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Raphael impresiona sin orquesta pero con muchos recursos

Hace tres años, luego de una prolongada ausencia de los escenarios angelinos, Raphael regresó a nuestra urbe para ofrecer un espectacular concierto que fue sucedido por otro en el siguiente calendario. Y ahora, acaba de terminar uno más en el Microsoft Theater que, según lo que pensábamos, iba a estar marcado por una importante diferencia: en vez de acompañarse de sus músicos habituales, llegaría de la mano de una orquesta completa.

Para un artista como él, que se basa tanto en el manejo de una voz portentosa, se trataba de una oportunidad especialmente llamativa; pero, a fin de cuentas, resulta que ese formato (llamado “Sinphónico”, en honor a su disco más reciente) se empleó únicamente en España y en México, por lo que la presentación que aquí comentamos no gozó de esa particularidad, como será igualmente el caso de las que quedan en los Estados Unidos.

Pero sería completamente injusto decir que la audiencia en LA Live salió decepcionada, ya que, en realidad, el acto con la banda actual del divo europeo se acerca mucho más a su propuesta tradicional, que fue entregada ayer en la noche con tanta pasión como profesionalismo bajo el influjo de una guitarra eléctrica, un bajo, una batería, un piano y un teclado electrónico.

Y eso incluye, por supuesto, al cantante de 73 años, al que se le quebró ocasionalmente la voz en momentos altamente dramáticos pero que, por lo general, ofreció una ‘performance’ impresionante, con esa entonación grandilocuente y emotiva que lo distingue, acompañada siempre de sus gestos teatrales y de vez en cuando por pasitos de baile con reminiscencias de cantaor de flamenco.

Para empezar, entre el dúo dorado de “Sigo siendo aquel” y “Digan lo que digan”, le llegó el turno a una versión de “Qué sabe nadie” en la que el piano adoptó inflexiones tangueras y en la que el titular gritó “¡El mismo, el Raphael de siempre!”, como para que no quedaran dudas; y más tarde, él mismo nos recordó que viene haciendo estas canciones “que se llevan ya en el alma” desde que tenía 14 años de edad.

Pese al paso del tiempo, el artista cantó muy bien y no dejó de recurrir al sentido de teatralidad que lo distingue.

Pese al paso del tiempo, el artista cantó muy bien y no dejó de recurrir al sentido de teatralidad que lo distingue.

(Art Garcia / DDPixels.com)

Luego llegó el primero de varios interludios acústicos, con Raphael únicamente al lado de una guitarra de madera que, a lo largo de la velada, lo secundó en encendidas interpretaciones de temas populares del folklore latinoamericano, como “Gracias a la vida”, de la argentina Mercedes Sosa; “Que nadie sepa mi sufrir”, del también gaucho Ángel Cabral; y la estupenda “Cuando llora mi guitarra”, del ecuatoriano Julio Jaramillo (que fue recibida con bramidos de “¡viva el Perú!”, porque fue en ese país donde se popularizó).

Pero lo más impactante se dio inmediatamente después, cuando la banda en pleno, luego de arremeter con una sección instrumental insólita de estilo metalero para cerrar “Por una tontería”, le puso la cereza en el pastel a una rendición de “Cuando tú no estás” en la que su jefe cantó de manera espectacular, hasta el punto de ponernos la carne de gallina (la parte en la que repite la frase “Sin Laura” sigue siendo absolutamente sobrecogedora).

Tras un breve coqueteo a capella con la memorable pieza mexicana “La llorona”, el hard rock hizo un desafiante regreso con “Detenedla ya” y su imponente reclamo amoroso (porque, claro, incluso en sus momentos más fuertes, las letras de “El Niño de Linares” se refieren en términos generales a gozos y sufrimientos de pareja).

Justo cuando el repertorio parecía impecable, y antes de la conmovedora “En carne viva”, llegó “Maravilloso corazón”, una canción evidentemente menor y demasiado festiva que se salvó del desastre por sus arreglos de ‘swing’ y por los esfuerzos del vocalista para sacarla adelante sin necesidad de coristas.

Pero si tuviéramos que elegir al punto menos logrado, nos inclinaríamos por “Escándalo”, un tema que nunca nos pareció adecuado para él y que saldría probablemente mejor en manos de alguien como Juan Gabriel; aunque puso la cuota de intención bailable, la misma pieza provocó en Raphael unos segundos de ‘rapeo’ inexplicable que se nos hicieron eternos.

Afortunadamente, el buen curso de las cosas retornó con sabor a rocanrol de vieja escuela, y la faena se remató primero con una impecable presentación de “Qué sabe nadie” -culminada con un Raphael temperamental que al finalizarla se fue del escenario en ficticio gesto de disgusto-, y poco después con una mucho más romántica adaptación de “Como yo te amo” que encontró finalmente al público -en el que habían personas mayores, pero también gente mucho más joven- de pie, pese a que los aplausos desde diferentes rincones del Microsoft había sido constantes, en reconocimiento a un ídolo que brindó un espectáculo inolvidable a lo largo de dos horas.


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