desde entonces se dio cuenta que lo que experimentó no era correcto.

En retrospectiva, dijo, está afligida y enojada porque otras estudiantes soportaron lo mismo, que los comentarios de Tyndall eran frases comunes que usaba con las mujeres, que las quejas sobre él fueron ignoradas.

“Es un poco escalofriante saberlo”, dijo. “Saber que les sucedió a tantas otras mujeres y que él tuvo la oportunidad de tener control total”.


ALEXIS RODRÍGUEZ

“Fui más agresiva de lo que esperaba, y eso lo puso nervioso”.

La primera señal de alerta, relató Alexis Rodríguez, fue una revista Playboy en el escritorio de la oficina de Tyndall.

En 1995, la entonces estudiante de 23 años había ido a la clínica de salud del campus para el tratamiento del dolor vaginal. Después de colocar los pies en los estribos, Tyndall diagnosticó su condición como un absceso [en una glándula de] Bartolini, y dijo que necesitaba drenarlo, recordó. El médico no se puso guantes ni usó anestesia.

“Me cortó con el bisturí”, dijo Rodríguez; el dolor era insoportable y ella se retorció sobre la camilla.

Cuando Tyndall se dio cuenta de lo mal que estaba le dijo que, por lo general, a las pacientes no les molestaba el dolor debido al alivio inmediato que traía la punción. No continuó con el procedimiento y le dijo: “Deberías ir a ver a otra persona”, relató. “Fui más agresiva de lo que esperaba, y eso lo puso nervioso”.

Rodríguez hizo que otro médico de la USC, fuera de la clínica, cortara el absceso con una sedación leve. Meses más tarde, regresó a la clínica para una visita no ginecológica. Miró su expediente y comenzó a leer el relato de Tyndall sobre su consulta.

El galeno había escrito que ella había rechazado el tratamiento y que era “difícil”. “Me molestó un poco que me llamaran ‘una mujer histérica’”, expresó. “Fue una caracterización errónea”.

La joven se quejó con el médico que la atendió ese día, y luego presentó una queja ante la clínica.

Mencionó la Playboy, la punzada fallida y el hecho de que Tyndall no usó guantes. “Esto fue en 1995. El tema del SIDA no era algo tan pasado”, advirtió.

Tyndall, en una entrevista con The Times, dijo que siempre usaba guantes cuando examinaba pacientes.

Nadie de la USC la entrevistó, indicó la expaciente, pero un administrador de la clínica le escribió y se disculpó, indicando que la palabra “difícil” se eliminaría de su archivo.

Rodríguez, ahora de 46 años, no pudo localizar la carta original, pero proporcionó a The Times una que ella escribió en 1995, alabando al médico que la había atendido con éxito. En la nota menciona a la clínica de salud estudiantil y su “terrible experiencia con un médico que forma parte del personal allí”.

Como agente de la ley, es su opinión que “la USC debe cooperar más de lo que nadie haya visto jamás cooperar a una entidad”, en cualquier investigación policial sobre Tyndall.


ANITA THORNTON

“Dije que no quería trabajar con él”.

Anita Thornton solía acompañar a Tyndall como asistente médica en la clínica de salud estudiantil, entre 1991 y 2010.

Ahora tiene problemas para mantener la compostura mientras recuerda al “desagradable” médico. “He sabido esto por muchos años, y se me hace un nudo en la garganta al pensar en ello”, aseguró. “El hombre está enfermo”.

Para Thornton, varias de sus prácticas eran inapropiadas, y diferentes a cómo trabajaban otros ginecólogos.

Durante los exámenes de mamas, relató, Tyndall apretaba fuertemente los senos de las pacientes y decía que quería ver si salía algún líquido. Al comienzo de los exámenes pélvicos, dijo, introducía los dedos dentro de las pacientes, luego se levantaba y “jugaba” dentro de sus cuerpos. Ella veía eso “todos los días”.

También realizaba exámenes rectales en algunas mujeres, y recordó haberlo escuchado una vez comentar que “las mujeres negras tienen los músculos del trasero apretados”.

