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Mónica Lavín, una retratista del alma humana con el pretexto de la escritura

La escritora mexicana Mónica Lavín posa con su libro durante una entrevista el 19 de junio de 2018, en Ciudad de México (México). EFE/Archivo

La escritora mexicana Mónica Lavín posa con su libro durante una entrevista el 19 de junio de 2018, en Ciudad de México (México). EFE/Archivo

EFE

Obsesionada con la idea de dibujar con palabras lo cotidiano del mundo que ve, la escritora mexicana Mónica Lavín es una especie de retratista del alma humana, lo cual confirma en su nueva antología de cuentos, “A qué volver”.

“Me interesan las pequeñas cosas. El cuento me permite iluminar de manera más precisa, como un seguidor en el teatro, la oscuridad que nos habita, la oscuridad de los personajes. A mí lo que me importa es la fragilidad humana”, asegura Lavín en entrevista a Efe.

La antología, publicada por el sello Tusquets, reúne 44 piezas rescatadas de los libros de cuentos de Mónica. En ella desvela sentimientos de los seres humanos casi siempre con historias cortas.

En una de sus joyas cierto personaje es presa del miedo, en otra se expresa amor a la libertad, una tercera aborda el tema de la soledad y en una más una escritora debe entrar por el aro y seguir las reglas de la editorial o correr el riesgo de no ser publicada.

“Ese cuento es una crítica al mundo donde vivimos, de mercado, donde importa la figura”, revela al referirse al cuento “Inés no da entrevista”, en el cual una obra es firmada por un autor que nadie conoce y al cual la prensa nunca encontró.

Mónica es graduada de la carrera de biología. De joven trabajó como investigadora unos cuatro años. De esa profesión le quedó la curiosidad, la capacidad de sorpresa y la buena vista, herramientas decisivas a la hora de escribir.

“La biología me entrenó la mirada. Veíamos una montaña y teníamos que tocar el suelo, ah sí, este es diferente, decíamos. Ese entrenamiento del detalle me importa mucho. La biología me puso en circunstancias no habituales, estar en el desierto, en una zona de pescadores, aprender otros mundos. Eso fue atractivo”, reconoce.

A finales del siglo pasado Mónica Lavín estuvo en un concierto de Rolling Stones en la Ciudad de México. Encontró lugares adelante y en un momento cayó a su pies la plumilla del guitarrista Keith Richards. Ahí surgió el cuento “La uña de Richards” en el que la autora recrea la historia con los elementos de la ficción.

En ese cuento como en otros del libro desvela su destreza en la construcción de diálogos, algo heredado de sus lecturas de los narradores estadounidenses Ernest Hemingway y Raymond Carver, dos de sus cuentistas favoritos junto a Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Jhon Cheever y Guy de Maupassant.

“Era torpe con los diálogos, me entrené leyendo y escribiendo. Los estadounidenses son buenos con los diálogos”, dice y destaca su predilección por los autores sureños, encabezados por William Faulkner y Carson Mc Cullers.

Mónica siente una curiosidad casi pueril por el acto de la creación y reconoce que el momento de la escritura tiene algo de seducción y de abandonó de sí mismo.

“Yo creo en la embriaguez escritural, así le llamo a ese momento en el que estás poseído por la historia. Te olvidas de ti y estás borracha de la historia”, dice.

Armar una antología es un trabajo de selección en el que el escritor debe dejar fuera obras que son como hijos. Para Mónica fue un proceso difícil porque decidió no hacerlo de manera cronológica y dio prioridad a los cuentos vivos a través del tiempo.

“Quise ver qué cuentos todavía tenían algo, respiraban. Hacer la antología también era ver que tenían en común. Una frase de Hemingway dice: ‘Todas las cosas verdaderamente malvadas vienen de un acto inocente’. Esa idea persigue varios de mis cuentos”, dice.

De joven, la escritora fue una buena centro y también aportó como poste en la selección de baloncesto de su universidad y de aquellos tiempos heredó el gusto por la estrategia.

“La estrategia del juego me fascina, quizás tiene que ver con al estrategia narrativa. Me encanta cuando hay una jugada maestra, no tanto el acierto del gol como la jugada. Las jugadas en el basquet también me fascinan, no tanto el tiro de media cancha. Eso es virtuosismo, a mi me interesa esa coordinación precisa”.

Lo dice y revela claves de cómo ve la literatura, con una apuesta a leer el alma humana, esa que retrata con el pretexto de escribir.


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