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Exposición muestra corta pero trascendental trayectoria de Saturnino Herrán

Vista de la obra "La Ofrenda" (1913) de Saturnino Herrán hoy, jueves 27 de septiembre de 2018, durante el recorrido a la prensa en la exposición "Saturnino Herrán y otros modernistas", en el Museo Nacional de Arte, en Ciudad de México (México). EFE

Vista de la obra “La Ofrenda” (1913) de Saturnino Herrán hoy, jueves 27 de septiembre de 2018, durante el recorrido a la prensa en la exposición “Saturnino Herrán y otros modernistas”, en el Museo Nacional de Arte, en Ciudad de México (México). EFE

EFE

La exposición “Saturnino Herrán y otros modernistas”, que presentó hoy el Museo Nacional de Arte, hace un repaso por la corta pero trascendental trayectoria de este artista mexicano, mostrando su talento para combinar la iconografía nacional con la influencia de las vanguardias europeas.

La muestra, que permanecerá en Ciudad de México hasta el 24 de febrero, exhibe 84 piezas, 49 de ellas de Herrán (1887-1918) y el resto de algunos de sus contemporáneos, entre ellos David Alfaro Siquerios, Alberto Garduño y Diego Rivera.

El recorrido se inicia con los primeros pasos creativos del artista nacido en Aguascalientes, en una sala en la que sobresale el dibujo “Adonis”, de carboncillo sobre papel, que hizo en su adolescencia, antes de que se mudara a la capital.

También un autorretrato que realizó a los 28 años, con lápices de colores y que ya muestra su carácter experimental.

A Herrán se le recuerda como un artista que “elevó las iconografías verdaderamente mexicanistas”, pero se olvida “su carácter de alquimista, experimentador de técnicas”, como también lo fueron figuras como Siqueiros o el Dr. Atl (Gerardo Murillo), asegura a Efe el curador de la muestra, Víctor Rodríguez Rangel.

Por ejemplo, trabajó con “gouache”, lápices de colores o carbón frotado.

La segunda parte de la exposición abarca algunos trabajos en los que Herrán plasmó escenas costumbristas e introdujo la cultura indígena.

En este sentido, el mayor exponente es “La ofrenda”, el emblemático óleo en que se ve a una familia indígena subida a una canoa en el lago de Xochimilco, en el sur de Ciudad de México, rodeada de flores de cempasúchil.

Aunque en la escena está muy presente el simbolismo indígena e incluso la cosmogonía prehispánica, la pintura también encierra un concepto más universal, el de las tres edades; es decir, se muestra a una persona joven, otra adulta y otra en la vejez.

La muestra continúa con un par de salas en que se ve la influencia que tuvieron en él las vanguardias europeas, y concretamente el modernismo español.

Pese a que nunca salió de México, el arista supo “aterrizar una pluralidad de lenguajes y estéticas internacionales”, que combinó con su herencia mexicana, dice Rodríguez Rangel.

Herrán nunca quiso dejar su país -aunque tuvo oportunidad para ello cuando le concedieron una beca en Europa-, probablemente para no dejar sola a su madre, que se había quedado viuda cuando el artista era adolescente.

No obstante, esto no le dejó fuera de las tendencias europeas, de las que bebió desde sus inicios con su maestro, el catalán Antonio Fabrés.

Rodríguez Rangel señala que también aprendió de nombres como Julio Ruelas y Germán Gedovius. Estos habían ido, por diferentes motivos, a Alemania, por lo que a Herrán le llegó el simbolismo de ese país, “más denso, melancólico”.

Asimismo, los artistas españoles tomaron fuerza en México desde finales del siglo XIX, durante el Porfiriato y cuando ya se había superado el concepto que asociaba lo español con la conquista y con lo negativo.

A ello se sumó que varios compañeros de la generación de Herrán y que fueron con él a la Academia de San Carlos -en la que entró directamente al nivel avanzado, por su talento como dibujante- visitaron Europa, con lo que en su vuelta trajeron nuevas tendencias al país latinoamericano.

En la última parte de la exposición se muestran varios de los retratos femeninos que trazó Herrán, en los que tuvo como modelos a su propia esposa, Rosario Arellano, y a la bailarina española Tórtola Valencia.

Dentro de esta sección también destacan los bocetos de “Nuestros dioses”, con los que preparaba unos paneles que decorarían el Palacio de Bellas Artes.

Sin embargo, esta es una tarea que nunca llegó a terminar por su muerte a los 31 años, después de que se realizara una segunda intervención quirúrgica por sus complicaciones gástricas.

Su trayectoria comprendió, realmente, 14 años, pero fueron suficientes para que “instalara una iconografía” y se convirtiera “en un modelo a seguir”, concluyó el comisario de la muestra.


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