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Las partidas de la princesa y de la reina: una tragedia real del mundo de Hollywood

Debbie Reynolds al lado de su hija Carrie Fisher cuando esta tenía solo 3 años, en 1959. Ambas fallecieron esta semana, dejando un gran vacío en la industria.

Debbie Reynolds al lado de su hija Carrie Fisher cuando esta tenía solo 3 años, en 1959. Ambas fallecieron esta semana, dejando un gran vacío en la industria.

(Los Angeles Times)

Cada vez que muere una celebridad de Hollywood y que a alguien se le ocurre lamentar lo sucedido en las redes sociales, recibe de inmediato respuestas hostiles acerca de su supuesta insensibilidad, porque no le importa en apariencia que mueran muchos niños en Alepo ni cosas semejantes, pero sí que se haya marchado un millonario.

En el caso de lo que acaba de pasar con Carrie Fisher y su madre, la también actriz Debbie Reynolds, el reclamos de estos “inconformes” podría ser incluso mayor, ya que las dos damas involucradas pertenecían prácticamente a la realeza hollywoodense; de hecho, la primera nació en Beverly Hills, con todos los privilegios que ello implica. Pero pocos saben que la segunda creció en el seno de una familia pobre (su padre era carpintero y debía luchar siempre para llevar un pan a la mesa) y que logró sobresalir por sus propios méritos en el mundo del entretenimiento; y, por supuesto, ninguna de las dos tuvo vidas libres de pesares.

Si seguimos con Reynolds, hay que precisar que uno de los golpes más duros de su vida fue probablemente lo que pasó con su primer esposo Eddie Fisher (un cantante famoso y padre de Carrie), quien la dejó para casarse no con una competidora cualquiera, sino ni más ni menos que con la espectacular Elizabeth Taylor, a pesar de que la recién fallecida ya era una celebridad mundial debido a su papel en “Singin’ in the Rain”; obviamente, el perfil de un suceso semejante hizo que el escándalo excediera ampliamente los límites hogareños, hasta el punto de que el hombre infiel perdió su trabajo en un programa televisivo que conducía, aunque la más afectada en el plano emocional fue sin duda su exmujer.

En realidad, los males del corazón no dejaron nunca a Reynolds, porque se sabe que tampoco le fue bien durante su segundo matrimonio, ya que Harry Karl, el marido de la época, se aprovechó de ella para emplear de mala forma sus recursos monetarios y dejarla en mal estado financiero por largo tiempo. En medio de todo se encontraba la complicada relación con su hija Carrie, que como se ha contado en estos días, lidió a lo largo de su existencia con adicciones a las drogas y con problemas mentales, lo que hizo naturalmente que estar a su lado no fuera siempre fácil, a pesar de que la intérprete de la Princesa Leia fue sin duda una persona tan inteligente como divertida.

En algún momento, la misma Carrie admitió haber estado celosa de su madre y haber tenido una actitud particular que provocó muchas discusiones; todo eso forma parte de la historia del espectáculo, porque esta relación se plasmó no solo en “Postcards from the Edge”, la novela semi-autobiográfica que Carrie escribió y que fue la base de una memorable película con Meryl Streep y Shirley McLaine, sino también en “Wishful Drinking”, un libro de memorias escrito igualmente por ella que se transformó después en una obra teatral y, finalmente, en “Bright Lights”, un documental que se estrenó en el Festival de Cannes de este año y que se transmitirá por HBO a inicios del 2017.

Se diga lo que se diga actualmente sobre esta familia, consideramos que lo que sus integrantes vienen atravesando en momentos que deben ser de unión y de celebración es un trago muy duro de pasar, y creemos también que nosotros, como espectadores inevitablemente sometidos a la cultura popular estadounidense, tenemos derecho a sentir empatía y tristeza por su dolor. A fin de cuentas, los ricos también lloran… y podemos derramar al menos algunas lágrimas con ellos.


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