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‘Operation Finale’ vuelve a mostrar la versatilidad del latino Oscar Isaac mientras lo pone a cazar nazis

Oscar Isaac (izq.) y Ben Kingsley en una escena del drama de la vida real "Operation Finale", que se encuentra ya en cartelera.

Oscar Isaac (izq.) y Ben Kingsley en una escena del drama de la vida real “Operation Finale”, que se encuentra ya en cartelera.

(Cortesia)

Aunque se crio en los Estados Unidos, Oscar Isaac (nacido como Óscar Isaac Hernández Estrada) vio su primera luz en Guatemala y habla muy bien el español, lo que ha convertido en un orgullo latino a un actor increíblemente talentoso que en los últimos años ha llegado a las grandes ligas hollywoodenses debido a su participación en la nueva trilogía de “Star Wars”.

En esa saga, Isaac interpreta a un personaje sin definición étnica, mientras que en la celebrada “Inside Llewyn Davis” de los hermanos Coen hizo de un músico de ascendencia irlandesa. Esto, entre muchas otras cosas, ha demostrado no solo la amplitud de su talento, sino también su vocación por buscar roles diversos que lo saquen de su zona de confort.

Por ese lado, su intento más reciente es “Operation Finale”, un drama que lo transforma en un judío israelí, más precisamente, en Peter Malkin, un agente de la agencia de inteligencia Mossad que se pone al frente de una complicada misión destinada a infiltrarse en Argentina con el fin de capturar a Adolf Eichmann (Ben Kingsley), un peligroso líder nazi, y trasladarlo en secreto hasta Tel Aviv para ser juzgado por sus crímenes contra la Humanidad y, más precisamente, por su decisiva impronta ideológica en el asesinato de cerca de 6 millones de judíos.

La película, que se encuentra dirigida por Chris Weitz (“A Better Life”), se basa de manera bastante fiel en un hecho real que merecía definitivamente ser trasladado al plano de la ficción, porque se presta perfectamente para la construcción de un ‘thriller’ con connotaciones políticas y escenas emocionantes que incluyen momentos de acción debido a las circunstancias en las que se produjeron los trámites.

En ese sentido, Weitz hace un trabajo correcto (aunque no espectacular, porque su puesta en escena no es demasiado llamativa) mientras agrega algunos detalles que lucen como agregados efectuados por el guionista Matthew Orton pero que no desmerecen el realismo de una dramatización que, por lo que hemos podido leer acerca del caso real, conserva en lo posible los sucesos originales.

Lo que sí se siente en la película es un tono a veces didáctico que deja demasiado en claro el mensaje y que le quita vuelo a sus posibilidades narrativas, sobre todo en lo que respecta al personaje de Eichmann, quien como ya lo dijimos está interpretado por el excelente Kingsley (“Gandhi”, “Schindler’s List”), pero al que le falta el brillo suficiente como para ser un villano realmente memorable.

Para mí, lo más interesante de la propuesta es el modo en que pone en vitrina un hecho histórico que reanima la discusión sobre las secuelas del Holocausto en tiempos en los que algunos radicales lo minimizan y hasta lo desestiman, y cuando algunos sectores de la comunidad latina desprecian a Israel por el modo indudablemente cuestionable en el que dicho estado se enfrenta a su interminable y muy doloroso conflicto con los palestinos. Pero esa es otra historia.


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