El cura nicaragüense que no pudo salvar a todos los estudiantes en su iglesia

EFE

Cuando el padre Raúl Zamora tuvo que despedirse de los estudiantes nicaragüenses refugiados en su parroquia sintió cierta angustia porque, aunque las balas habían enmudecido, no podía garantizar a los jóvenes que su vida no correría peligro.

En una entrevista con Efe en Washington, Zamora recuerda el asedio de policías y paramilitares que sufrió este mes su iglesia de la Divina Misericordia, donde se cobijaron los alumnos que huían de la Universidad Nacional de Nicaragua (UNAN), uno de los focos de las protestas contra el presidente, Daniel Ortega.

"Algunos no querían irse, decían que los iban a matar y me preguntaban, ¿qué garantías tenía yo? Y yo no les podía dar ninguna garantía, les decía que yo no sabía qué iba a pasar con ellos, pero que fueran con su familia y hablaran con los organismos internacionales", rememora Zamora.

Al final, los estudiantes decidieron salir de la iglesia donde habían permanecido 16 horas y se montaron en las camionetas y autobuses que les llevaron hasta la Catedral Metropolitana de Managua, escoltados por la Cruz Roja y los obispos, que negociaron su liberación.

Dos de ellos fallecieron durante el ataque a la parroquia, que dejó ventanas rotas y agujeros de bala en paredes e imágenes religiosas, según Zamora.

El padre fue quien pidió a los estudiantes que se cobijaran en el templo, cuando escuchó que paramilitares y policías estaban atacando la UNAN, donde los jóvenes llevaban atrincherados desde mayo.

"Llamé por teléfono a los estudiantes y les dije que vinieran", cuenta Zamora.

El religioso salió con la camioneta de su iglesia a buscar a los heridos que habían quedado atrapados en una zona de la universidad donde los ataques eran muy fuertes.

"Tomamos la camioneta y entramos en la zona de conflicto. La zona era de balas, se escuchaban balas a cada momento, ellos estaban en todos los lados, se escuchaban balas por todos los sitios, incluso en los edificios, arriba, a los lados. No sabíamos de dónde venían todas esas balas", narra.

Una vez con todos dentro de la parroquia, el objetivo era esquivar los disparos que atravesaban las paredes y cuidar a los heridos, que se desangraban en el suelo.

"Estábamos tratando de sobrevivir. Lo que sentíamos era que, en cualquier momento, entrarían e invadirían la iglesia para matarnos -narra Zamora-. La parroquia no está muy protegida, es abierta, hay un parque a la orilla y es una iglesia con muchas ventanas. Pensábamos que iban a entrar en cualquier momento".

El padre confiesa que le "sorprendió" la tranquilidad de algunos estudiantes que, en medio de la balacera, se pusieron a cocinar, como si la violencia fuera una parte más de su vida.

Después del asedio, no ha vuelto a hablar directamente con los estudiantes, pero sabe que diez de ellos se enfrentan a un juicio bajo la ley antiterrorismo, aprobada reciente por el Parlamento nicaragüense y que, según la ONU, podría usarse para criminalizar las protestas pacíficas.

Más de 350 personas han muerto en las manifestaciones contra Ortega que comenzaron el 18 de abril, aunque la violencia se ha recrudecido en los últimos días con ataques como el de la UNAN y contra ciudades controladas por la oposición, como Masaya, lo que ha provocado la condena de la comunidad internacional.

Ortega atribuye la violencia a un esfuerzo de países como EE.UU. para derrocarlo y ha llegado a llamar "golpistas" a los obispos, mediadores en el diálogo nacional que busca una salida al conflicto.

"Él -contesta Zamora- sabe muy bien que nosotros somos pastores, no somos políticos. Como Iglesia, los señores obispos y nosotros no tenemos el propósito de hacer política, estamos profundamente preocupados por la matanza, por la violencia, por todo lo que está ocurriendo".

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