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El lado más humano de Cézanne reivindica su lugar en Washington

Dos personas observan obras del pintor francés Paul Cézanne durante su visita a la exposición "Retratos de Cézanne", la primera muestra dedicada exclusivamente a esta vertiente del galo, hoy, martes 20 de marzo de 2018, en el National Gallery of Art de Washington (EE.UU.). EFE

Dos personas observan obras del pintor francés Paul Cézanne durante su visita a la exposición “Retratos de Cézanne”, la primera muestra dedicada exclusivamente a esta vertiente del galo, hoy, martes 20 de marzo de 2018, en el National Gallery of Art de Washington (EE.UU.). EFE

EFE

Los retratos del entorno más cercano a Paul Cézanne son solo una minoría en su obra, pero su metódico estilo y su particular visión del ser humano los convierten en una fracción esencial de su trabajo, que ahora llegan a Washington.

El pintor francés rechazó centrar su obra en destacadas figuras y prefirió plasmar a quienes le acompañaban de una u otra forma en su vida; familiares, amigos, figuras del mundo del arte y trabajadores modestos copan las efigies que ahora toman la National Gallery of Art de Washington para reivindicar su papel.

Tanto los individuos que protagonizan las láminas como la técnica empleada para representarlos convirtieron a Cézanne en un innovador de su tiempo en el ámbito retratista y su aportación al arte le valió ser un espejo para futuros creadores.

Uno de los ingredientes estrella de la labor de Cézanne es la experimentación, lejos de calcar a otros pintores, que practicaba mediante la repetición sistemática de retratos de una misma persona para perfeccionar su ejecución y acceder a los matices luminosos en función de cada postura adoptada por el modelo.

El ejemplo más claro de esta fórmula es su mujer, Hortense Fiquet, o “Madame Cézanne”, cuyas facciones fueron las más recurrentes entre los retratos del pintor, con casi 30 lienzos dedicados a ella, entre los que la reiteración del mismo atuendo y entorno desvelan la aplicación de estos métodos.

Tras Fiquet, la otra persona que más veces aparece entre los casi dos centenares de lienzos de este tipo es el propio Paul Cézanne, que se autorretrató en 26 ocasiones, de las que la mayoría muestran su característica calva, en la que precisamente se pueden apreciar los esfuerzos del autor por lograr la sensación de volumen.

Las capas superpuestas de las que se sirvió para ejecutar algunos retratos revelan también una labor lenta y reposada que, en ocasiones, finalizaba cuando el sujeto representado ni siquiera estaba presente, según puede verse en “Retratos de Cézanne”, la primera muestra dedicada exclusivamente a esta vertiente del galo.

Hijo de un banquero, Cézanne no tuvo problemas económicos para dedicarse por completo a su carrera en el mundo del arte con una definida personalidad que le valió rodearse de otros creadores que, cómo él, rompían con la línea establecida.

Entre estos artistas coetáneos y radicales se encontraba el novelista galo Émile Zola, estampado en una de las 59 piezas que acoge el museo de la red Smithsonian de la capital estadounidense.

El pintor posmodernista, nacido en 1839 en Aix -al sur del país-, es considerado como un pionero que abrió la puerta de la abstracción a los grandes artistas del siglo XX, como su compatriota Henri Matisse o el andaluz Pablo Picasso.

Comenzando con gruesas pinceladas y tonos oscuros, el encuentro con impresionistas en la década de 1870 aportó luz a su paleta para que en los años 80 la brocha utilizada por Cézanne pasara a ser más fina pese a continuar con la misma meta: servirse de los colores para generar estructuras y volumen renunciando a las líneas delimitadoras.

Entre las obras que componen la muestra, que permanecerá en la National Gallery of Art entre el 25 de marzo y el 1 de julio, se encuentra uno de sus óleos más icónicos, “El niño con chaleco rojo”, en la que reproduce a un menor contratado por el artista a principios de los años 80.

En la década de 1890, Cézanne volvió a asentarse en Aix tras pasar por París, y fue en este enclave donde profundizó en su respeto por la clase trabajadora que le rodeaba, desconocida para el resto del mundo, personajes a los que imprimió expresiones de sinceridad y que conforman la sala dedicada a “La gente de Aix”.

Sin embargo, y pese a las condiciones únicas de la muestra, los retratos apenas supusieron alrededor de 160 piezas del total de láminas, cercano al millar, que el francés elaboró durante su vida hasta perecer en 1906, tras haber cosechado un mayor reconocimiento con el cambio de siglo.


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