Las asistentes médicas se quejaron a la gerencia sobre una cortina alta que Tyndall colocaba entre las chaperonas y la mesa de examen, para ocultar lo que estaba haciendo. A veces, dijo Thornton, ya había empezado el examen pélvico antes de que ella llegara a la habitación.

Tyndall afirmó que usaba la cortina para impedir la vista a la habitación a través de una gran ventana.

A mediados de la década de 1990, Thornton fue una de las chaperonas que informó sobre las fotografías que Tyndall tomaba de los genitales de las pacientes. Dijo que el médico tenía tres cámaras en su oficina: una máquina de colposcopía, otra que parecía una Polaroid, y una cámara negra que guardaba encerrada en un armario: “Era como una cámara profesional tipo Canon, con una lente”.

Tyndall le dijo a The Times que tenía dos cámaras y que las empleaba por razones médicas legítimas.

El ginecólogo engrapaba algunas fotos en los expedientes de las pacientes y colocaba otras en una caja debajo de su escritorio, relató Thornton. Cuando ella le preguntó por qué estaba tomando fotos, respondió: “Voy a investigar un poco sobre las chicas”.

“Lo reporté porque no era correcto cómo trataba a las jóvenes”, aseguró. “Dije que no quería trabajar con él”.

 

KATHLEEN RITTERBUSH

“Desearía tener un hipnotizador, o una máquina del tiempo, o algo así”,

La estudiante de posgrado, de 24 años, acudió a una consulta con Tyndall para obtener anticonceptivos, en 2008. El galeno le realizó un examen pélvico y le escribió una receta válida por solo cuatro meses.

“Fue tan desconcertante para mí”, relató Kathleen Ritterbush. “Pensé: ‘¿Qué demonios?’”.

Otras pacientes le han dicho a The Times que Tyndall les proporcionaba prescripciones de corta duración, en lugar de recetas médicas de un año, lo cual las obligaba a regresar a la clínica a menudo.

Ritterbush estuvo abrumada ese año académico con clases, una excavación en el desierto de Nevada y “charlando” con donantes para la USC en eventos de exalumnos. En junio, voló a Ohio para una reunión que se realizaba cada cuatro años, para paleontólogos. Pero “el tiempo seguía corriendo” y su método anticonceptivo se estaba agotando. La joven debió irse durante la conferencia para asistir a una clínica cercana de Planned Parenthood.

Ahora paleontóloga de la Universidad de Utah, Ritterbush estaba almorzando cuando un colega mencionó la cobertura de noticias de un ginecólogo de la USC. “Tan pronto como vi su foto y leí su nombre, pensé: ‘Oh, sí, este tipo’”, relató Ritterbush, de 34 años.

Ha estado tratando de recordar los detalles de su examen pélvico. Los comentarios y la conducta inapropiada alegada por otras pacientes “suenan muy familiares”, dijo, “pero no puedo decir con certeza si ocurrió, y eso es lo que es tan frustrante”.

“Desearía tener un hipnotizador, o una máquina del tiempo, o algo así”, expuso Ritterbush. “Soy una persona analítica, y solo quiero saber la respuesta”.

 

KASTALIA MEDRANO

“Ojalá se me hubiera ocurrido que él podía estar haciendo cosas peores con otras personas”.

“No era médicamente necesario”. Así es cómo Kastalia Medrano describe la explicación de Tyndall sobre cómo hacerse un autoexamen de los senos.

Ella comenzó a ver al ginecólogo cuando estaba cursando su último año en la USC y tuvo varias citas con él durante el año escolar.

Durante una visita, Tyndall le explicó cómo revisarse para detectar bultos que podrían ser un signo de cáncer de seno. Pero el detalle que utilizó le llamó la atención como una “experiencia extraña”.

El doctor le “describió que debía estar en la ducha, mojada y cubierta de espuma de jabón”, relató.

Medrano, de 27 años, pensó que la conversación era “demasiado larga y demasiada descriptiva”.

Aun así, lo visitó cada pocos meses para chequeos y anticonceptivos. Durante una cita, dijo, la conversación volvió a tomar un giro extraño: los dos discutían temas de salud sexual cuando Tyndall le sugirió que visite una tienda erótica.

