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Bob Beamon: Más allá del pacto con un Dios

El estadounidense Bob Beamon, ganador de salto de longitud con un record mundial de 8.90 metros, posa este 13 de octubre de 2018, durante los eventos de aniversario de los juegos Olímpicos México 68, en Ciudad de México (México). EFE

El estadounidense Bob Beamon, ganador de salto de longitud con un record mundial de 8.90 metros, posa este 13 de octubre de 2018, durante los eventos de aniversario de los juegos Olímpicos México 68, en Ciudad de México (México). EFE

EFE

Bob Beamon revisó los entresijos de su memoria, abrió sus ojos grandes y en un acto humilde se declaró sin argumentos para explicar cómo logró, hace hoy 50 años, el récord mundial de 8,90 metros bautizado como ‘el salto del siglo’.

“Todo fue perfecto, aquel día pasó todo, hasta Dios estuvo de mi lado porque después de lograr la marca comenzó a llover”, dijo a Efe en su reciente visita a México para celebrar el medio siglo del registro con el que ganó el salto de longitud de los Juegos Olímpicos de México 1968.

El viernes 18 de octubre de 1968, a 15 minutos de las cuatro de la tarde, la figura estilizada de Beamon comenzó a moverse rumbo al cajón de saltos. El aire batía a una velocidad de dos metros por segundo y luego de una carrera de impulso casi perfecta, Beamon emprendió el vuelo y se estiró hasta los 8,90.

Vestido de azul y blanco y marcado con el dorsal 254, al aterrizar Beamon dio tres saltos cortos hacia adelante y vivió segundos de zozobra porque los jueces no estaban preparados para medir un salto tan largo. Debieron buscar una cinta y comprobar varias veces antes de validar el resultado.

Que Beamon crea que fue ayudado por un Dios es un atajo para explicar su proeza. Si bien su carrera fue perfecta, el viento estaba en el límite de lo permitido (una décima más y le hubieran invalidado el récord) y el clima ideal, nada lógico puede justificar una mejoría de la plusmarca mundial por 55 centímetros.

Elegante, con un saco azul que hace juego con un suéter rojo, pantalón de vestir y tenis, en su visita a México que terminó el pasado martes, Beamon se reconoció como un sentimental y advirtió que si lo veían llorar no iba a ser raro.

“Ya son 50 años y seguimos por aquí. Esto es maravilloso”, dijo mientras a su lado sus amigos Dick Fusbury, quien marcó un antes y un después en el salto de altura, y el keniano Kipchoge Keino, campeón de los 1.500 metros planos, contaban sus proezas de 1968.

Para romper el récord de Beamon fue necesario que los estadounidenses Mike Powell y Carl Lewis se enfrascaran en la lucha más dura de la historia del salto de longitud, escenificada en los Mundiales de Ateltismo de Tokio, el 30 de agosto de 1991, un día después del cumpleaños 45 de Beamon.

“Son dos cosas diferentes. Powell fue un gran atleta, pero una cosa es romper un récord mundial y otra diferente hacerlo para ganar medalla de oro en unos Juegos Olímpicos”, dijo al referirse al 8.95 logrado aquel día por su sucesor.

Beamon llegó a México en buena forma, con una racha ganadora, pero pasó por los pelos a la final. El día antes de la disputa de las medallas hizo el amor con una mujer en la villa olímpica y en ese momento creyó haber echado a perder la competencia de su vida, según escribió años después.

“La noche antes todo fue lo mejor para dejarme listo para el gran día, el de la final”, dijo ante la pregunta de Efe sobre la previa.

Pronostica que pronto algún atleta romperá la barrera de los nueve metros, menciona como candidato al cubano Juan Miguel Echevarría, quien ya hizo 8.83 con 2,1 de viento, y sabe que quien pase ese límite marcará el inicio de una nueva era.

Sin embargo el día que ocurra esa hazaña nada cambiará para Beamon. Su imagen de Bob Beamon en el aire seguirá siendo un símbolo para sus rivales que no podrán con el mito y seguirán admirando su salto como un obra relacionada con la belleza, como si de veras hubiera ocurrido gracias al pacto con un Dios.


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