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Programas de reeducación en México luchan por eliminar la violencia

Fotografía del 18 de diciembre de 2017, de un grupo de hombres con incidencia violenta durante un curso en un Centro de Reeducación en la ciudad de Oaxaca (México). EFE

Fotografía del 18 de diciembre de 2017, de un grupo de hombres con incidencia violenta durante un curso en un Centro de Reeducación en la ciudad de Oaxaca (México). EFE

Programas de reeducación en México se vuelcan en atender las carencias de una sociedad violenta, que suele atentar contra la mujer y en la que, muchas veces, los propios ejecutores son incapaces de reconocer el daño de sus acciones.

El responsable del programa en el Centro de Reeducación para Hombres que ejercen Violencia contra las Mujeres, en Oaxaca, Sergio Zuñiga, explicó a Efe que el objetivo de la reeducación es “buscar cambios de pensamiento y conducta”.

Esto se lleva a cabo a partir de la observación del agresor a sus semejantes para reconocer la atrocidad de las acciones.

A lo largo de 52 sesiones los hombres-en su mayoría obligados por una autoridad judicial- comienzan a asimilar los conceptos básicos de violencia para después comenzar a contar su experiencia personal en grupo.

El psicólogo narró que “en la mayoría de los casos ellos reconocen la violencia como un ejercicio de violencia física y solamente eso”.

“Consideran que los gritos y peleas en el matrimonio son algo cotidiano, no es un tipo de violencia sino algo naturalizado para ellos”, afirmó, recalcando la importancia de entender los conceptos.

Durante este contacto inicial, existe una resistencia al cambio por parte de los alumnos que suele durar de 2 a 4 meses.

“Posteriormente se trabaja con las experiencias. Se inicia una fase de identificación del ejercicio de violencia que ellos mismos han realizado”, relató Zuñiga.

Esta fase es catártica, ya que lleva a la reflexión y “al contar su experiencia no solamente hay una descarga emocional sino también una cierta identificación entre los compañeros”.

En sus cabezas brota un pensamiento de alivio al comprender que otras personas también incurren en el acto violento, ya sea psicológico, económico, patrimonial, sexual o físico, relató.

Después viene el acto de asumir la responsabilidad propia que se tiene “al haber tenido intención de dañar a la otra persona”.

El experto incidió en que la violencia verbal siempre está presente ya que esta actúa a modo “de comodín”, como detonante de violencias más graves u obvias.

“Siempre que exista una discusión o una pelea en el que se haga el ejercicio de violencia física siempre va a empezar por una violencia verbal”, aseguró.

Los usuarios que acuden al programa son personas de 20 a 64 años aunque el rango de edad más activo son los hombres que tienen de 34 a 45.

En cuanto a perfiles sociales, el primer lugar lo ocupan los transportistas, después profesionales de la construcción, seguidos de funcionarios públicos y personas que se dedican al cultivo y crianza.

Con relación a ello, la directora del Centro de Reeducación para Hombres que Ejercen Violencia contra las Mujeres, Lidia Marusia López, dijo a Efe que “la violencia no discrimina ni entiende de recursos económicos ni nivel educativo”, sino que más bien “se presenta en todos los contextos”.

El 90 % de los usuarios que tiene el centro vivió violencia en la infancia, aseguró la experta, algo que evidencia que “la violencia es aprendida” y también que “por lo tanto, se puede desaprender”.

A lo largo de todo el 2017 el centro recibió a 80 personas canalizadas por una autoridad judicial y 60 que acudieron de manera voluntaria.

Uno de los alumnos, un hombre de 52 años que acudió por orden del juez por ejercer violencia a su esposa y que pidió permanecer en el anonimato, contó a Efe su experiencia durante las sesiones, aquellas que en un inicio tomó “como un regaño, como un mandato”.

“Es un problema que traemos de muchos años, nuestros ancestros nos educan de una forma por el hecho de ser hombres, nos dicen que somos las personas que matamos y ordenamos y que somos el pilar del hogar”, dijo.

El hombre asumió haber sido educado “a golpes y a gritos”, una doctrina que no pudo evitar inculcar a sus hijos y que, después del curso, parece haber abandonado.

“Me ha cambiado la forma de ver la vida, porque sí estaba equivocado en muchas cosas”, reconoció.

Zuñiga, al estar en contacto constante con los agresores, sin quitarles responsabilidad, admitió que, como tutor, tiene que identificar en él los actos de sus alumnos.

Muchas veces es inevitable, aún no habiendo incurrido en actos agresivos, reconocer en uno mismo “características que el mismo grupo está identificando como rasgos de violencia”, lo que, por lo tanto, no exime a nadie de su propia naturaleza.


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