“Describió diferentes tipos de vibradores que podría comprar. Realmente hizo hincapié en los que se veían más humanos, más realistas. Recuerdo que dijo ‘venosos”, recordó.

Medrano lo tomó a broma, aunque se sintió incómoda. “Nunca hablé con nadie sobre eso”, dijo la joven, quien se graduó en 2013. “Ojalá se me hubiera ocurrido que él podía estar haciendo cosas peores con otras personas”.


MEGGIE KWAIT

“Me siento fatal de que hubo otros 10 años de mujeres que fueron víctimas de este hombre”.

Tyndall parecía preocupado por los encuentros sexuales de Meggie Kwait con hombres y mujeres, relató la expaciente.

Durante una cita en 2008, le preguntó por qué había pasado tanto tiempo desde su último examen pélvico. Kwait respondió que el médico de su ciudad natal había dicho que no era necesario porque no había tenido relaciones sexuales con penetración con un hombre.

“Oh, entonces eres virgen”, respondió Tyndall. Cuando ella se opuso a la etiqueta, el médico dijo: “Pero, seamos realistas. Sin pene, no hay sexo”.

Kwait, de 31 años, contó que el médico le apretó los pechos con rudeza, llamándolos “encantadores y muy simétricos”. Cuando introdujo sus dedos dentro de ella, le comentó: “Apuesto a que estás muy acostumbrada a esto”.

Al final de la cita, relató, Tyndall la instó a perder peso y le dijo que, si adelgazaba, probablemente podría “conseguir un chico en lugar de una novia”.

Ella completó un formulario con comentarios en el centro de salud, y se fue llorando. Incluyó los comentarios de Tyndall sobre su actividad sexual y su apariencia, y se quejó de su comportamiento.

No recuerda haber recibido una respuesta. “Desearía ahora haber hecho más en ese entonces”, dijo Kwait. “Me siento horrible de que hubo otros 10 años de mujeres que fueron víctimas de este hombre”.


EXALUMNA DE LA USC

 “La gente sonreía y lo soportaba para obtener las recetas”.

Fue a ver al único ginecólogo a tiempo completo de la clínica, incluso después de haber sido advertida como estudiante de primer año, en 1990, de que Tyndall era conocido por “hacer siempre un examen rectal”.

“Cuando entré, tenía dudas”, indicó la estudiante, ahora abogada de Los Ángeles.

No era su primer examen pélvico, y dijo que comenzó con Tyndall discutiendo cosas que cualquier otro médico preguntaría.

“Pero era raro y asqueroso”, dijo. Cuando el médico inició un examen rectal, se sentó “derecha” y le dijo que no era necesario.

“No discutió conmigo”, dijo.

La preferencia de Tyndall por los exámenes rectales se convirtió en una broma entre los estudiantes, relató. El médico no respondió cuando The Times le preguntó sobre el tema.

Cuando fue asesora residente, en 1991 y 1992, la mujer dijo que advertía a sus residentes sobre Tyndall. “Si te dan una cita con este médico, recomendamos que solicites una enfermera especializada”, les dijo a las estudiantes, que consideraban que los exámenes de Tyndall eran un obstáculo incómodo para obtener anticonceptivos.

“La gente sonreía y lo soportaba para obtener las recetas”, aseguró.


EXALUMNA DE LA USC

 

“Siempre había un factor de asquerosidad”.

Al principio, no sabía qué era apropiado durante un examen pélvico. La mujer, que asistió a la USC como estudiante de pregrado y alumna de derecho, dijo que Tyndall rutinariamente introducía sus dedos en su vagina, a menudo dos veces por visita. Le pedía que se desnudara por completo para poder realizar los exámenes de los senos, dijo, y siempre le comentaba sobre el atractivo de estos, de su cuerpo esbelto y su origen asiático.

Ella visitó a Tyndall tres veces o más, en algunos de sus siete años en la USC, y cada vez se sentía más incómoda con las citas. Cuando finalmente preguntó si podía ver a una doctora, la clínica le dijo que no había nadie disponible.

