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Sebastián Silva se aleja del confort en la sugestiva ‘Tyrel’

Una escena de “Tyrel”, la nueva película del director chileno Sebastián Silva.

Una escena de “Tyrel”, la nueva película del director chileno Sebastián Silva.

(Cortesia)

Pese a que se dio a conocer con su segundo largometraje completamente en español, “La Nana” (un aclamado film sobre una empleada del hogar que se desarrollaba en Santiago de Chile), y a siguió filmando en su país de origen incluso cuando hizo sus dos trabajos siguientes con el estadounidense Michael Cera (“Superbad”, “Juno”), Sebastián Silva salió de la misma zona de confort en su quinta película, “Nasty Baby”, filmada básicamente dentro del departamento que tiene ahora en Nueva York.

En ese sentido, “Tyrel”, que se estrena el 5 de diciembre en salas de L.A. y NY, es una prolongación de esta tendencia debido a que se rodó en una zona montañosa cercana a la misma ciudad; pero, en realidad, se inscribe perfectamente dentro del estilo narrativo y visual de un director cuyas raíces siguen siendo profundamente ‘indie’, lo que en su caso se traduce en historias sencillas de bajo presupuesto con finales abiertos y un manejo bastante espontáneo del lenguaje cinematográfico.

Claro que no hay que confundir sencillez con simpleza, porque Silva, que es siempre el autor o el coautor de los guiones que filma, emplea estas estrategias para plantear dilemas existenciales que no intenta resolver, dando como resultado relatos a veces ambiguos que no apuntan al ‘mainstream’ y que no están nunca destinados a la complacencia, sino que se encuentran enmarcados en terrenos mucho más artísticos y propositivos.

Eso no quiere decir tampoco que lo suyo sea experimental, inexpugnable o aburrido, ya que sus historias suelen tener a muchos personajes envueltos en diálogos animados y circunstancias inusuales. En el caso de “Tyrel”, el protagonista del mismo nombre, interpretado por el talentoso Jason Mitchell (“Straight Outta Compton”, “Detroit”), es un joven que decide pasar unas vacaciones fuera de la ciudad al lado de otros hombres de su edad.

En teoría, esto no debería ser un problema; pero lo cierto es que Tyrel es un afroamericano y que el resto del grupo está conformado por blancos, empezando por su amigo Johnny (Christopher Abbott), que es el que lo invitó al paseo, y terminando por Alan, un millonario carismático y extrovertido que es interpretado por Cera, en su tercera colaboración con Silva.

En consonancia con la sutileza de este cineasta, los conflictos no son evidentes ni escandalosos: ninguno de los amigos de Johnny es abiertamente racista y, de hecho, todos parecen ser liberales. Tienen incluso una piñata de Donald Trump (lindo detalle coyuntural) a la que no planean precisamente rendirle pleitesía.

Pero, sin quererlo, muchos de ellos dicen o hacen cosas que resultan inapropiadas para un visitante que, desde el comienzo mismo, se siente profundamente incómodo en este ambiente, por más que trate de adaptarse a lo que lo rodea. Y no se trata solo de las actitudes; hay también rituales, costumbres y hasta canciones con las que el protagonista no se siente identificado, lo que llevará finalmente a un desenlace no necesariamente trágico, pero tampoco feliz.

En ese sentido, el film pone en vitrina ese sentido del racismo que se encuentra todavía latente en los Estados Unidos de hoy dentro de cualquier medio social y, por extensión, alcanza a cualquiera que se haya sentido incómodo al estar rodeado de personas que manejan códigos culturales diferentes a los de uno mismo, como le ha pasado sin duda en algún momento a los inmigrantes que viven en este país.

De ese modo, sin ser una cinta excepcional y sin la ayuda de recursos sensacionalistas, “Tyrel” conecta con distintas comunidades mientras se convierte en una obra de valor que debería llevar a la reflexión.


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