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Militares transexuales en tiempos de Trump: La lucha vuelve a comenzar

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ofrece una rueda de prensa. EFE/Archivo

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ofrece una rueda de prensa. EFE/Archivo

EFE

Primero fueron los afroamericanos, después las mujeres, a continuación los homosexuales y, por último, los transexuales. Estos últimos apenas se ganaron el derecho a cumplir su sueño de servir en las Fuerzas Armadas hace dos años, una situación que ahora vuelve a verse amenazada.

Ante la tendencia del actual Gobierno de hacer desaparecer cualquier vestigio de la anterior Administración, son muchas las voces que claman que la presencia de personas transgénero en el Ejército no debe ser un asunto político, ya que se trata de una simple cuestión de justicia.

Sin embargo, advierte el capitán de corbeta Blake Dremann, “servir en el Ejército no es un derecho, es una cuestión de capacidad”.

A lo largo de una extensa entrevista, grabada lejos de la atenta mirada del Pentágono, este oficial de intendencia, de ojos claros y con bigote incipiente, analiza para Efe la situación de un colectivo que tras años derribando barreras, ve cómo su comandante en jefe, Donald Trump, amenaza con reconstruir ese muro insalvable.

A lo largo de su vida, Dremann que nació en la ciudad de Saint Louis (Misuri), hace hoy 37 años y un día, siendo niña, ha tenido que ir superando las trabas a las que habitualmente tiene que hacer frente alguien que se define como un “hombre transexual”, que vino al mundo siendo “una fémina con un cerebro masculino”.

Tras estudiar varios años en el seminario, buscó en el Ejército la vía para poder costearse una educación superior, pero lo que acabó encontrando fue una vocación le llevó a convertirse en un pionero.

A lo largo de sus primeros años en la Armada, algunos de ellos destinado en Afganistán, Dremann, que prefiere obviar el nombre con el que se alistó siendo aún mujer, llegó a ser una de las primeras oficiales en servir a bordo de un submarino.

Su servicio le valió incluso reconocimientos por parte del Departamento de Defensa, sin embargo, no era completamente feliz.

Cuando en 2011, la Administración del entonces presidente Barack Obama decidió poner fin a la política del ‘no preguntes, no cuentes’ que impedía a militares homosexuales salir del armario, Dremann no dudó en dar un paso al frente.

Con 31 años fue más allá y comenzó su “transición social” para convertirse en el hombre que anhelaba ser. Poco podía sospechar entonces que cuatro años más tarde, en 2016, el Departamento de Defensa decidiría que las personas transgénero también podían servir abiertamente en el Ejército.

“Mi transición, por ser de mujer a hombre, por ser blanco y por ser un oficial no tuvo nada de extraordinario”, rememora Dremann, quien asegura que no ha sufrido nunca discriminación por parte de sus compañeros, aunque admite que en otros casos la transición es más complicada por la cultura “hipermasculina” que impera tanto en la sociedad como en el Ejército.

Todo cambió el año pasado con la llegada de Trump a la Casa Blanca, ya que desde entonces el presidente ha tratado de acabar con la presencia de transexuales en las Fuerzas Armadas, una política que ha intentado implantar a golpe de decreto y que, una y otra vez, ha sido bloqueada por los tribunales.

En febrero pasado, el Pentágono recomendó a la Casa Blanca no expulsar a los transexuales en servicio activo, pero aconsejaba cerrar las puertas a quienes en un futuro quisieran someterse a una operación de cambio de sexo.

De acuerdo con el Departamento de Defensa, ese tipo de operaciones requiere de unos recursos económicos que podrían ser mejor empleados y, además, obligan a quien se somete a ellas a un período de reposo que impide su posible despliegue.

Para Dremann, esta recomendación no hace más que seleccionar de forma “arbitraria” los argumentos que le interesan e ignora aquellos informes que rechazan que los transexuales supongan un lastre.

Cuestionado sobre la posibilidad de licenciarse en caso de que dicha recomendación acabe convertida en normativa, el oficial se muestra tajante.

“No es una opción. Si eso pasa, lo único que implicaría es que tendré que pasar más tiempo recorriendo los rincones del Pentágono, reeducando a aquellos que ya habían sido concienciados. La lucha por el fin de la discriminación no se gana en una sola batalla”, advierte Dremann con gesto desafiante.


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