Después de leer el informe de The Times, se dio cuenta de cuán anormal era el comportamiento del ginecólogo. “Colocaba los dedos dentro de mí casi cada vez. Siempre había un factor de asquerosidad... Me revisaba dos veces. Introducía los dedos allí, y luego hablábamos y decía, ‘Déjame revisar de nuevo’”.

Durante los exámenes de los senos le hacía comentarios sobre su figura, dijo, y también le decía que su esposa era asiática y menuda como ella.

“Me apretaba los pezones”, narró la mujer. “Me decía, ‘tienes los pechos grandes y bonitos… No todas las asiáticas tienen pechos grandes y bonitos’”.

En retrospectiva, aseveró, “probablemente debería haberme quejado”.


EXALUMNA DE LA USC

“Estaba mortificada... Estaba tratando al 100% de sacar [a la chaperona] de la habitación”.

Justo cuando comenzaba el examen, Tyndall le pidió a la chaperona que consiguiera un espéculo. Eso es lo que una contadora de 35 años recuerda acerca de su cita, hace 15 años, cuando era estudiante de pregrado en la clínica de salud estudiantil de la USC.

Cuando la chaperona insistió en que el instrumento estaba en un cajón en la sala de examen, Tyndall respondió que no lo estaba. La antigua paciente recordó que los dos discutieron durante unos minutos antes de que la chaperona se fuera.

“A los cinco segundos de que ella saliera de la habitación, encontró [el espéculo]”, afirmó la mujer. “Recuerdo que pensé que era algo extraño”.

Ella no está segura de lo que ocurrió durante el examen, pero justo cuando Tyndall concluyó, la chaperona regresó con un espéculo.

Después de que el doctor se retiró, la acompañante “caminó hacia mí y me dijo: ‘Sabes que se supone que no debe realizar el examen sin mí en la habitación’”.

“Estaba mortificada”, indicó. “Estaba tratando al 100% de sacarla de la habitación”.

La mujer comenzó a ir a Planned Parenthood y nunca volvió a ver a Tyndall.

 

ANTIGUA ESTUDIANTE DE DERECHO DE LA USC

“Pensé que solo quería conversar”.

Complicaciones relacionadas con un DIU llevaron a la mujer a la clínica de salud unas semanas antes de su graduación, en 2015. Tyndall realizó un examen pélvico con una chaperona a su lado.

“Me preguntó, con los dedos dentro de mí, ‘¿Corres con regularidad?’. Yo pensé que solo quería conversar”, afirmó la mujer, que ahora tiene 29 años y es abogada corporativa.

“A veces”, respondió ella.

“Bueno, tus músculos pélvicos están muy tensos”.

El comentario y la forma en que movía los dedos de “lado a lado” parecían ser incorrectos, dijo, pero “pensé, bueno, hay una enfermera en la habitación”.

En la próxima cita, Tyndall le extrajo el DIU. Mientras ella yacía en la mesa de examen en medio de una niebla de dolor, dijo, escuchó al doctor preguntar si podía quedárselo. Lo levantó y vio que estaba cubierto de “sangre y cualquier otra cosa”.

“No sabía qué decir”, afirmó ella.

Desde que se enteró de las acusaciones contra Tyndall, la mujer dijo: “Estoy en las etapas iniciales de comprender que algo terrible me sucedió”.

 

SAHRA SULAIMAN

“¿Es aquí donde obtienes tu información médica?”.

Era una copia de la revista Cosmopolitan. Sahra Sulaiman, estudiante de doctorado en relaciones internacionales a mediados de la década de 2000, le estaba contando a Tyndall sobre un problema que tenía con los fibromas cuando el médico abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó la revista.

“‘¿Quieres leer este artículo de Cosmo sobre detener tu período para siempre?’”, recuerda que el médico preguntó.

Sulaiman, ahora una periodista de defensa en Los Ángeles, se quedó boquiabierta: “Yo pensé: ‘¿Eres un doctor? ¿Es aquí donde obtienes tu información médica?’”.

En base a ese hecho, la joven no le permitió realizar un examen pélvico y no volvió a ver a Tyndall.

 


SELAMAWIT MULUGETA

“Sentí que esos eran detalles que no necesitaba saber”.

Fue la pequeña charla que se produjo después de su examen pélvico lo que Selamawit Mulugeta encontró extraño.

Había ido a ver a Tyndall en 2014, por dolor vaginal. Sintió que el médico introducía sus dedos dentro de su vagina antes de usar el espéculo.

Cuando terminó el examen, se reunió con él en su oficina.

“Habló sobre su esposa, que era de Filipinas, que nunca había tenido una figura paterna y que él había servido como figura paterna y también como marido”, relató. “Sentí que esos eran detalles que no necesitaba saber”.

Unos días más tarde, Tyndall se puso en contacto con Mulugeta y le dijo que sus resultados mostraban que tenía una infección por cándida. Le dio sus medicamentos. En ese momento, Mulugeta no pensó mucho en su examen. Su instinto le dijo que algo no estaba bien, pero dudó.

“Inicialmente, no quería volver a verlo”, afirmó. “Le dije a mi hermana que lo que él me había contado sobre su esposa era extraño, y que me había asustado”.

EXALUMNA DE LA USC

“Hice contacto visual con la enfermera, y ella me miró con remordimiento”.

Por un dolor pélvico, la estudiante de psicología fue a ver a un ginecólogo por primera vez.

Tyndall le preguntó a la mujer, que entonces tenía 19 años, si era sexualmente activa y le preguntó por su origen étnico, dijo. Ella respondió que era en parte de Oriente Medio. Tyndall luego habló sobre su esposa, de quien dijo: “Su hijo le quitó la virginidad”, recordó la exalumna.

“¿Lo entiendes?”, le preguntó Tyndall, y le explicó que el padre del niño tenía un pene tan pequeño que las relaciones sexuales no le habían roto el himen; cuando dio a luz, el bebé lo hizo.

Mientras el examen de 2010 continuaba, relató la mujer, Tyndall le comentó que iba a introducir sus dedos en ella para poder asegurarse de que el espéculo cupiera.

Colocó un dedo, luego otro. “Sabes qué, creo que podrían caber tres dedos”, le dijo. “Hice contacto visual con la enfermera, y ella me miró con remordimiento”, recordó.

Después del examen, Tyndall le dijo que esperara mientras hablaba por teléfono con otra paciente.

Todavía en la habitación, leyó el número de identificación de la otra paciente y buscó su informe médico. Le dijo a la mujer que la razón por la cual su vagina tenía un “olor a pescado” era que sus niveles de pH eran inusuales.

“Estaba tan mortificada”, dijo la exalumna.

Más tarde ese año, dijo, tuvo un quiste ovárico que estalló. El médico que la atendió dijo que probablemente explicaba su dolor pélvico anterior. Se preguntó cómo Tyndall había pasado por alto ese diagnóstico.

Después de leer el artículo sobre Tyndall, dijo, presentó una denuncia anónima ante la USC y desde entonces ha presentado una demanda.

“Llamé a mi novio y comencé a llorar”, señaló. “Me sentí avergonzada de haber dejado que eso me sucediera a mí. Más que nada, estaba enojada con la USC por permitir que eso ocurriera”.

 

CHIA-AN WEN

“Mis amigas me preguntaron a quién había visto, y cuando mencioné el nombre de Tyndall, me previnieron”.

Chia-An Wen vio a Tyndall para obtener una receta nueva para sus píldoras anticonceptivas. El médico, dijo, comenzó a preguntarle con qué frecuencia tenía relaciones sexuales anales y orales con su novio.

“Sentí que me ardía la cara cuando me lo preguntó”, dijo. “Me desconcertó y estaba confundida por lo que me preguntaba. Sentí que, porque era médico, yo tenía que responder”.

Wen dijo que Tyndall le recetó anticonceptivos, así como un anticonceptivo de emergencia. “Eso no es normal, y no lo necesitaba”, resaltó.

Poco después de esa cita de 2015, Wen les contó a dos amigas que también asistían a la USC sobre lo sucedido. “Mis amigas me preguntaron a quién había visto, y cuando mencioné el nombre de Tyndall, me previnieron”, expuso.

Wen dijo que sus amigas también habían tenido malas experiencias con Tyndall, y le dijeron que no fuera a verlo de nuevo. “No puedo creer que se le permitiera ver pacientes por tanto tiempo”, manifestó.



DANIELLA MOHAZAB

“Esto no debería haber sucedido”.

El examen de 2016 hizo que Daniella Mohazab se sintiera violada.

Mohazab, quien demandó a la USC, dijo en una conferencia de prensa que el ginecólogo le comentó que las mujeres filipinas, como ella, eran “buenas en la cama” y la presionó para que le diera detalles sobre su vida sexual. El médico la examinó sin una enfermera u otro acompañante presente, y colocó sus dedos sin guantes dentro de su cuerpo, alegó en la demanda.

Mohazab, que tenía 19 años en el momento de la cita, dijo que Tyndall le ordenó que se desnudara de la cintura hacia abajo y “se quedó allí, mirándome mientras lo hacía, y sonrió”.

“Luego me indicó que me acostara en la mesa de examen, lo cual hice”, relató. Ella colocó sus pies en los estribos. El doctor introdujo dos dedos y palpó alrededor.

“Me dijo: ‘Creo que es mejor que usemos un poco de lubricante’ con una expresión sarcástica en su rostro”, dijo Mohazab. Ella frunció el ceño ante el recuerdo.

Movió sus dedos durante un período prolongado, diciéndole que era parte de una prueba de enfermedades de transmisión sexual, señaló la mujer, y no usó un espéculo ni ninguna herramienta médica.

“Luego introdujo un hisopo mientras sonreía. Luego lo colocó en un frasco y dijo que habíamos terminado”, afirmó.

Tyndall ha dicho que siempre usaba guantes cuando examinaba pacientes.


ANTIGUA ESTUDIANTE DE POSGRADO DE LA USC

“Fue solo en retrospectiva y en contexto que entendí lo extraño que había sido”.

Lo que llamó la atención fue una solicitud que Tyndall le hizo “muy casualmente” a la joven, que había ido a la clínica en 2010 por calambres y sangrado abundante durante su período.

No recuerda mucho sobre el examen pélvico, dijo, pero lo que Tyndall le preguntó permanece vívido: la próxima vez que tengas un período fuerte, tráeme un coágulo de sangre.

El ginecólogo no le ofreció un recipiente ni le dijo que lo llevara al laboratorio de la clínica, indicó la mujer.

“Simplemente fue algo como… ponlo en un Ziploc y tráemelo”, relató. Ella nunca cumplió su pedido.

Después de leer sobre el ginecólogo en el Times, el recuerdo “explotó” en ella. “Fue solo en retrospectiva y en contexto que entendí lo extraño que había sido”, dijo.

Desde que se enteró de que había quejas contra el médico a partir de 1991, sintió ira contra la USC. “No debería haber estado en el consultorio con él. No debería haber atendido a pacientes”, aseguró la joven.


CATE GUGGINO

“Realmente no tengo palabras para lo despreciable que encuentro eso”.

Como enfermera especializada en salud de mujeres en Ithaca, Nueva York, Cate Guggino ha realizado miles de exámenes pélvicos. Pero hasta hace poco, dijo, nunca había aceptado plenamente su propio examen a manos de Tyndall.

Tenía 25 años y era estudiante de teatro cuando fue a la clínica para un chequeo, en el otoño de 2001 o principios de 2002. Tyndall tomó su historial y le dijo que se desvistiera detrás de una cortina, en su oficina.

Cuando comenzó el examen, el médico puso sus dedos dentro de su vagina y presionó en un área específica. Ella gritó y él expresó sorpresa de que doliera. Lo hizo de nuevo, y ella volvió a gritar. “Pensé que habías dicho que no eras virgen”, afirmó él.

Guggino le dijo que había tenido relaciones sexuales antes, y él respondió: “Bueno, tu himen todavía está intacto”.

Cuando preguntó cómo era posible eso, el médico eludió la pregunta. Guggino dijo que le tomó la palabra a Tyndall, pero encontró algo extraño en el médico.

Durante las siguientes dos décadas, a través de su capacitación como enfermera especializada y casi una década como practicante de salud de mujeres, nunca cuestionó la evaluación de Tyndall.

“Era casi como si hubiera dos partes del cerebro que no se comunicaban”, indicó. “Estaba la historia que él me había contado y la parte que sabe todas tantas cosas sobre la salud de las mujeres”.

Cuando leyó las historias en The Times sobre la supuesta mala conducta de Tyndall, dijo, “de alguna manera [ello] unió las dos partes de mi cerebro”.

“Algo que había atribuido a una peculiaridad específica de mi visita me sorprendía desde las páginas de un importante medio de noticias”, escribió en un relato que envió a The Times.

Mirando hacia atrás, dijo, cree que Tyndall le tocó un área llamada punto G, que cuando se estimula puede causar excitación sexual.

“Pienso en cuánta confianza [las pacientes] ponen en mí y cuán duro a veces esos exámenes son para ellas”, relató. “La idea de que alguien explotaría esa posición para su propio placer... Realmente no tengo palabras para lo despreciable que encuentro eso”.

 

EXALUMNA DE LA USC

“Pensé que iba a vomitar”.

La joven tenía un historial de abuso sexual, y “simplemente estar desnuda con alguien que es un extraño era difícil”, dijo. Tyndall era el primer ginecólogo que había visto en su vida, y dijo que trató de hacerla sentir más cómoda diciéndole lo que estaba haciendo.

En la primera de sus múltiples visitas de bienestar durante cuatro años, dijo, el medico introdujo un dedo dentro de ella antes de usar un espéculo.

“Se estaba asegurando de que yo no estuviera demasiado ceñida. Eso es lo que dijo”, recordó la mujer.

El médico le preguntó: “No necesitas una chaperona, ¿verdad?”. En ese momento, comentó, no creía que la necesitara.

Durante un examen, señaló, Tyndall revisó todo su cuerpo en busca de lunares; en otro, introdujo su dedo en su vagina y le preguntó si era una corredora regular. Ella no lo era.

La mujer recordó que, al final de la cita, Tyndall sacaba un botón de Staples que decía “fácil”, y preguntaba: “¿Cómo estuvo la visita?”, en espera de que las pacientes presionen el botón de juguete.

Después de leer acerca las noticias en The Times, dijo: “Comencé a hiperventilar. Pensé que iba a vomitar”.

“Leer las cosas que hizo y darme cuenta de que fueron inapropiadas... Simplemente no puedo entender cómo se le puede permitir a alguien hacer esto durante 30 años”.



RAY CARROLL

“Solo estaba tratando de tener una conversación de vestidor”.

Como estudiante de primer año, Ray Carroll quería anticonceptivos, pero tenía preguntas. Un cuestionario de la clínica de salud del campus preguntaba sobre el género de las parejas sexuales anteriores.

Con una doble licenciatura en escritura creativa y estudios de género, Carroll, quien no se identifica con un género, informó a Tyndall sobre sus parejas masculinas y femeninas. El doctor preguntó sobre las mujeres, profundizando en detalles que no parecían “relevantes desde el punto de vista médico”, relató Carroll, que ahora tiene 22 años y vive en Nueva York.

También hubo preguntas inapropiadas, narró Carroll. “Con qué frecuencia mi novio y yo teníamos sexo anal, si es que lo teníamos. Le dije que no lo teníamos, pero aun así siguió en la línea de preguntas.

“No estaba preocupado por mi experiencia real”, dijo Carroll. “Solo estaba tratando de tener una conversación de vestidor”.

Durante una segunda cita, en la primavera de 2015, destacó Carroll, el ginecólogo le preguntó acerca de un novio y sobre otras parejas sexuales. Carroll encontró su interés “irrelevante”, y alejado del asunto en cuestión: cómo el medicamento anticonceptivo estaba afectando su cuerpo.

 

EXALUMNA DE LA USC

“Cuando vi su foto [en las noticias], mi corazón se hizo añicos”.

El diagnóstico le pareció extraño. Una estudiante de artes dramáticas que tuvo citas con Tyndall durante su primer y segundo año contó que el médico una vez le dijo que había detectado un bulto en su cuello uterino, y que podría tener el virus del papiloma humano.

La alumna cuestionó el hallazgo porque había sido vacunada contra el VPH.

Ahora con 27 años y viviendo en Los Ángeles, la graduada de 2013 también recordó una cita en la que le dijo a Tyndall que tenía dificultades para llegar al clímax durante las relaciones sexuales. El médico usó sus dedos para ayudarla a ubicar su punto G.

La examinó y preguntó: ¿Puedes sentir algo?”, dijo. No recordaba haber tenido una chaperona en la habitación. Luego, le sugirió que realizara ejercicios de Kegel, mediante los cuales una mujer expande y contrae los músculos del piso pélvico. Tyndall quiso que realizara los ejercicios con su dedo dentro de ella.

“Estoy bastante segura de haberlo intentado”, narró, antes de decirle: “No más, hemos terminado aquí”.

Mirando hacia atrás, la joven se siente violada. “Cuando vi su foto [en las noticias], mi corazón se hizo añicos. Quería restregarme con lejía para quitarme el recuerdo de este hombre”.


EXALUMNA DE LA USC

“Me quedé atontada, mi cuerpo se entumeció, e intenté superarlo”.

No podía ver los ojos de Tyndall debido a las gafas con lentes oscuros que llevaba en la sala de examen. Ello le pareció extraño a la estudiante de primer año, de 18 años de edad.

Una vez que comenzó el examen, en 2010, Tyndall le indicó que se quitara la parte superior de su ropa y “me dijo que mis senos eran hermosos”, recordó.

Durante el examen pélvico, colocó los dedos dentro de mí y dijo que no sabía si el espéculo cabría, comentando sobre su tamaño “tan pequeño”, indicó.

“Ese fue mi primer examen de ginecología, pero creo que esa experiencia me hizo tropezar con un mecanismo de supervivencia. Me quedé atontada, mi cuerpo se entumeció e intenté superarlo”, dijo la mujer. “Fue doloroso”.

Su segunda visita, aproximadamente dos años después, fue una repetición de la primera.

“Traté de racionalizarlo: ‘Solo estás... siendo inmadura o ingenua, y desconfiada’. Y pensé, en ese momento, que eso debía estar bien”.

Ahora siente rabia. Tiene dificultad para categorizar lo que sucedió: fue un examen médico, pero la hizo sentirse violada.

“Eres tan vulnerable cuando estás allí”, aseguró.

 


EXALUMNA DE LA USC

“El hecho de que ella estuviera allí normalizó la experiencia”

Quería ver a una ginecóloga, pero le dijeron que la espera era de dos meses. Tyndall estaba disponible casi de inmediato.

La estudiante de medicina relató que el ginecólogo hablaba mucho sobre sí mismo, le contó de su esposa filipina y que había impresionado a sus compañeros de clase de medicina al memorizar el ciclo de Krebs en un día.

“Era ridículo y asqueroso al mismo tiempo”, relató la mujer, que ahora tiene 34 años y trabaja para una organización sin fines de lucro.

Ella decidió renunciar al examen pélvico, pero el médico luego llamó a una chaperona a la habitación.

“Cuando hizo eso, pensé: ‘Está bien, no va a hacer nada malo’”, dijo.

Durante la revisión, dijo, colocó sus dedos dentro de ella al menos cinco veces. “Sabía que eso no era normal”, señaló. Comenzó a respirar pesadamente y preguntando cuándo terminaría el examen. Cuando miró a la chaperona, dijo, el rostro de la mujer estaba imperturbable.

“El hecho de que ella estuviera allí normalizó la experiencia”, narró. “Me hizo pensar qué si ella no decía nada, entonces estaba todo bien”.

Después de leer los informes de otras mujeres, dijo, “simplemente confirmé que no estaba equivocada al respecto”.

 

Los redactores del Times Melissa Etehad y Joe Mozingo contribuyeron con este informe.

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